B. Pérez Galdós: “Fortunata y Jacinta”; resumen amplio y antología

Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas 
Nos parece que no existe un resumen sólido y bien pautado de “Fortunata y Jacinta”, seguramente la obra cumbre de la novela española realista, junto con “La Regenta”. Ello nos ha animado a presentar una síntesis amplia de esta extraordinaria narración galdosiana con el doble propósito de acercar su contenido y parte del texto original al curioso lector, y de de facilitar su uso didáctico. A la sinopsis argumental de cada capítulo se acompaña un fragmento significativo. Nuestra intención es que sirva de aperitivo para una lectura completa, con la seguridad de que no defraudará al lector. Conviene notar que la primera parte y los dos primeros capítulos de la segunda están resumidos por subcapítulos, con el correspondiente extracto. Desde el capítulo tres de la segunda parte hasta el final, hemos resumido por capítulos. Antes del texto original aparece entre paréntesis y en números romanos el subcapítulo de donde procede. Conviene recordar que la novela se estructura en cuatro partes publicadas de modo independiente; al final de cada una de ellas, consta la fecha en que finalizó su elaboración.
Con “Fortunata y Jacinta”, Galdós nos ofrece una visión crítica, profunda y cervantina de Madrid entre 1870 y 1876, aproximadamente. Como documento humano, “Fortunata y Jacinta” es inigualable. Lo mismo podemos decir de sus valores literarios: el dibujo de los personajes es original y muy convincente; la variedad, la ejemplaridad y la verdad de fondo que arrastran estas figuras son impresionantes. El engarce entre la historia de España y las cuitas de los personajes es sutil y acertada. La figura del narrador, completamente cervantino, juega un papel esencial para construir un relato: participa en la acción para documentarse, asoma a las vidas siempre interesantes de unas figuras que solo les falta saltar de la página a la realidad. El lenguaje es, sencillamente, feliz: acertado en su frescura, su variedad y su expresividad. 
Parte primera 
– I – Juanito Santa Cruz 
– I –
El narrador presenta a Juanito Santa Cruz; joven agraciado, elegante y culto; era “brillante” en el trato social. Vive con su familia en la Plaza de Pontejos, subiendo de la Plaza Mayor, camino del Prado, en la capital de España, Madrid. Licenciado en Derecho y Filosofía y Letras, con 24 años en 1869. Pasó por una etapa de estudiante entusiasmado con los estudios, profundizando en saberes filosóficos de todo tipo. Luego se desmotivó y aborreció toda lectura; vivir era más importante que leer; la verdadera sabiduría radicaba en la experiencia vital, no en la libresca, que era como prestada. Participó en la noche de San Daniel (10-4-1865) con los otros cientos de estudiantes, protestando contra el gobierno en la Puerta del Sol de Madrid, ciudad donde ocurre la acción. Pasó un día en la cárcel junto con otros estudiantes y maleantes peligrosos. El narrador lo conoció hacia 1869, recién licenciado y triunfando en sociedad por su elegancia, oratoria, posición económica desahogada y guapo. Su padre, Baldomero Santa Cruz, era antiguo comerciante de paños, ya retirado; su madre, Bárbara, lo cuidaba mucho y lo vigilaba estrechamente.
“Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner el rótulo social de brillante, considerara ocioso y hasta ridículo el meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría… «Y por último -decía- pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué…?». El mundo tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas sacadas a la fuerza, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por declararse a sí mismo que más sabe el que vive sin querer saber que el que quiere saber sin vivir, o sea aprendiendo en los libros y en las aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que tragaba y el reposo con que digería.”
-II-
Juanito realizó un viaje a París, con unos amigos que debían adquirir maquinaria agrícola y aparatos de astronomía por encargo del gobierno. Su madre se opuso, pues pensaba que París era una ciudad de perdición y peligrosa. El padre lo apoyó; el chico fue y regresó incluso mejor de lo que había ido, desde el punto de vista intelectual y moral.
 “A D. Baldomero le pareció muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en la capital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena de no verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los jóvenes más juiciosos. Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y mortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tan al vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo y las redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta a implorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a sus grandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misas al cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandar poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niño estuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiesto era un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría el recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte. Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar de ellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre”.  
– II – Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense 
– I –  
Baldomero Santa Cruz, abuelo de Juanito, era hortera (empleado, chico de los recados), por 1796. Hacia 1810-15 ya tenía su propia tienda de paños, con gran reputación. La heredó Baldomero Santa Cruz padre (el narrador le llama Baldomero II) en 1848. El negocio de paños fue muy bien; en 1868 se la traspasó a dos sobrinos –con unos ahorros de quince millones de reales–, con el nombre de “Sobrinos de Santa Cruz”. Baldomero padre ganó mucho dinero con paños nacionales y de importación, que vendía al ejército para capotes y uniformes; la capa también daba buenos beneficios. Otra tienda de paños de importación era la del gordo Arnáiz, buen y avispado comerciante. Bonifacio Arnáiz tenía una tienda de pañolería de Filipinas; una de sus hijas, Bárbara, se casó con Baldomero padre. Eran parientes lejanos, pues procedían de la rama de los Trujillo.
“En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientos comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se supo nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para extender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de el buen paño en el arca se vende era verdad como un templo en aquel sólido y bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes charlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y las metódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los descuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, y todo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y parroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradiciones venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaron nunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta a la caligrafía. La correspondencia se copiaba a pulso por un empleado que estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismo atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realizó el traspaso, no se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usó Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas.”
-II-
Barbarita era hija de Bonifacio Arnáiz y Asunción Trujillo. Nació en un piso angosto de la calle Postas; tenía un hermano mayor, Gumersindo. Se crio entre objetos exóticos de Filipinas, como abanicos, mantones, objetos de marfil, que eran con los que se comerciaba en la tienda de sus padres. Asistió a la escuela de doña Calixta, en la calle Imperial, donde estaba el Fiel Contraste. Sus mejores amigas era una hija de los Moreno (droguería en la calle Carretas) y la otra Eulalia Muñoz (ferretería en Tintoreros), esta chica fantasiosa y vanidosa, aunque Barbarita la ganaba por lo exótico de los objetos que les enseñaba.
“Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como se recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó la atención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera, fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus magníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien la niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de candoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Mal conocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque sus obras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos son familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos con flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben las españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en él es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nada que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores, flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto. “
-III-
Bárbara y sus amigas pedían dinero a los caballeros para la Cruz de Mayo, una figura de la Virgen con gran advocación situada en la calle de Postas. Cuando murió Bonifacio, su padre, Bárbara maduró. Del arqueo de la tienda comprobaron que la situación económica era algo apurada porque había muchos mantones de Manila sin vender.
Bárbara se casó con Baldomero el 3-5-1835, en la iglesia de Santa Cruz, en un matrimonio arreglado por las madres, primas algo lejanas entre sí. Vivían en la casa del novio, en la plazuela de la Leña.
“En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que acabó de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cual puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a Mozart. Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud, variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas, poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida, combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las primeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fue todo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina -decía-; es mucho chino este…!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel excelente hombre, porque le cogió la muerte.
El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de Madrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizo minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las preciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habían producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.
Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima, torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tanto burlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía. Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos. La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Las dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra, asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa… «ya se ve, era tan natural…» y aplaudiéndose recíprocamente, resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del extremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por su costumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y el hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita. “
-IV-
El matrimonio de Baldomero Santa Cruz y Bárbara era muy feliz; el noviazgo fue algo soso y sin amor, pero descubrieron a este en el matrimonio y así, hasta el presente. Juanito nació en 1845, tras diez años de casados; fue un niño muy esperado, criado entre mismos y cierta disciplina. La madre le tomaba la lección y le obligaba a cumplir con los ritos religiosos. El narrador conoció al matrimonio en 1870; entonces Baldomero tenía 60 años, Bárbara, 52. Se amaban tiernamente y él aspiraba a morirse ambos al mismo tiempo, en su lecho conyugal, después de muchos años de vida.
“Esto no era una falta de lógica, sino la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos, el progreso. ¿Qué sería del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios instintos. Había oído muchas veces a los economistas que iban de tertulia a casa de Cantero, la célebre frase laissez aller, laissez passer El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenían que todos los grandes problemas se resuelven por sí mismos, y D. Pedro Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la política el sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay más que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del aire. El hombre se educa sólo en virtud de las suscepciones constantes que determina en su espíritu la conciencia, ayudada del ambiente social. D. Baldomero no lo decía así; pero sus vagas ideas sobre el asunto se condensaban en una expresión de moda y muy socorrida: «el mundo marcha».”
-V-
Desde 1850 en adelante hubo grandes transformaciones urbanas: lámparas de gas, el tren, etc. Gumersindo Arnáiz se casó con Isabel Cordero y siguieron con la tienda de telas de Filipinas, pero en declive. Isabel tenía instinto comercial y se dedicaron al mahón y a las telas blancas, con gran resultado. Se puso de moda la ropa gris y sin color del norte de Europa, matando el color, tan querido por el pueblo. El comercio inglés y las fábricas de telas de Francia, Alemania y Bélgica habían trastornado el mercado.
“Pero Gumersindo e Isabel habían llegado un poco tarde, porque las novedades estaban en manos de mercaderes listos, que sabían ya el camino de París. Arnaiz fue también allá; mas no era hombre de gusto y trajo unos adefesios que no tuvieron aceptación. La Cordero, sin embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a ver claro. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente, que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el paleto se disponía a ser señor de verdad. Isabel Cordero, que se anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano, pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse. “
-VI-
Se cuenta la historia de Gumersindo Arnáiz y su mujer Isabel Cordero. Tuvo diecisiete partos, aunque sólo llegaron a adultos nueve. Siete eran mujeres; la tercera era Jacinta, futura esposa de Juanito. Poco a poco las fueron casando bastante bien, aunque algunas con “horteras”. Candelaria, la mayor, se casó con Pepe Samaniego, que tenía un tío boticario en la calle del Ave María.
“¡Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel inmenso! A Barbarita le hacía ordinariamente sus confidencias. «Mira, hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no sé qué hacer. Dios me protege, que si no… Tú no sabes lo que es vestir siete hijas. Los varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van tirando. ¡Pero las niñas!… ¡Y con estas modas de ahora y este suponer!… ¿Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve que traer diez varas más. ¡Nada te quiero decir del ramo de zapatos! Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea las alpargatitas de cáñamo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles la barriga, me defiendo con las patatas y [72] las migas. Este año he suprimido los estofados. Sé que los dependientes refunfuñan; pero no me importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que un quintal de carbón se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas de aceite, y a los pocos días… pif… parece que se lo han chupado las lechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, y como si no trajera nada». En la casa había dos mesas. En la primera comían el principal y su señora, las niñas, el dependiente más antiguo y algún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su finca de Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientes menudos y los dos hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en la tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido a cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las niñas iban creciendo, disminuía para la madre parte del trabajo material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y ni Cristo Padre podía evitar los atisbos por el único balcón de la casa o por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal.”
– III – Estupiñá 
– I –
Se relata la historia de Plácido Estupiñá, nacido en 1803, el mismo día, mes y año que Mesonero Romanos. Era un gran conversador, de las tertulias a la puerta de las tiendas, común antes de los casinos. Alardeaba de conocer por haber visto y vivido toda la historia de España del siglo XIX. Comenzó trabajando de hortera en la casa de Bonifacio Arnáiz, pero en 1847 se estableció por su cuenta, con una tienda de bayetas y paños en la Plaza Mayor, gracias a una pequeña herencia que recibió. Era muy honesto en el trabajo, pero gran conversador, pues tardaba mucho en hacer los recados al hablar tanto con todos los que se encontraba. Tenía el vicio de hablar y conversar de todo con cualquiera. Cerraba la tienda y atendía mal a la clientela con tal de charlar. Tuvo que cerrar por quiebra.
“El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias de tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar: «Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le recibían con exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la conversación. En 1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad en haber visto toda la historia de España en el presente siglo. Había venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Una sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se aprende con los ojos: «Vi a José I como le estoy viendo a usted ahora». Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: «¿Vio usted al duque de Angulema, a lord Wellington?…». «Pues ya lo creo». Su contestación era siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hasta llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. «¡Que si vi entrar a María Cristina!… Hombre, si eso es de ayer…». Para completar su erudición ocular, hablaba del aspecto que presentaba Madrid el 1.º de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana pasada. Había visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, «nada menos que sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y Caridad; había visto matar a Chico…, precisamente ver no, pero oyó los tiritos, hallándose en la calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 de Julio cuando salió al balcón a decir a los milicianos que sacudieran a los de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García arengando desde otro balcón, el año 36; había visto a O’Donnell y Espartero abrazándose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O’Donnell solo, todo esto en un balcón, y por fin, en un balcón había visto también en fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían acabado los Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en los balcones.”
-II-
Cuando quebró la tienda, como conocía a tanta gente se hizo representante, dedicándose al corretaje de tejidos por tiendas de la capital, Estupiñá logró vivir dignamente. También era algo contrabandista y metía género de estrangis en la capital, porteándolo de noche, a hurtadillas. Barbarita le tenía mucha confianza, pues lo conocía desde que era niña y trabajaba en la tienda de su padre. Cuidaba de Juanito, el Delfín, en el parque, y lo llevaba al colegio. Le hacía recados de todo tipo, en el mercado. Estupiñá no se mezclaba con gente vulgar. Un sobrino con unos amigos, en un bautizo, lograron emborracharlo con anís de Chinchón, lo que le avergonzó mucho. Confundió el farol del sereno con el Viático, y su sobrino y sus amigotes se rieron de él hasta reventar.
“Aquel gran filósofo no se entregó a la desesperación. Viéronle sus amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca. Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se había quedado con lo puesto y sin una mota. No salvó más mueble que la vara de medir. Era forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida. ¿A qué se dedicaría? ¿En qué ramo del comercio emplearía sus grandes dotes? Dándose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiarían muchos: las relaciones. Conocía a cuantos almacenistas y tenderos había en Madrid; todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella bendita labia que Dios le había dado. Sus relaciones y estas aptitudes le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros. D. Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros almacenistas de paños, lienzos o novedades, le daban piezas para que las fuera enseñando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisión por lo que vendía. ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas, aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la familia era su vida, y todo lo demás era muerte. Plácido no había nacido para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre, la discusión, la contratación, el recado, ir y venir, preguntar, cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Había mañana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a punta, y la Concepción Jerónima, Atocha y Carretas.”
-III-
El narrador conoció a Bonifacio Estupiñá cuando ya andaba por los sesenta años. Vivía solo en la Cava de San Miguel, que era el lado occidental de la Plaza Mayor; por esta era un cuarto piso; por abajo, un séptimo. Entraba por la zapatería de “El ramo de azucenas”, de la Plaza Mayor y ahorraba muchos peldaños. Visitaba muchas iglesias todas las mañanas y oía varias misias; se despedía de las estatuas de los santos con un gesto de la mano. Cuando derribaron la iglesia de San Miguel en 1869 lo pasó muy mal; él seguía persignándose al pasar al lado, como si siguiera existiendo. Un día de ese año se puso enfermo y fue Juanito Santa Cruz a visitarlo, de parte de su madre. Nadie había entrado antes en su casa, que él guardaba con mucho celo.
“En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de Julio a Septiembre. Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno; pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes frías de la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al entrar. Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.”
-IV-
Juanito, el Delfín, fue a verlo por orden de su madre. Había que entrar por una pollería y casquería donde mataban aves sin parar; plumas y sangre cubría el suelo. En la escalera se cruzó con una chica guapa y atractiva, que comía un huevo crudo. Lo invitó, pero Juanito declinó la invitación porque le daba asco. Era Fortunata; a él le gustó y ella se fue. Bonifacio estaba con un reuma severo y no podía moverse de casa. Entretenía sus ocios leyendo el Boletín Eclesiástico de la Provincia de Lugo; lo consideraba lectura muy provechosa. Santa Cruz fue a visitarlo todos los días de la semana siguiente, entrando por la Cava (por ver si se cruzaba con Fortunata).
“Cuando Estupiñá le vio entrar sintió tanta alegría, que a punto estuvo de ponerse bueno instantáneamente por la sola virtud del contento. No estaba el hablador en la cama sino en un sillón, porque el lecho le hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se veía porque estaba liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubría su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de la iglesia. Más que los dolores reumáticos [101] molestaba al enfermo el no tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas palabras. No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg. Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compañía de alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aquí, busca por allá, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento arcón halló doña Brígida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado que moró en la misma casa allá por el año 40. Abriolo Estupiñá con respeto, ¿y qué era? El tomo undécimo del Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Lugo. Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa. Y se lo atizó todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando correctamente las sílabas en voz baja a estilo de rezo. Ningún tropiezo le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar. Las pastorales, sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo era de Paul de Kock.”
– IV – Perdición y salvamento del Delfín
 
– I –
Juanito, el Delfín, comenzó a llevar, a ojos de su madre, una mala vida. Vestía algo vulgar, llegaba a casa muy tarde y desaliñado. Olía a perfume barato y a bajos fondos. La madre trataba de sonsacarle, pero el chico no soltaba prenda. Estupiñá comenzó a espiarlo de parte de la madre; al principio le daba noticia de los movimientos del joven, pero un buen día cesó, no se sabía si no quería contar más o no sabía más. Desarrolló una afición desmedida a los toros; asistía a todas las corridas e incluso viajaba a las dehesas. La madre estaba nerviosa. A finales de junio de 1870 organizó las vacaciones a Plencia (Vizcaya), como todos los años, pero algo adelantadas y precipitadas. Le propuso a su hijo que se casara con su prima Jacinta, que llegaba al día siguiente. Juanito no contestó nada, a la espera.
“Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro. Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por el camino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me escape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como un palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables que todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de sus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, y en cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, como persona lista y conocedora de las mañas del ave que era preciso aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy dispuesto a la resistencia.
«Pues sí -dijo ella, después de una conversación preparada con gracia-. Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un chiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día en que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos… No te rías, no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el botón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera de toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. ¿A ti te cabe en la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?… No. Pues a callar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos las madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos infalibles como el Papa».
La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, la tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al día siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva menuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo.
Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lo pensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un verdadero caso de infalibilidad.”
II
Los novios hicieron que lo pensaron, pero ambos dieron pronto su conformidad. Por Plencia, en la naturaleza agreste del lugar, pasearon, se amartelaron y el compromiso iba adelante. Isabel, la madre de Jacinta, no cabía en sí de gozo porque era un matrimonio ventajoso para su hija; en su casa estaban algo apretados por ser tantos hijos. Murió de un ataque cerebral en diciembre, el mismo día en que asesinaron al general Juan Prim. A ella le gustaba relacionar el nacimiento de sus hijos con los grandes acontecimientos de España.
“Faltábale tiempo a la buena señora [Isabel Cordero, madre de Jacinta] para dar parte a sus amigas del feliz suceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de boda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosas inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Si me parece mentira!… ¡Si yo no he de verlo!…». Y este presentimiento, por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegría inquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allí quedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero, hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como herida de un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquella misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos. No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía, ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de un pajarito. Decían los vecinos y amigos que había reventado de gusto. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y sucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechas célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D. Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.”
– V – Viaje de novios 
– I – 
Se casaron en la primavera de 1871, con poco aparato y menos fiesta porque estaban de luto. Se fueron de luna de miel a Burgos y luego a Zaragoza, en tren. Estaban muy enamorados. Jacinta comenzó a preguntar por el pasado de él en los asuntos sentimentales. En el tren, él comenzó a hablarle de cómo conoció a Fortunata. Visitan la catedral de Burgos, las Huelgas y la Cartuja, muy admirados de su belleza.
“Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así, clarito… al pan pan y al vino vino… ni preguntarle a cada momento si era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba Chí, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El Chí se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir, también en estilo mimoso, ¿me quieles?, y otras tonterías y chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas, frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del que es fuente de todo amor. “
-II-
En Zaragoza visitan la catedral y la Seo. Pasean por sus callejuelas de casas antiguas de ladrillo. Ella le sigue sonsacando de sus aventuras amorosas previas. Juanito confesó que al día siguiente la volvió a encontrar llorando en la escalera. Fortunata era huérfana y vivía con su tía Segunda Izquierdo, que tenía una pollería. Estaba liada con un banderillero, hombre rudo. Juanito le propuso irse juntos y casarse; Fortunata aceptó en el acto, pero no dice cómo acabó la historia. Jacinta le propinó un bofetón medio en broma, medio en serio al oír eso. Se hicieron protestas de amor en plena callen entre arrumacos.
“[Jacinta le dice a su marido Juanito] «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a enfadar?… ¡Ay, qué bobito!… No, es que me hacen gracia tus calaveradas. Tienen un chic. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No, si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la historia. Pues señor… le hiciste el amor por lo fino, y ella lo admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».
Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo así:
«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí… Es que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».
-Sigue con tu conquista. Pues señor…
-Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor.
Un día le dije: «Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé que me iba a decir que no.
-Pensaste mal… sobre todo si en su casa había… leña.
-La respuesta fue coger el mantón, y decirme vamos. No podía salir por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama Al ramo de azucenas. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y enemigo de trámites.”
-III-
Siguen en Zaragoza, paseando la ciudad. Ella vuelve a preguntar a su marido por sus amoríos. Él le cuenta que Fortunata vivía con un tío carnal, José Izquierdo, marido de una viuda que tenía una tienda. Llevaban una vida sórdida y desordenada. Discutían mucho Segunda, su amante el banderillero, contra José, que lo quería mal, y su mujer. Juanito y su amigo Villalonga los invitaban a todos a francachelas y fiestas de todo tipo. Al final, se reconciliaron todos. Juanito y Fortunata critican al pueblo llano por inculto, ordinario, maleducado, irreflexivos, etc. ella deseaba preguntarle si hubo hijos, pero no se atrevía; esperaba otra oportunidad mejor. Entre lluvia, con mal tiempo, llegaron a Barcelona. Visitaron muchas fábricas de textil y otros y ella quedó muy admirada de todo ello. Ella se duele del destino de las jóvenes de las fábricas que acabarán siendo carne de cañón de cualquier mequetrefe.
“-¿Sabes lo que estoy deseando ahora? -dijo bruscamente Jacinta-. Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas que no puedo juntar.
-Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado, pasado. Pero aguárdate un poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.
-Sí que es particular. ¡Qué gente!
-El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para juergas y cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto llegó un día en que allí [140] no se hacía más que beber, palmotear, tocar la guitarra, venga de ahí, comer magras. Era una orgía continua. En la tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada. La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo como dos insensatos…
-¡Ay, qué par de apuntes!… Pero hijo, está lloviendo… a mí me ha caído una gota en la punta de la nariz… ¿Ves?… Aprisita, que nos mojamos.”
-IV-
Viajaron de Barcelona a Valencia. Se admiran del bello paisaje mediterráneo: a la izquierda de la dirección del tren, el mar; a la derecha, huertos y abundante vegetación. Juanito le cuenta trozos de la historia mediterránea porque era muy poco leída. Comen en cantinas de tren, hablan acaramelados. Al fin, ella le insiste y él le confiesa el nombre de la antigua mujer amada: Fortunata.
“Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido, y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:
«No me has dicho cómo se llamaba».
-¿Quién? -preguntó Santa Cruz algo atontado.
-Tu adorado tormento, tu… Cómo se llamaba o cómo se llama… porque supongo que vivirá.
-No lo sé… ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.
-Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver… Es claro, nada; pero vete a saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares. ¿Con que, nenito, desembuchas eso, sí o no?
-¿Qué?
-El nombre.
-Déjame a mí de nombres.
-¡Qué poco amable es este señor! -dijo abrazándole-. Bueno, guarda el secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad. Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba. No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el bolsillo con saber un nombre más?
-Es un nombre muy feo… No me hagas pensar en lo que quiero olvidar -replicó Santa Cruz con hastío- No te digo una palabra, ¿sabes?”
-V-
 A propuesta de Juanito, se animaron a continuar con la luna de miel hasta Sevilla. Atravesaron La Mancha, más triste y apagada, muy llana. Pasaron frío en la estación de Alcázar de San Juan. Vieron por la ventanilla Argamasilla. En Córdoba estuvieron dos días, pero pronto se fueron a Sevilla, donde se hallaban muy a gusto. Les gustaba la gente, las mujeres con una flor en el pelo; todo el mundo se tomaba la vida como un chiste, a broma, para aguantar las calamidades. En la fonda donde se hospedaban se celebraba una boda de gente medio inglesa, de Gibraltar. Los invitaron y participaron en el festín. Juanito bebió más de la cuenta. Ya en la habitación, le confesó a Jacinta el amor apasionado que había sentido por Jacinta y cómo la engañó, le prometió matrimonio y la dejó tirada en la calle, como un perro.
“Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato, los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:
«¡Si la hubieras visto…! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas, muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo dudas… a ver… Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el corazón lleno de inocencia… Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas letras y otras las equivocaba. Decía indilugenciasgolverasín. Pasó su niñez cuidando el ganado. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas. Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la boca… les daba de comer… Era la paloma madre de los tiernos pichoncitos… Luego les daba su calor natural… les arrullaba, les hacía rorrooó… les cantaba canciones de nodriza… ¡Pobre Fortunata, pobre Pitusa!… ¿Te he dicho que la llamaban la Pitusa? ¿No?… pues te lo digo ahora. Que conste… Yo la perdí… sí… que conste también; es preciso que cada cual cargue con su responsabilidad… Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?… ¡Si seré pillín!… Déjame que me ría un poco… Sí, todas las papas que yo le decía, se las tragaba… El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo cree con tal que se lo digan con palabras finas… La engañé, le garfiñé su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos, somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es cosa de juego… No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque… lo que tú dirás, una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?… y yo, después que me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles… justo… su destino es el destino de las perras… Di que sí». “
-VI-
El Delfín, es decir, Juanito, de rodillas, en la habitación de la fonda, borracho, con muy mala conciencia, le confiesa a Jacinta que mintió y engañó a Fortunata. Izquierdo, el tío de ella, le comunicó que estaba embarazada de cinco meses; lo echó de su portal a patadas. Le gustó la vida cañí, pero luego se hartó. Le pidió perdón a su mujer muchas veces, entre lágrimas. Esta logró calmarlo y se durmió como un niño agotado. Antes de la boda, tras la vuelta del veraneo de Plencia, preguntó por Fortunata, pero nadie le dio razón. Su tía Segunda ahora regentaba una especie de cafetería humilde.
“-Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?
-No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado clarito. Lloraste por tu Pitusa de tu alma, y te llamabas miserable por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde cogerte.
-Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.
Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor… al volver de Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. Platón estaba fuera de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la escalerilla, una covacha a que daba el nombre de establecimiento. En aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del pulpitillo. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico, que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla.
«¿Y la otra?…». porque esto era lo que importaba.”
-VII-
Luego visitaron Cádiz. Juanito le pidió perdón por la escena y ella lamentó la suerte de las mujeres, a quienes siempre tocaba la peor parte. Juanito hizo protestas de amor y ella las creyó. Luego razonó sobre lo imposible de ese amor por la diferencia de clases y de educación. Se salvó del naufragio porque no tenía otra opción. Al fin, se encontraron con el inglés borrachuzo, con quien tomaron unas cañas. Compraron regalos para todos y volvieron a Madrid, atravesando Despeñaperros de noche.
“Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.
Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los cariños discretos (porque en Sevilla entró gente en el coche y no había que pensar en la besadera), y cuando vino la noche sobre España, cuyo radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros, soñaron con lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y de repartir los regalos.
A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una cotorra. “
-VI- Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia
-I-
Dos años después del matrimonio, seguían sin hijos. Fortunata se impacientaba, su tia y suegra Barbarita la consolaba como podía y le recomedaba paciencia. El narrador opina sobre la democracia del espíritu español, pues la mezcla de clases era evidente. Por eso no había revoluciones. Habla con ironía sobre la conformidad del pueblo y su falta de arranque para pedir justicia social; la educación para todos –gran ironía– había contribuido a ello. De las conversaciones del gordo Arnáiz y de Estupiñá se podía saber mucho sobre los orígenes de los Santa Cruz y de los Arnáiz.
“Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros, donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente, gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes. Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la burocracia, [181] de la pobreza y de la educación académica que todos los españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación. No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.”
-II-
Se dedica a explicar las relaciones familiares de los Trujillo –de donde vienen los Santa Cruz y los Arnáiz–, de los Bonilla, que procedían de Cádiz; de los Moreno, del valle de Mena; de don Pascual Muñoz, el del almacén de hierros; de los Samaniego. En todos ellos había una rama rica y otra pobre. Bárbara se hablaba con todos ellos y tenía un círculo social muy amplio.
“Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego, con la duquesa de Gravelinas, con un  Moreno Vallejo magistrado, con un Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.
La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces, madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido Samaniego, prestamista usurero, individuo de la Sociedad protectora de señoritos necesitados.”
-III-
La familia de Santa Cruz vivía en un piso muy amplio de la plaza de Pontejos, con doce habitaciones. Tenían un presupuesto de 25000 pesos al año, de lo que sobraba algo. Lo obtenía de acciones, del alquiler y participación en su antiguo negocio de paños y de muchas viviendas. No eran ostentosos, sino más bien comedidos. Estaban abonados al teatro Real; ni a Bárbara ni a Jacinta les gustaba, pero era parte del papel social; esta llevaba a sus hermanas, para que vieran mundo y conocieran hombres con posibles. Jacinta llevaba muy mal no tener hijos y sentía envidia de los que veía por la calle.
“Su desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes [196] sin abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles; las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los actores y enfureciendo al público… todos, en una palabra, le interesaban igualmente. “
-IV-
Jacinta se hizo susceptible a todo lo de los niños. Discutió con su hermana Candelaria, cargada de hijos, uno por año, porque mimaba demasiado a un sobrino de tres años. A veces estaba melancólica. Un día oyó un mii y pensó que eran niños abandonados en un sumidero de la calle, mientras entraba el agua de la lluvia. Obligó al sereno, Deogracias, a meter la mano, pero no pudo rescatar los gatos que ella confundía con niños. Luego se sentía abatida. Se lo contó todo a su marido, que la trataba con indulgencia.
“¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero. Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz hablando con un conductor del cochecorreo, y al punto oyó la voz de su señorita. En cuatro trancos se puso a su lado.
«Deogracias… eso… que ahí suena… mira a ver…» dijo la señorita temblando y pálida.
El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su ama con semblante de marrullería y jovialidad.
«Pues… esto… ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la alcantarilla».
-¡Gatitos!… ¿estás seguro… pero estás seguro de que son gatitos?
-Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente, que parió anoche y no los puede criar todos…
Jacinta se inclinó para oír mejor. El miiii sonaba ya tan profundo que apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad indiscutible.
Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de freidera que apenas permitía ya oír el ahilado miiii. No obstante, la Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo:
 «Señorita, no se puede. Están muy hondos… pero muy hondos».”
-V-
Barbarita tenía el vicio de comprar todos los días en muchas tiendas, pero sin perder el tino. Era exigente y buena pagadora. Estupiñá la ponía al día en la iglesia, mientras oían misa, sobre la frescura y calidad de los víveres de los puestos o de las novedades de otro género. Incluso le compraba tabaco de contrabando a su marido Baldomero y a su hijo. Estupiñá se creía un auténtico bandolero engañando a Hacienda.
“Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya conocido. Ello había de ser género de confianza, talmente moro. El chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la tarea para ver si se hacía a toda conciencia, porque en estas cosas hay que andar con mucho ojo.”
-VII- Guillermina, virgen y fundadora
-I-
Se cuenta la historia de Guillermina Pacheco, esa solterona metida en años que se dedica a recoger niños huérfanos. Zalamero era quien mejor conocía su historia. Alquiló un bajo y los metió allí. Luego los llevó a un establecimiento más amplio. Gastó toda su herencia en cuidar de los huérfanos; primero unas docenas, después más de un centenar. Se hizo con un solar regalado y construía un nuevo asilo para doscientos niños. Pedía dinero a todo el mundo, del rey Amadeo a las prostitutas, y de todos lados sacaba algo. Pasaba las veladas de noche en el despacho de Bárbara, amigas de toda la vida.
“La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo fue hecho, sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima; después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos. Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían que no estaban en casa.”
-II-
Guillermina tejía mucho, sin parar, para los niños huérfanos, en las veladas de la casa de Barbarita. Le ayudan Bárbara y Jacinta, con entusiasmo. Guillermina habla con su sobrino Pacheco, el cual vive en Londres una parte del año. Se hacen bromas sobre lo que aquel le da de limosna a esta. De pronto, en el salón, se hace un gran alboroto. Anuncian los hombres que el rey Amadeo de Saboya ha abdicado y se vuelve a su casa. Allí hacían tertulia Moreno Isla, el Marqués de Casa Muñoz, Villalonga (amigo de Juanito), Aparisi, etc.
“Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento:
«Hijas, que el rey se marcha».
-¡Qué dices, mujer!
-Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio».
-¡Todo sea por Dios! -exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo imperturbable a su trabajo.
Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a su marido que aquel día no había comido en casa.
«Oye -le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban con picardía; -con veinte duros que le sonsaques hay bastante».”
-III-
Todos opinaban sobre la partida del rey. Manuel Moreno-Isla, nada patriota, se iba a Inglaterra, donde pasaba partes del año. El Marqués de Casa Muñoz rivalizaba en latines y frases campanudas contra Aparisi, concejal perpetuo y cara de oler algo desagradable. Federico Ruiz, el escritor fracasado, no se asustaba por la república. Las acciones bajaban y estaban preocupados.
“Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D. Juan Prim viviera…!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No habría tiros, ni jarana… no sería preciso hacer provisiones… ¡Ah! Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso.
Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muñoz se fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía cogido del brazo, se negó a salir… «Mi mujer no me deja».
-Mi tocaya -dijo Villalonga-, se está volviendo muy anticonstitucional.
Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su marido.”
-VIII- Escenas de la vida íntima
-I-
Jacinta sospechaba que marido la engañaba, pero él se las arreglaba para disuadirla de tal idea. El narrador daba por hecho que así era. Juanito era un buen vividor que no se sabía dónde pasaba los días, pues no trabajaba en nada. Sólo se preocupaba de disfrutar los placeres de la vida.
“La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír después y desmenuzar tan livianos argumentos… El sueño, un sueño dulce y mutuo les cogió, y se durmieron felices… Y ved lo que son las cosas, Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.
Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social, una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos. Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula. Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.”
-II-
Las opiniones de Juanito eran las que mandaban en casa. Primero fue republicano, luego se hizo alfonsino, y todos detrás de él. Su padre Baldomero trató de que se hiciera experto en bolsa y negocios, pero el chico se aburrió y lo dejó. Un día, en la ópera, Jacinta observó que su marido no estaba en el palco con sus amigos, y le preocupó. Soñó que un niño-hombre le pedía teta, se la dio, pero sólo sintió el frío y el polvo del yeso.
“Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba, sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi mercantil. Ninguno sabía como él sacar el jugo a un billete de cinco duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.
A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los hijos de familia en estos depravados tiempos.”
-III-
La acción se fecha en diciembre de 1873. Juanito cogió un buen catarro y lo dejó postrado en casa. Jacinta lo cuida con devoción. Aparisi y el Marqués de Casa Muñoz se zahieren delante de todos. Recibe al corredor de publicaciones José Ido del Sagrario, que trata de venderle libros editados en Barcelona.
“A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un hombre que quería hablar con el señor joven.
-Ya sabes que no recibe -dijo la señorita, y tomando de manos de Blas una tarjeta que este traía leyó: José Ido del Sagrario, corredor de publicaciones nacionales y extranjeras.
-Que entre, que entre al instante -ordenó Santa Cruz, saltando en su asiento-. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos reímos… Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más célebre…! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.
Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos, como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el sombrero que era un claque del año en que esta prenda se inventó, el primogénito de los claques sin género de duda, y en la otra un lío de carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato social.
«Hola, Sr. de Ido… ¡cuánto gusto de verle! -le dijo Santa Cruz con fingida seriedad-. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».
-Con permiso… ¿Quiere usted Mujeres célebres?”
-IV
El señor Ido del Sagrario había escrito novelas, pasando mucha hambre. Tenía un punto de locura hablando de su mujer, que la teníapor muy bella e infiel, pues lo traicionaba con un noble. Juanito y Fortunata se reían de él, aunque la esposa no tanto. Le dieron de comer, pues pasaba mucha hambre. Al fin, se fue. Pero volvió a los pocos días a pedir ropa vieja para él y sus hijos. Vivía en una barriada muy pobre, donde Guillermina repartía comida y ropa vieja. Ido le desveló de sopetón que un niño, el Pitusotres añosera hijo de Fortunata y su marido. Casi se trastornó al escuchar la noticia y lo echó del recibidor. Quedó muy tocada, pero disimulaba.
“«El Pitusín -prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la voz-, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal Fortunata, mala mujer, señora, muy mala… Yo la vi una vez, una vez sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo… Pues como decía, el pobre Pitusín es muy salado… ¡más listo que Cachucha y más malo…! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su madre le quería tirar…».
Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas terminantes. ¡Fortunata, el Pitusín!… ¿No sería esto una nueva extravagancia de aquel cerebro novelador?
«Pero, vamos a ver… -dijo la señorita al fin, comenzando a serenarse-. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de usted?… Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta».
-Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo Evangelio -replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho-. José Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento… especialidad en regalos para amas… No sé si fue allí donde nació el Pitusín; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz.
-Usted está loco -exclamó la dama con arranque de enojo y despecho-. Usted es un embustero… Márchese usted.”
V-
Jacinta asimiló que era probable que su marido tuviera un hijo con Fortunata, el Pitusín. No sabía si creer a Ido del Sagrario. Se concertó con Guillermina para visitar al niño, vecino de Ido. Juanito estaba postrado con una gripe pesada en cama; pedía mimos de su mujer y esta, de mala gana, se los daba.
” Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio a varias personas, Casa-Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano Ruiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron  de cuchicheo un buen cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.
«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos».
«Pero mujer, te marchas y me dejas así… ¡qué alma tienes! -gritó el Delfín cuando vio entrar a su esposa-. Vaya una manera de cuidarle a uno. Nada… Lo mismo que a un perro».
-Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá… Perdóname, ya estoy aquí. Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué…
Inclinose sobre el lecho y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño de tres años.
-¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!… Le voy a dar azotes… Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande… por tu parienta…”
-IX- Una visita al Cuarto Estado
-I-
Jacinta, acompañada de Guillermina, visitó el patio de vecindad donde vivía el niño de Fortunata con los Izquierdo. Todo estaba rodeado de corredores que daban acceso a viviendas ínfimas y sucias. Una hija de Ido se iba abriendo paso hasta la vivienda de sus padres. Estaba impresionada de la pobreza y miseria que había allí. Descender desde la puerta del Sol hacia el sur, hacia el Manznares, fue difícil, todo lleno de tiendas, tenderetes con todo tipo de cachivaches, muchas tabernas. Iba algo aturdida y no se enteró de mucho.
“Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda la pillería que en el patio quedaba. Allá en el fondo había divisado dos niños y una niña. Uno de ellos era rubio y como de tres años. Estaban jugando con el fango, que es el juguete más barato que se conoce. Amasábanlo para hacer tortas del tamaño de perros grandes. La niña, que era de más edad, había construido un hornito con pedazos de ladrillo, y a la derecha de ella había un montón de panes, bollos y tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba allí. La señora de Santa Cruz observó este grupo desde lejos. ¿Sería alguno de aquellos? El corazón le saltaba en el pecho y no se atrevía a preguntar a la zancuda. En el último peldaño de la escalera encontraron otro obstáculo: dos muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el paso. Estaban jugando con arena fina de fregar. El mamón estaba fajado y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que nadie le hiciera caso. Las dos niñas habían extendido la arena sobre el piso, y de trecho en trecho habían puesto diferentes palitos con cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente imitado.
«¡Qué tropa, Dios! -exclamó la zancuda con indignación de celador de ornato público, que no causó efecto-. Cuidado donde se van a poner… ¡Fuera, fuera!… y tú, pitoja, recoge a tu hermanillo, que le vamos a espachurrar». Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron oídas con el más insolente desdén. Uno de los mocosos arrastraba su panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro cogía puñados de arena y se lavaba la cara con ella, acción muy lógica, puesto que la arena representaba el agua. «Vamos, hijos, quitaos de en medio -les dijo Guillermina a punto que la zancuda destruía con el pie el lavadero, gritando-: Sinvergüenzonas, ¿no tenéis otro sitio donde jugar? ¡Vaya con la canalla esta…!». Y echó adelante resuelta a destruir cualquier obstáculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los mocosos, como habrían cogido una muñeca, y poniéndoselos al cuadril, volaron por aquellos corredores.
«Vamos -dijo Guillermina a su guía-, no las riñas tanto, que también tú eres buena…».”
-II-
Por fin, accedieron a la casa de Ido (corredor de suscripciones a libros y revistas) y su mujer Nicanora, que era la que mandaba en casa y hablaba por todos. Entintaban papel de negro para las funerarias. La casa tenía dos habitaciones, la cocina y una especie de salón donde en una gran mesa llena de resmas de papel realizaban el entintado. El hijo mayor quería ser torero; Rosita, la segunda, quería ser peluquera; luego, la zancuda, que perdía el tiempo, y uno pequeño. Jacinta estaba asustada de lo que allí veía. La madre no los mandaba a la escuela por vergüenza de los andrajos que vestían. Jacinta vio una oportunidad para hablar con José Ido sobre el niño.
“-Y las suscriciones de entregas -preguntó Guillermina-, ¿dan algo que comer?
Ido abrió la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta pregunta; pero su mujer tomó rápidamente la palabra, quedándose él un buen rato con la boca abierta.
-Las suscripciones -declaró la Venus de Médicis-, son una calamidad. Aquí José tiene poca suerte… es muy honrado y le engaña cualisquiera. El público es cosa mala, señoras, y suscritor hay que no paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdió aquí (este aquí era D. José) un billete de cuatrocientos reales, el encargado de las obras se lo va cobrando, descontándole de las primas que le tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se apaña se lo birla el casero.
Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvió a levantar los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si hubiera sido un delito.
«Pues lo primero que tienen ustedes que hacer -indicó la Pacheco-, es poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su niña pequeña».
-No los mando, porque me da vergüenza de que salgan a la calle con tanto pingajo.
-No importa. Además, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa para los muchachos. Y el mayor, ¿gana algo?”
-III-
Vieron a Juanín, el Pitusín, con la cara y las manos negras porque estaba embadurnado de betún. La ropa muy sucia. No se le podía tocar y a Jacinta le dio lástima. Al fin, una señora se lo llevó para lavarlo. Jacinta le dio un duro a José, que lo guardó para sí furtivamente, aunque no pudo dormir por ello. Se dedicó toda la tarde a llevar ladrillos de una fábrica al hospicio de Guillermina Pacheco, a cambio de un sombrero de bombín que le habían dado a ella.
“Ido y su mujer se deshacían en cumplidos y fueron escoltando a las señoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas un simón para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo que la fundadora le había hecho. No era una misión delicada ciertamente, como él deseara; pero el principio de caridad que entrañaba aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la satisfacción de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y provenía su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en que le llevó aparte, le había dado un duro. No puso él la moneda en el bolsillo de su chaleco, donde la habría descubierto Nicanora, sino en la cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para abrigarse la boca del estómago. Porque conviene fijar bien las cosas… aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famélicas del resto de la familia, era exclusivamente para él. Tal había sido la intención de la señorita, y D. José habría creído ofender a su bienhechora interpretándola de otro modo. Guardaría, pues, su tesoro, y se valdría de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de las uñas de Nicanora… porque si esta lo descubría, ¡Santo Cristo de los Guardias…!”
-IV-
Ido se levantó, se aseó y fue a pasear hasta el descampado de Mundo Nuevo. Desde allí veía la fábrica del gas y el cielo de Carabanchel. Se cruzó con tres randas y pensó que le robarían el duro. Luego entró en una tasca y pidió chuletas. Se sentó a su lado José Izquierdo, el tutor del niño Juanín. Ido lo tuvo que invitar. Izquierdo era republicano; había sido un hombre de posición mediana, pero había venido a menos.
“Izquierdo debía de tener hambre atrasada, porque al ver las chuletas, les echó una mirada guerrera que quería decir: «¡Santiago y a ellas!» y sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embistió con furia. Ido empezó a engullir comiéndose grandes pedazos sin masticarlos. Durante un rato, ambos guardaron silencio. Izquierdo lo rompió dando fuerte golpe en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo:
«¡Re-hostia con la Repóblica!… ¡Vaya una porquería!».
Ido asintió con una cabezada.
«¡Repoblicanos de chanfaina… pillos, buleros, piores que serviles, moderaos, piores que moderaos! -prosiguió Izquierdo con fiera exaltación-.  No colocarme a mí, a mí, que soy el endivido que más bregó por la Repóblica en esta judía tierra… Es la que se dice: cría cuervos… ¡Ah! Señor de Martos, señor de Figueras, señor de Pi… a cuenta que ahora no conocen a este pobrete de Izquierdo, porque lo ven maltrajeao… pero antes, cuando Izquierdo tenía por sí las afloencias de la Inclusa y cuando Bicerra le venía a ver pal cuento de echarnos a la calle, entonces… ¡Hostia! Hamos venido a menos. Pero si por un es caso golviésemos a más, yo les juro a esos figurones que tendremos una yeción.”
– V –
Comieron juntos los dos José. Izquierdo, Platón, tío de Fortunata, le cuenta su vida entera ha ido. Era de ideas liberales y progresistas y había participado en todos los levantamientos de ese signo. Hasta estuvo en Cartagena, en lo del cantón. Proponía un levantamiento en Madrid y quemar los edificios emblemáticos. Fue un monólogo ante su amigo y tocayo. Pasó por Barcelona, se econtró con Fortunata, le dio algo de dinero y este, con esos cuartos, volvió a Madrid. No le dieron un puesto de trabajo de funcionario cuando los suyos triunfaron y está muy resentido. Utilizaba un nivel vulgar de la lengua, a veces difícil de seguir. Ido asentía a todo porque le tenía miedo.
“«Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro: ‘¿Pero señores, nos acantonamos o no nos acantonamos?… porque si no va a haber aquí una yeción. ¡Se reían de mí!… ¡pillos! ¡Como que estaban vendidos al moderaísmo!… Sabusté tocayo, ¿con qué me motejaban aquellos mequetrefes? Pues na; con que yo no sé leer ni escribir: No es todo lo verídico, ¡hostia!, porque leer ya sé, aunque no del todo lo seguío que se debe. Como escribir, no escribo porque se me corre la tinta por el dedo… ¡Bah!, es la que se dice: los escribidores, los periodiqueros, y los publicantones son los que han perdío con sus tiologías a esta judía tierra, maestro».
Ido tardó mucho tiempo en apoyar esto, por ser quien era; pero Izquierdo le apretó el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo más remedio que asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que sólo por la violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad.
«Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me querían meter en el estaribel y enredarme con los guras, tomé el olivo y no juimos a Cartagena. ¡Ay, qué vida aquella! ¡Re-hostia! A mí me querían hacer menistro de la Gubernación; pero dije que nones. No me gustan suponeres. A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma. Y entonces, que quieras que no, me ensalzaron a tiniente de navío, y estaba mismamente a las órdenes del [329] general Contreras, que me trataba de tú. ¡Ay qué hombre y qué buen avío el suyo! Parecía verídicamente el gran turco con su gorro colorao. Aquello era una gloria. ¡Alicante, Águilas! Pelotazo va, pelotazo viene. Si por un es caso nos dejan, tocayo, nos comemos el santísimo mundo y lo acantonamos toíto… ¡Orán! ¡Ay qué mala sombra tiene Orán y aquel judío vu de los franceses que no hay cristiano que lo pase!… Me najo de allí, güelvo a mi Españita, entro en Madriz mu callaíto, tan fresco… ¿a mí qué?… y me presento a estos tiólogos, mequetrefes y les digo: ‘Aquí me tenéis, aquí tenéis a la personalidá del endivido verídico que se pasó la santísima vida peleando como un gato tripa arriba por las judías libertades… Matarme, hostia, matarme; a cuenta que no me queréis colocar…’. ¿Usté me hizo caso? Pues ellos tampoco. Espotrica que te espotricarás en las Cortes, y el santísimo pueblo que reviente. Y yo digo que es menester acantonar a Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judíos ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al Dipósito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar, Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por moderaos…».”
-VI-
Lo que Izquierdo había contado era mentira. Lo inventaba para darse pisto. Se había casado dos veces y no había encontrado su sitio en el mundo. El narrador advierte que un año después triunfó como modelo de pintores, asumiendo papeles de nobles para ser retratados. A Ido le dio un ataque, por haber comido carne, y pensó que su mujer lo estaba engañando. Pagó con su duro al Tartera, recogió las vueltas y se fue a casa. Montó el número a su mujer, que lo trató con paciencia y cariño. Golpeó la cama con un palo donde en su cabeza estaban su mujer y el Duque. Le gritaba a su mujer “¡Adúltera!”. Luego quedó dormido. Ahí Nicanora, su mujer, la Venus de dicis vio a Jacinta observando.
“-¿A quién has visto, corazón?… ¡Ah!, sí, al duque. Sí, aquí le tengo… No me acordaba… ¡Pícaro duque, que te quiere quitar esa recondenada prenda tuya!
Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido volvió a sus mímicas, y Nicanora, sabiendo que no había más medio de aplacarle que dar rienda suelta a su insana manía para que el ataque pasara más pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que allí habían dejado los chicos, y empujándole por la espalda… «Ya puedes escabecharnos -le dijo-, anda, anda; estamos allí, en el camarín, tan agasajaditos… Fuerte, hijo; dale firme y sácanos el mondongo…».
Dando trompicones, entró Ido en una de las alcobas, y apoyando la rodilla en el camastro que allí había empezó a dar golpes con el palillo, pronunciando torpemente estas palabras: «Adúlteros, expiad vuestro crimen». Los que desde el corredor le oían, reíanse a todo trapo, y Nicanora arengaba al público diciendo: «pronto se le pasará; cuanto más fuerte, menos le dura».
«Así, así… muertos los dos… charco de sangre… yo vengado, mi honra la… la… vadita» murmuraba él dando golpes cada vez más flojos, y al fin se desplomó sobre el jergón boca abajo. Las piernas colgaban fuera, la cara se oprimía contra la almohada, y en tal postura rumiaba expresiones oscuras que se apagaban resolviéndose en ronquidos. Nicanora le volvió cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas dentro de la cama, manejándole como a un muerto, y le quitó de la mano el palo. Arreglole las almohadas y le aflojó la ropa. Había entrado en el segundo periodo, que era el comático, y aunque seguía delirando, no movía ni un dedo, y apretaba fuertemente los párpados, temeroso de la luz. Dormía la mona de carne.
Cuando la Venus de Médicis salió del cubil, vio que entre las personas que miraban por la ventana, estaba Jacinta, acompañada de su doncella.”
-VII-
Jacinta y su criada Rafaela se entrevistaron con Izquierdo en su tugurio, con el niño Juanito presente. Estaba desharrapado, sucio, calzado en engrudo roto por varios lados, enseñando entre harapos un hombro y una nalga. Le propuso al tío-abuelo que se llevaría al niño, pero él le exigió un puesto de trabajo –administrador de El Pardo— despropocionado. Jacinta le propuso una cantidad de dinero pero Izquierdo no daba el brazo a torcer. Le dio un caramelo al niño y se fue, prometiendo volver al día siguiente con Guillermina para llevarse al Pitusín.
“Díjole la Delfina que deseaba hablarle, y él la invitó con toda la cortesía de que era capaz a pasar a su habitación. Ama y criada se pusieron en marcha hacia el 17, que era la vivienda de Izquierdo.
«¿En dónde está el Pituso?» preguntó Jacinta a mitad del camino.
Izquierdo miró al patio donde jugaban varios chicos, y no viéndole por ninguna parte, soltó un gruñido. Cerca del 17, en uno de los ángulos del corredor había un grupo de cinco o seis personas entre grandes y chicos, en el centro del cual estaba un niño como de diez años, ciego, sentado en una banqueta y tocando la guitarra. Su brazo era muy pequeño para alcanzar el extremo del mango. Tocaba al revés, pisando las cuerdas con la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las rodillas, boca y cuerdas hacia arriba. [342] La mano pequeña y bonita del ceguezuelo hería con gracia las cuerdas, sacando de ellas arpegios dulcísimos y esos punteados graves que tan bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe. La cabeza del músico oscilaba como la de esos muñecos que tienen por pescuezo una espiral de acero, y revolvía de un lado para otro los globos muertos de sus ojos cuajados, sin descansar un punto. Después de mucho y mucho puntear y rasguear, rompió con chillona voz el canto:
A Pepa la gitani… i… i…
Aquel iiii no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo como una rúbrica trazada con el sonido. Ya les faltaba el aliento a los oyentes cuando el ciego se determinó a posarse en el final de la frase:
lla-cuando la parió su madre…
Expectación, mientras el músico echaba de lo hondo del pecho unos ayes y gruñidos como de un perrillo al que le están pellizcando el rabo. ¡Ay, ay, ay!… Por fin concluyó:
 sólo para las narices 
le dieron siete calambres.
Risas, algazara, pataleos… Junto al niño cantor había otro ciego, viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y el cuerpo envuelto en capa parda con más remiendos que tela. Su risilla de suficiencia le denunciaba como autor de la celebrada estrofa. Era también maestro, padre quizás, del ciego chico y le estaba enseñando el oficio.”
-VIII-
A las nueve de la mañana del día siguiente, ya estaban en la corrala del Sr. Izquierdo Jacinta y la criada Rafaela. Las mujeres le exponían sus penas: hijos muertos al nacer, hambre, muerte por enfermedades, alcoholismo, niños abandonados, falta de ropa, etc. Esperaban a Guillermina, que llegó muy tarde. Hablaron con Severiana, hermana de Mauricia la dura, madre de Adoración, una niña de diez años, muy atildada y limpia. Ambas hermanas habían nacido, por ser hijas de la sirvienta, en casa de los Pacheco. Mauricia había sido recluida en las Micaelas, orden religiosa que trataba de enmendar a las mujeres de mala vida. Se había escapado y nadie sabía nada de ella. Al fin, entraron con Guillermina en casa de Izquierdo y allí estaba la gallinejera, mujer grande y fea, que le arreglaba la casa una vez al mes.
“Avanzaron en busca de la guarida de Izquierdo, siempre rodeadas de vecinas. Adoración iba detrás, cogida a la falda de Jacinta, como los pajes que llevan la cola de los reyes, y delante abriendo calle, como un batidor, la zancuda, que aquel día parecía tener las canillas más desarrolladas y las greñas más sueltas. Jacinta le había llevado unas botas, y estaba la chica muy incomodada porque su madre no se las dejaba poner hasta el domingo.
Vieron entornada la puerta del 17, y Guillermina la empujó. Grande fue su sorpresa al encarar, no con el señor Platón a quien esperaba encontrar allí, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de colorines, el talle muy bajo, la cara como teñida de ferruje, el pelo engrasado y de un negro que azuleaba. Echose a reír aquel vestiglo, enseñando unos dientes cuya blancura con la nieve se podría comparar, y dijo a las señoras que Don Pepe no estaba, pero que al momentico vendría. Era la vecina del bohardillón, llamada comúnmente la gallinejera, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de la Arganzuela. Solía prestar servicios domésticos al decadente señor de aquel domicilio, barrerle el cuarto una vez al mes, apalearle el jergón, y darle una mano de refregones al Pituso, cuando la porquería le ponía una costra demasiado espesa en su angelical rostro. También solía preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada de escarola, bien cargada de ajo y comino.”
-IX
Guillermina, en presencia de Jacinta y Rafaela, trató con Izquierdo sobre la donación del Pitusín. Primero quería ser conserje de un ministerio, pero siendo analfabeto, no había nada que hacer; de casa particular no quería. Luego pidió mil duros, pero Guillermina lo rechazó por excesivo. No hubo trato. Guillermina le hizo ver que sería un buen modelo para pintores, para lo único que valía, pues de holgazán, majadero y bravucón iba sobrado. Las tres mujeres se fueron.
Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guiños se volvían picarescos. Era una maravilla cómo le adivinaba los pensamientos. Parece mentira, pero no lo es, que después de otra pausa solemne, dijo la Pacheco estas palabras:
«Porque eso de que Castelar le coloque es cosa de labios afuera. Usted mismo no lo cree ni en sueños. Lo dice por embobar a Ido y otros tontos como él… Ni ¿qué destino le van a dar a un hombre que firma con una cruz? Usted que alardea de haber hecho tantas revoluciones y de que nos ha traído la dichosa República, y de que ha fundado el cantón de Cartagena… ¡así ha salido él!… usted que se las echa de hombre perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ahí que le van a hacer archipámpano, se contentará… dígalo con franqueza, se contentará con que le den una portería…».
A Izquierdo le vibró el corazón, y este movimiento del ánimo fue tan claramente advertido por Guillermina, que se echó a reír, y tocándole la rodilla con la mano, repitió:
«¿No es verdad que se contentará?… Vamos, hijo mío, confiéselo por la pasión y muerte de nuestro Redentor, en quien todos creemos».
Los ojos del chalán se iluminaron. Se le escapó una sonrisilla y dijo con viveza:
«¿Portería de ministerio?».
-No, hijo, no tanto… Español había de ser. Siempre picando alto y queriendo servir al Estado… Hablo de portería de casa particular.
Izquierdo frunció el ceño. Lo que él quería era ponerse uniforme con galones. Volvió a sumergirse de una zambullida en su conciencia, y allí dio volteretas alrededor de la portería de casa particular. Él, lo dicho dicho, estaba ya harto de tanto bregar por la perra existencia. ¿Qué mejor descanso podía apetecer que lo que le ofrecía aquella tía, que debía de ser sobrina de la Virgen Santísima?… Porque ya empezaba a ser viejo y no estaba para muchas bromas. La oferta significaba pitanza segura, poco trabajo; y si la portería era de casa grande, el uniforme no se lo quitaba nadie… Ya tenía la boca abierta para soltar un conforme más grande que la casa de que debía ser portero, cuando el amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotinó, y la fanfarronería cultivada en su mente armole una gritería espantosa. Hombre perdido. Empezó a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdén a una parte y otra, dijo: «¡Una portería!… es poco».”
-X- Más escenas de la vida íntima
-I-
El veintidós de diciembre tocó la lotería a don Baldomero; lo había repartido en participaciones, que le habían pagado, a todo el mundo. A Estupiñá se lo regalaron, y llegó a creer que lo había jugado. Juanito seguía en cama por la gripe. Guillermina le comunicó a Jacinta que había comprado al Pituso por seis mil quinientos reales. Lo pensaba llevar a casa de su hermana para adecentarlo. Luego lo llevaría a casa para presentarlo como adoptado porque se había encariñado con él. Al día siguiente tenía que recogerlo.
“La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró diciendo a voces: «Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento para mi obra… Si no, Dios y San José les amargarán el premio».
-El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda -dijo D. Baldomero-. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.
-¡Hereje!… -replicó la dama haciéndose la enfadada-, herejote… después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres… El veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento… Y punto en boca. Si no, lo gastarás en botica. Con que elige.
-No, hija mía; por mí te lo daré todo…
-Pues no harás nada de más, avariento. Se están poniendo bien las cosas, a fe mía… El ciento de pintón, que estaba la semana pasada a diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el pardo a diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes…
Samaniego se empeñó en que la santa había de tomar una copa de Champagne.
«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote? ¡Yo beber esas porquerías!… ¿Cuándo cobras, mañana? Pues prepárate. Allí me tendrás como la maza de Fraga. No te dejaré vivir».
Poco después Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo oído indiscreto.
«Ya puedes vivir tranquila -le dijo la Pacheco-. El Pituso es tuyo. He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregué con aquel Iscariote. Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy blasfemo. Allá me sacó del cofre la partida de bautismo, un papelejo que apestaba. Este documento no prueba nada. El chico será o no será… ¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá con Dios… Todo esto me parece irregular. Lo primero debió ser hablar del caso a tu marido. Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral. Allá lo veremos… Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para mí, que bien me lo he sabido ganar… Con que mañana, yo iré después de medio día; ve tú también con los santos cuartos.”
-II-
Al fin, todos se fueron a la cama. Jacinta hubo de meterse en la cama de su marido –tenían camas aparte, en la misma habitación–. Ella, entre bromas, le dijo que iba a tener un niño, sin explicar más. Juanito no sabía cómo reaccionar. Dialogaron amorosamente hasta las cuatro de la mañana; se oían las campanadas de la Puerta del Sol. Luego, se durmieron.
“Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el espacio de dos o tres narices.
«¡Qué bien me encuentro ahora! -le dijo con dulzura-. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah! La gran lotería es la que me ha tocada a mí. Tú eres mi premio gordo. ¡Qué buena eres!».
-¿Te duele la cabeza?
-No me duele nada. Estoy bien; pero me he desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A ver dime a dónde fuiste esta mañana.
-A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido.
-Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste?
Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy chusco.
 «¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?».
-Me río de ti… ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María!, todo lo quieren saber.
-Claro, y tenemos derecho a ello.
-No puede una salir a compras…
-Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede ser. Tú no has ido a compras.”
-III-
Jacinta le contó a su suegra Barbarita todo lo que traía entre manos. No reaccionó muy bien la suegra, pero tampoco la regañó. Luego, con Rafaela la criada y Guillermina cerraron el trato con Platón. Repartieron regalos entre los niños y dinero a la vecindad sufrida y hambrienta. Le pagaron el dinero y se llevaron al niño. Calle de Toledo arriba, le compraron una pandereta, naranjas y lo que pedía. De vez en cuando llamaba a su tío Pepe, llorando. Al fin, lo dejaron en casa de Villuendas, sobre sacos de monedas, pues estaban haciendo el recuento, el marido de la hermana de Jacinta, Candelaria –o Benigna, como dice en el siguiente capítulo–.
“Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres algún comistrajo recién comprado; los chicos, con sus bufandas enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a la casa. Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran. En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta: «¡Al vivo de hoy, al vivito!»… Enorme farolón con los cristales muy limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de misteriosa alegría. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de poseer, además de géneros exquisitos, una imaginación exuberante, y para detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales y fantásticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados con escobones de dátiles. Por arriba y por abajo banderas españolas con poéticas inscripciones que decían: el Diluvio en mazapán, o Turrón del Paraíso terrenal… Más allá Mantecadas de Astorga bendecidas por Su Santidad Pío IX. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrón había discurrido un rótulo peregrino para anonadar a sus competidores los orgullosos tenderos de establecimiento. ¿Qué pondría? Porque decir que el género era muy bueno no significaba nada. Mi hombre había clavado en el más gordo bloque de aquel almendrado una banderita que decía: Turrón higiénico. Con que ya lo veía el público… El otro turrón sería todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era higiénico.”
-IV-
Llevaron al niño  a casa de Benigna y Villuendas, la hermana de Jacinta. Lo lavaron y le pusieron ropa limpia. El niño se resistió, pero tuvo que ceder. Jacinta llegó tarde a casa, le contó a Barbarita lo que había hecho. Esta se disgustó y pidió pruebas de que era hijo de su Juanito. Nació cierta tensión entre ellas. Jacinta estaba entusiasmada.
“Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana, y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los nacimientos. Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los chicos de la parentela de Santa Cruz surtidos de aquel artículo.
Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar como en broma un portal de los más bonitos, lo compró. El respeto selló los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: «¿Y para quién es este Belén, señora?».
La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio: «Dame esos paquetes, y métete este armatoste debajo de la capa. Que no lo vea nadie cuando entremos». ¿Qué significaban estos tapujos? ¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza. La señora lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.”
-V-
Cenaron en Nochebuena sobre veinte comensales en casa de Santa Cruz. Todo fue bien y a placer. Estupiñá, en plan broma, brindó por el niño que pronto tendría Jacinta. Esta, por la mañana, fue a casa de su hermana a ver a Juanín. Había destrozado el nacimiento y le había arrancado la cabeza a las figuras. Sus sobrinos lloraban y estaban escandalizados. Jacinta los calmó a todos y tenía una gran ilusión por el niño; lo quería como hijo suyo.
 “Durmió Jacinta sin sosiego, y a la mañana siguiente, cuando su marido no había despertado aún, salió para ir a misa. Oyola en San Ginés, y después fue a casa de Benigna, donde encontró escenas de desolación. Todos los sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. ¡Vaya con lo que había hecho Juanín!… ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles la cabeza a las figuras del nacimiento… y lo peor era que se reía al hacerlo, como si fuera una gracia. ¡Vaya una gracia! Era un sinvergüenza, un desalmado, un asesino. Así lo atestiguaban Isabel, Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la indignación no les permitía expresarse con claridad. Disputábanse la palabra y se cogían a la tiita, empinándose sobre las puntas de los pies. Pero ¿dónde estaba el muy bribón? Jacinta vio aparecer su cara inteligente y socarrona. Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se arrimó a la pared. Acercósele Jacinta, mostrándole severidad y conteniendo la risa… pidiole cuentas de sus horribles crímenes. ¡Arrancar la cabeza a las figuras!… Escondía el Pituso la cara muy avergonzado, y se metía el dedo en la nariz… La mamá adoptiva no había podido obtener de él una respuesta, y las acusaciones rayaban en frenesí. Se le echaban en cara los delitos más execrables, y se hacía burla de él y de sus hábitos groseros.
«Tiita, ¿no sabes? -decía Ramona riendo-. Se come las cáscaras de naranja…».
-¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que había visto más. Aquella mañana, Juanín estaba en la cocina royendo cáscaras de patata. Esto sí que era marranada.
Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos.
«Pues tienes bonito el delantal». Juanín tenía el delantal como si hubiera estado fregando los suelos con él. Toda la ropa estaba igualmente sucia.
-Tiita -le dijo Isabelita haciéndose la ofendida-. Si vieras… No hace más que arrastrarse por los suelos y dar coces como los burros. Se va a la basura y coge los puñados de ceniza para echárnosla por la cara…”
-VI-
Se lo dijeron a los maridos el día de Navidad por la mañana, pero con tanta gente en la casa, en el almuerzo y en la comida –cena, decimos hoy–, Jacinta no pudo hablar con su marido. Al fin, al acostarse, él le confesó que tuvo un hijo con ella, pero que había muerto. Que el supuesto hijo era de la hijastra de Platón, ya difunta. Juanito confesó que no le había contado todo lo que tuvo con Fortunata, un año después de casados.
“Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se interponía entre ella y su marido. El maldito tenía en aquella época la demencia de los castillos; estaba haciendo averiguaciones sobre todos los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque estuviese bien hecha no había de servir para nada. Mareaba a Cristo con sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?… Pero ninguno llegaba a los del Bierzo… ¡Ah!, ¡el Bierzo!… la riqueza que hay en ese país es un asombro». Luego resultaba que la tal riqueza era de muros despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caían piedra a piedra. Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de Ponferrada que… vamos… no puedo expresar lo que es aquello…». Creeríase que por la tal ventana se veía al Padre Eterno y a toda la Corte Celestial. «Caramba con la ventana -pensaba Jacinta, a quien le estaba haciendo daño el almuerzo-. Me gustaría de veras si sirviera para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos».”
-VII-
Barbarita vio al niño y juzgó que era hijo de su hijo, así comenzó a quererlo. En la cama, Juanito le cuenta a su mujer que si vio al niño vivo, pero murió a las pocas horas por el garrotillo. Fortunata andaba con un tipo violento, vendedor ambulante, que la marcaba muy de cerca. Juanito les dio una cantidad de dinero, a modo de soborno, para que Fortunata y su hombre desaparecieran del mapa. El día 28 de diciembre fueron a verlo y Juanito convenció a Jacinta y a sus cuñados que no era su hijo. Jacinta quedó dolida y aturdida.
“El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el enfermo podía salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna demostración de cariño paternal.
«Hola, barbián -dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas manos-. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro… No te apures, mujer, ya vendrá el verdadero Pituso, el legítimo, de los propios cosecheros o de la propia tía Javiera».
Benigna y Ramón miraban a Jacinta.
«Vamos a ver -prosiguió el otro constituyéndose en tribunal-. Vengan ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de juicio, si este chico se parece a mí». Silencio. Lo rompió Benigna para decir:
«Verdaderamente… yo… nunca encontré tal parecido».
-¿Y tú? -preguntó Juan a Ramón.
-Yo… pues digo lo mismo que Benigna.
Jacinta no sabía disimular su turbación.
«Ustedes dirán lo que quieran… pero yo… Es que no se fijan bien… Y en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monísimo?».”
-VIII-
Deciden entregar al niño al hospicio de Guillermina, y no a la hermana de Jacinta. Sería deshonroso y turbio para la familia. Hasta Baldomero, el posible abuelo, le había comprado un acordeón de juguete. Jacinta se siente anonadada, confusa, y obedece a su suegro.
Don Baldomero, acentuando más su sonrisa  paternal, abrió una gaveta de su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles.
«Y le compré esto… Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais a casa… Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces… veinticuatro reales».
Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a encogerlo, haciendo flin flan repetidas veces. Jacinta se reía y al propio tiempo se le escaparon dos lágrimas.
Entró entonces de improviso Barbarita, diciendo:
«¿Qué música es esta?… A ver, a ver».
-Nada, querida -declaró el buen señor acusándose francamente-. Que a mí también se me fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú me saliste con que lo del nieto era una novela, flin flan, me dio la idea de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se compró para él, flin flan, que la disfrute… ¿no os parece?
-A ver, dame acá -indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer el pueril instrumento-. ¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios. Dámelo… lo tocaré yo… flin flan… ¡Ay!, no sé qué tiene esto… ¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa.
Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito juguete… ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a llevárselo, flin flan…».”
– XI – Final, que viene a ser principio 
– I –
El 3 de enero de 1874. El general Pavía da un golpe de estado y acabó con la república. Villalonga, el amigo íntimo de Juanito, se acercó el 6, día de Reyes, a su casa para decirle que Fortunata, acompañada de un hombre, ha vuelto a Madrid, muy elegante y bien vestida. Mucho más hermosa que antes y atractiva. Jacinta entró varias veces en la habitación tratando de pillar algo de la conversación, pero no pudo. Cuando entraba, Villalonga hablaba del golpe de estado.
“Vinieron días marcados en la historia patria por sucesos resonantes, y aquella familia feliz discutía estos sucesos como los discutíamos todos. ¡El 3 de Enero de 1874!… ¡El golpe de Estado de Pavía! No se hablaba de otra cosa, ni había nada mejor de qué hablar. Era grato al temperamento español un cambio teatral de instituciones, y volcar una situación como se vuelca un puchero electoral. Había estado admirablemente hecho, según D. Baldomero, y el ejército había salvado una vez más a la desgraciada nación española. El consolidado había llegado a 11 y las acciones del Banco a 138. El crédito estaba hundido. La guerra y la anarquía no se acababan; habíamos llegado al período álgido del incendio, como decía Aparisi, y pronto, muy pronto, el que tuviera una peseta la enseñaría como cosa rara.
 Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara la memorable sesión de la noche del 2 al 3, porque la había presenciado en los escaños rojos. Pero el representante del país no aportaba por allá. Por fin se apareció el día de Reyes por la mañana. Pasaba Jacinta por el recibimiento, cuando el amigo de la casa entró.
«Tocaya, buenos días… ¿cómo están por aquí? ¿Y el monstruo, se ha levantado ya?».
Jacinta no podía ver al dichoso tocayo. Fundábase esta antipatía en la creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le arrastraba a la infidelidad.
«Papá ha salido -díjole no muy risueña-. ¡Cuánto sentirá no verle a usted para que le cuente eso!… ¿Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que se metió usted debajo de un banco».
-¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan?
-No, se está vistiendo. Pase usted.”
-II-
Villalonga le refirió a Juanito que Fortunata estaba espléndida y que el hombre que la acompañaba era alguien metido en tráfico de armas que había ido a recibir un pago en el Tesoro. Siguieron a Fortunata y su acompañante hasta un piso en una zona buena. Villalonga lo contó entreverado con el golpe de estado de Pavía porque Jacinta estaba a pillar palabras sueltas. Creía que era el celestino de su marido, por lo que sospechaba de él.
Entró Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra manera. Villalonga giró sobre el último concepto como una veleta impulsada por fuerte racha de viento.
«El abrigo que yo llevaba… mi gabán de pieles… quiero decir, que en aquella marimorena me arrancaron una solapa… la piel de una solapa quiero decir…».
-Cuando se metió usted debajo del banco.
-Yo no me metí debajo de ningún banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme en salvo como los demás por lo que pudiera tronar.
-Mira, mira, querida esposa -dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el chaleco, que se quitó apenas puesto-. Mira cómo cuelga ese último botón de abajo. Hazme el favor de pegárselo o decirle a Rafaela que se lo pegue, o en último caso llamar al coronel Iglesias.
-Venga acá -dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez.
-En buen apuro me vi, camaraíta -dijo Villalonga conteniendo la risa-. ¿Se enteraría? Pues verás; otro detalle. Llevaba unos pendientes de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno pálido. ¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido. Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para averiguar dónde vivía. Toda la gente que había en Praga la miraba, y ella más parecía corrida que orgullosa. Salimos… tras, tras… calle de Alcalá, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros detrás. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al sereno, les abrió, entraron. En una casa que está en la acera del Norte entre la tienda de figuras de yeso y el establecimiento de burras de leche… allí.”
-III-
Juanito buscó a Fortunata, pero no daba con ella. Cafés, bares de buena y mala nota, y nada. Villalonga le dijo que Pez la había visto sola, vestido a lo popular, con un saco a la espalda; sospechaban que era la ropa cara que iba a empeñar. El hombre resultó ser un farsante y había desaparecido de Madrid. Juanito se justificaba pensando que era curiosidad, primero; deseo de ayudarla, después; la buscó y rebuscó, sin resultado. Una noche llegó a casa dolorido del costado izquierdo; era una tremenda pulmonía por los fríos de Madrid. El narrador opinaba que era irónico que quien salía a cazar acabara él mismo abatido.
“Estaba el pobre Juanito Santa Cruz sometido al horroroso suplicio de la idea fija. Salió, investigó, rebuscó, y la mujer aquella, visión inverosímil que había trastornado a Villalonga, no parecía por ninguna parte. ¿Sería sueño, o ficción vana de los sentidos de su amigo? La portera de la casa indicada por Jacinto se prestó a dar cuantas noticias se le exigían, mas lo único de provecho que Juan obtuvo de su indiscreción complaciente fue que en la casa de huéspedes del segundo habían vivido un señor y una señora, «guapetona ella» durante dos días nada más. Después habían desaparecido… La portera declaraba con notoria agudeza que, a su parecer, el señor se había largado por el tren, y la individua, señora… o lo que fuera… andaba por Madrid. ¿Pero dónde demonios andaba? Esto era lo que había que averiguar. Con todo su talento no podía Juan darse explicación satisfactoria del interés, de la curiosidad o afán amoroso que despertaba en él una persona [474] a quien dos años antes había visto con indiferencia y hasta con repulsión. La forma, la pícara forma, alma del mundo, tenía la culpa. Había bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizás mal oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal, se trocaran en un afán ardiente de apreciar por sí mismo aquella transformación admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda. «Si esto no es más que curiosidad, pura curiosidad… -se decía Santa Cruz, caldeando su alma turbada-. Seguramente, cuando la vea me quedaré como si tal cosa; pero quiero verla, quiero verla a todo trance… y mientras no la vea, no creeré en la metamorfosis». Y esta idea le dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producíale un dolor indecible, y se fue exaltando, y por último figurábase que tenía sobre sí una grande, irreparable desgracia. Para acabar de aburrirle y trastornarle, un día fue Villalonga con nuevos cuentos. «He averiguado que el hombre aquel es un trapisondista… Ya no está en Madrid. Lo de los fusiles era un timo… letras falsificadas».”
Madrid, enero de 1886
Parte segunda 
– I – Maximiliano Rubín 
– I –
Nicolás Rubín tenía una tienda de tirador de oro. Estaba casado con Maximiliana Llorente; se llevaban mal porque ella era manirrota y casquivana; la echó de casa cinco veces y la readmitió otras tantas. Ella murió en 1867 y él en 1868. Tenían tres hijos, Juan Pablo (28 años en 1868), alto y guapo, representante comercial y funcionario de policía intermitente. Nicolás (25 años), el de las viruelas, gordo y peludo, que se hizo sacerdote en Toledo; Maximiliano el pequeño (19 años), protegido del mayor y de su tía doña Lupe la de los pavos. Juan Pablo se pasó a los carlistas y metió armas inglesas por Guetaria; luego las llevó a Madrid.
“Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre.
Juan Pablo, de veintiocho años.
Nicolás, de veinticinco.
Maximiliano, de diecinueve.
Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la maliciosa versión de que los tales eran hijos de diferentes padres. Podía ser calumnia, podía no serlo; pero debe decirse para que el lector vaya formando juicio. Algo tenían de común, ahora que recuerdo, y era que todos padecían de fuertes y molestísimas jaquecas. Juan Pablo era guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicolás era desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a causa de la viruela, y tan peludo, que le salían mechones por la nariz y por las orejas. Maximiliano era raquítico, de naturaleza pobre y linfática, absolutamente privado de gracias personales. Como que había nacido de siete meses y luego me le criaron con biberón y con una cabra.
Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo (para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su tío D. Mateo Zacarías Llorente, capellán de Doncellas Nobles, el cual le metió en el Seminario y le hizo sacerdote; Juan Pablo y Maximiliano se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de Jáuregui, conocida vulgarmente por Doña Lupe la de los pavos, la cual vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a consagrar más adelante. En un pueblo de la Alcarria tenían los hermanos Rubín una tía materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba vendiendo vidas, la herencia de esta señora no era más que una esperanza remota.”
-II-
Maximiliano Rubín comenzó la carrera de farmacia; avanzaba a trompicones porque su inteligencia no era mucha. Enfermaba cada poco con catarros y accesos. Era feo, desgarbado y menudo; pelo ralo, con calvicie incipiente. No había quien lo levantara de la cama, pero una vez en pie, se afanaba en sus estudios con ahínco y escasos resultados. Sus compañeros de carrera le llamaban “Rubinius vulgaris”. En 1874 tenía 25 años y aparentaba más. Su timidez era proverbial. A cambio, soñaba despierto; imaginaba aventuras con chicas honradas que veía por la calle y las seguía un buen rato. Pasaba por ensoñaciones en cualquier lugar, creyéndose triunfante, hablador, guapo, etc.
“Su timidez [de Maximiliano Rubín], lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba. Creía que todos se burlaban de él considerándole insignificante y para poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le hacía huir del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en que debía entrar imponíale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Temía encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada. Ciertas personas le infundían un respeto que casi casi era pánico, y al verlas venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le habían hecho daño alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de doña Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al café con los amigos, estaba muy bien si no había más que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la lengua y se ponía a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se reunieran seis u ocho personas, enmudecía, incapaz de tener una opinión sobre nada. Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían quedar con él o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi hombre como la grana y tartamudeando.”
-II-
Entre lo que soñaba de noche y ensoñaba de día de ser un galán fuerte y arrogante, Maxi se iba apañando, pero aquello podía acabar en locura como no lo refrenara. Su mejor amigo era su compañero de clase Olmedo, un mozo rudo y fortachón que se las daba de “perdis”, un hombre de vida mala, perdida, viviendo con mujeres de mala vida a razón de una pensión cada mes. Vivía con una tal Feliciana; esta, un día, se encontró con Fortunata, tirada en la calle y sin nada que comer, y la invitó a su casa, la había dejado un traficante de armas. Una noche Maxi fue a pasar la velada con su amigo Olmedo, Feliciana y Jacinta. Maxi quedó prendado de la belleza de la chica. Cuando ella se fue, Maxi salió detrás con el ánimo de seguirla
“Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad, dijo: «Las nueve menos siete minutos… y medio».
 No podía decirse la hora con exactitud más escrupulosa.
«Ya ves -dijo Feliciana-. tienes tiempo… Hasta las diez. Con que salgas de aquí a las diez menos cuarto… ¿Pero esa toquilla?… Mírala, mírala en esa silla junto a la cómoda».
-¡Ay!, hija… si llega a ser perro me muerde.
Se la puso, envolviéndose la cabeza, echando miradas a un espejo de marco negro que sobre la cómoda estaba, y después se sentó en una silla a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la miró mejor. No se hartaba de mirarla, y una obstrucción singular se le fijó en el pecho, cortándole la respiración. ¿Y qué decir? Porque había que decir algo. El pobre joven se sentía [31] delante de aquella hermosura más cortado que en la visita de más campanillas.
«Bien puedes abrigarte» indicó Feliciana a su amiga; y Rubín vio el cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosófica:
-Sí, está la noche fresquecita.
-Llévate el llavín… -añadió Feliciana-. Ya sabes que el sereno se llama Paco. Suele estar en la taberna.
La otra no desplegaba sus labios. Parecía que estaba de muy mal humor. Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se mira a los bichos raros. «¡Qué lástima que no sea honrada! -pensaba-. Y quién sabe si lo será, quiero decir que conserve la honradez del alma en medio de…».”
-III-
Al día siguiente se dejó caer en el apartamento donde vivía Feliciana con Olmedo y Fortunata. Quedaron a solas y este le declaró su amor arrebatado. Ella se reía con aire pesimista y repetía alguna palabra culta de Maxi. Marchó feliz, aunque ella sólo le prometió tomar un café juntos. El chico quería romper la hucha para sacar todos sus suculentos ahorros, aunque Papos, la niña criada de su tía Guadalupe, se lo impidió entre burlas y bromas.
“Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turbó cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso.
«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?».
Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua, plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más estrafalario y grotesco que se puede imaginar.
-Sí, bonita te pones… Lárgate de aquí, o verás…
Era la criada de la casa. Doña Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre tomaba a su servicio niñas para educarlas y amoldarlas a su gusto y costumbres. Llamábanla Papitos no sé por qué. Era más viva que la pólvora, activa y trabajadora cuando quería, holgazana y mañosa algunos días. Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo para producir las muecas más extravagantes. Los dos dientes centrales superiores eran enormes, y se le veían siempre, porque ni cuando estaba de morros cerraba completamente la boca.
 Oída la conminación que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonzó más. Ella las gastaba así. Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía. Volvió a echar fuera una cantidad increíble de lengua, y luego se puso a decir en voz baja: «Feo, feo…» hasta treinta o cuarenta veces. Esta apreciación, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca había inspirado a Rubín más que desprecio; pero en aquella ocasión le indignó tanto, vamos… que de buena gana le hubiera cortado a Papitos toda aquella lenguaza que sacaba.
«¡Si no te largas, de la patada que te doy…!».”
-IV-
Maxi rompió la hucha y la repuso con otra igual para que su tía Lupe no se enterara, porque lo vendía a las visitas de ahorrador y comedido. Se encerró en su habitación y con el almirez, a pesar de que Papitos le hizo rabiar, al fin rescató el dinero y salió con él a la calle. También llevó escondidos los restos de la hucha de barro, para que su tía no se enterara.
“El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir. Cuando cogió la hucha llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale compasión de la víctima, y para evitar su enternecimiento, que podría frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia, impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo: «¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello cuando me dé la gana?». Y leña, más leña… La infeliz víctima, aquel antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas que había cambiado.”
-II- Afanes y contratiempos de un redentor
-I-
Maxi le puso una habitación, especie de miniapartamento, al lado de Olmedo y su amiga. Compraron unos muebles baratos y Jacinta vivía allí bastante bien. Comenzaron a desempeñar las prendas de primera necesidad. Hablaban mucho, pero ella no lo quería, aunque él era feliz a su lado. Fortunata le confesó que al único hombre que amaba era a Juanito Santa Cruz, aunque dudaba si se iría con él, si surgiera la oportunidad. Maxi le enseñaba a hablar mejor y no cometer solecismos. Ella no sabía escribir.
“Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad. Repetidas veces sacó Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy importante este punto en el plan de regeneración. El inspirado y entusiasta mancebo hacía hincapié en lo malos que son los señoritos y en la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas inocentes contra los seductores. Fortunata no entendía palotada de estas leyes. Lo único que sostenía era que el tal Juanito Santa Cruz era el único hombre a quien había querido de verdad, y que le amaba siempre. ¿Por qué decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad que esta consecuencia era laudable, sentía en su alma punzada de celos, que trastornaba por un instante sus planes de redención.
«¿Y le quieres tanto, que si le vieras en algún peligro le salvarías?».
-Claro que sí… me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le sacaría en bien, aunque me perdiera yo. No sé decir más que lo que me sale de entre mí. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con salud.
Se puso tan guapa al hacer esta declaración, que Rubín la miró mucho antes de decir:
«No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora entrara por esa puerta y te dijera: ‘Fortunata, ven’ ¿irías?».
Fortunata miró a la puerta. Rubín tragaba saliva y buscaba en el sitio donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando sólo unos pelos muy tenues, los martirizaba cruelmente.
«Eso… según… -dijo ella plegando su entrecejo-. Me iría o no me iría…».”
-II-
Fortunata le contó su vida a Maxi: quedó huérfana a los doce años. Tras lo de Juanito, sus tíos la echaron de casa y se juntó con Juárez el negro, que murió borracho. Luego con un pintor catalán, muy celoso, que engañó con un amigo y un criado de ambos, después con un general retirado, que la llevó a París, después con Camps, un tramposo traficante de armas. Y luego Maxi. Este escuchó con dolor el relato pintoresco de Fortunata. Él se sentía un redentor, sin tacha moral de ningún tipo.
“Prefería contar particularidades de su infancia. Su difunto padre poseía un cajón en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tenía, como Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos. Llamábanla a ella desde niña la Pitusa, porque fue muy raquítica y encanijada hasta los doce años; pero de repente dio un gran estirón y se hizo mujer de talla y de garbo. Sus padres se murieron cuando ella tenía doce años… Oía estas cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandábala que fuese al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que había tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le faltó poco para que se le saltaran las lágrimas. La tierna criatura sin más amparo que su madre pobre, la aflicción de esta al verse abandonada, eran en verdad un cuadro tristísimo que partía el corazón. ¿Por qué no le citó ante los tribunales? Es lo que debía haber hecho. A estos tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. ¿Por qué no se le ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y presentarse a doña Bárbara y a D. Baldomero y contarles allí bien clarito la gracia que había hecho su hijo?… Pero no, esto no hubiera sido muy conforme con la dignidad. Más valía despreciarle, dejándole entregado a su conciencia, sí, a su conciencia, que buen jaleo le había de armar tarde o temprano.
Fortunata, al oír esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una máquina aquello de que lo mejor era el desprecio. Sí, despreciarle, repetía el otro, pues era ignominia solicitar su protección. Aunque le dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir ignominia, Maximiliano insistió en que había sido una gran falta pedir amparo al mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvió ella a Madrid y le cayó su niño enfermo.
«Pero, tontín, si no es por él, no hubiéramos tenido con qué enterrarle» dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo.
-Primero le dejo yo insepulto, que recurrir… La dignidad, hija, es antes que todo. Fíjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qué sujeto era ese con quien te uniste después, el que te sacó de Madrid y te llevó de pueblo en pueblo como los trastos de una feria.”
-III-
Maxi la visitaba a ella hasta las doce de la noche. Pasaba del pesimismo lúgubre al optimismo desatado respecto de los sentimientos de Fortunata hacia él. Su tía Lupe ya comenzaba a sospechar que había una chica de por medio. Cuando tenía jaqueca, que lo aquejaban con frecuencia, Fortunata lo cuidaba y le mostraba cariño. Parecía que ella había cambiado de vida y aceptaba ser una mujer ordenada, aunque le advirtió que no lo quería, aunque quién sabía en el futuro lo que pasaría. También pensaban qué pasaría cuando se les acabara el dinero de los ahorros de Maxi.
“En medio de estos dulcísimos ensueños de su alma arrebatada, sentía Maximiliano unos saetazos que le hacían volver sobresaltado a la realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos empezando a dormirnos dulcemente… Por mucho que se estirase el dinero sacado de la hucha, al fin se tenía que concluir, porque todo es finito en este mundo, y el metálico precisamente es una de las cosas más finitas que se pueden imaginar… ¡María Santísima!, cuando el temido momento llegase… ¡cuando la última peseta del último duro fuera cambiada…! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su cama dormido o preparándose a ello, incorporábase tan desvelado cual si fueran las doce del día, o se ponía a dar vueltas en el lecho y a calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo con íntimo fervor de oración. Esperaba que la obra generosa que había emprendido pesase mucho en las recónditas intenciones de la Providencia para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer. Él no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta echaba velos y más velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tenía en cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata pensaba lo mismo, cuando él le confiaba sus temores. Tenía que ser así, o todo lo que se habla de la Providencia es patraña. Pronto diré cómo se salieron con la suya, con lo cual se demostró que tenían allá arriba, en los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protegía. Bien ganada se tenían esta protección, porque él, enaltecido por su cariño, ella, aspirando a la honradez y ensayándose en practicarla, eran dos seres que valían cualquier dinero, o en otros términos, dignos de que se les facilitaran los medios de continuar su campaña virtuosa.”
-IV-
Maxi comenzó a estudiar y aprender mucho más que antes. Incluso intervenía en clase, lo que causó asombro entre sus compañeros. El dinero menguaba, pero ya vendría por algún lado. Le confesó que su tía Lupe vivía de prestamista, con la ayuda de un tal Torquemada. Un buen día le propuso matrimonio a Fortunata, que reaccionó confusamente.
“No pudo retener más tiempo aquel secreto que se le salía con empuje, y si no lo decía reventaba, sí, reventaba; porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su espíritu, la expresión de todo lo nuevo y sublime que en él había, y no se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discreción. Entró la pecadora en la sala, que hacía también las veces de comedor, a poner la mesa, operación en extremo sencilla y que quedaba hecha en cinco minutos. Maximiliano se abalanzó a su querida con aquella especie de vértigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besándole castamente un brazo que medio desnudo traía, cogiéndole después la mano basta y estrechándola contra su corazón, le dijo:
«Fortunata, yo me caso contigo».
Ella se echó a reír con incredulidad; pero Rubín repitió el me caso contigo tan solemnemente, que Fortunata lo empezó a creer.
«Hace tiempo -añadió él-, que lo había pensado… Lo pensé cuando te conocí, hace un mes… Pero me pareció bien no decirte nada hasta no tratarte un poco… O me caso contigo o me muero. Este es el dilema».
Tie gracia… ¿Y qué quiere decir dilema?
-Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser mía ante Dios y los hombres. ¿No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un nombre, ya está hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una persona decente y lo serás, lo serás si tú quieres…
Inclinose para coger los libros que se habían caído al suelo. Fortunata salió para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo:
-Esas cosas se calculan bien… no por mí, sino por ti.
-¡Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado… ¿Y a ti, te había ocurrido esto?
-No… no me pasaba por la imaginación. Tu familia ha de hacer la contra.
-Pronto seré mayor de edad -afirmó Rubín con brío-. Opóngase o no, lo mismo me da…
Fortunata se sentó a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella estaba como aturdida… poco risueña en verdad, esparciendo miradas de un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y contestó a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la cocina, y en ella su pensamiento se balanceó en aquella idea del casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera… «¡Casarme yo!… ¡pa chasco…!, ¡y con este encanijado…! ¡Vivir siempre, siempre con él, todos los días… de día y de noche!… ¡Pero calcula tú, mujer… ser honrada, ser casada, señora de Tal… persona decente…!».”
-V-
Lupe le dijo que su tía Melitona Llorente había muerto y había dejado herencia en Molina de Aragón para los tres hermanos, que ella calculaba en treinta mil duros. Maxi pensó que lo iba a interrogar sobre su vida fuera de casa, pero no fue así. Decía Lupe que no podía aunque quisiera echarse una novia. Luego tuvieron una trifulca Lupe y Papitos, con golpes incluidos.
“Porque la mona aquella tenía días. Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla. Pero otros no se la podía aguantar. Aquel día empezó de los buenos y concluyó siendo de los peores. Por la mañana había cumplido admirablemente; estuvo muy suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en cuanto la señora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era señal de próximos trastornos. En efecto, por la tarde dividió en dos la tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre.
Cuando se enfurruñaba creeríase que hacía las cosas mal adrede. Le mandaban esto y se salía con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometió en una hora. Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal criada y una calamidad… en toda la extensión de la palabra. Y mientras más repelones le daban, peor que peor. Pasó tanta agua del puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta quedó encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos amargaban como demonios. La sopa no había cristiano que la pasara de tanta sal como le echó aquella condenada. Luego era una insolente, porque en vez de reconocer sus torpezas decía que la señora tenía la culpa, y que ella, la muy piojosa, no estaría allí ni un día más porque misté… en cualsiquiera parte la tratarían mejor.
Doña Lupe discutía con ella violentamente, argumentando con crueles pellizcos, y añadiendo que estaba autorizada por la madre para descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando lumbre por los ojos: «¡Ay, hija, no me descuartice usted tanto!». Este solía ser el periodo culminante de la disputa, que concluía dándole la señora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar… Los disparates seguían, y al servir la mesa ponía los platos sobre ella sin considerar que no eran de hierro. Doña Lupe la amenazaba con mandarla a la galera o con llamar una pareja, con escabecharla y ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta que se quedaba como un guante.”
-VI-
Maxi le dice a Papitos, una tarde que estaban solos, que piensa casarse con la mujer que ame. La niña se ríe y lo insulta. En las adivinanzas era más rápida que él, pero Maxi era mejor contando cuentos. El monologaba por los pasillos a oscuras, como si razonara ante su tía. Cuando llegó Lupe, los mandó a la cama con un “a la cama todo Cristo”.
“Papitos dormía como un ángel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y conservando en la mano de él la media, por cuyos agujeros asomaban los dedos. Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y aprovechara la lección para cuando le tocara. El propio calor de sus palabras llevó a Maximiliano a una exaltación que parecía insana. No podía estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba oscuro; pero él conocía tan bien todos los rincones, que andaba por ellos sin vacilación ni tropiezo. Entró en la sala que también estaba a oscuras, penetró en el gabinete de su tía, [95] que a la misma boca de lobo se igualara en lo tenebroso, y allí se le redobló la facundia, y la energía de sus declamaciones rayaba en frenesí. Apoyando las cláusulas con enfático gesto, se le ocurrían frases de admirable efecto contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos de la familia si las oyeran. ¡Qué lástima que no estuviera allí su tía…! Como si la estuviera viendo, le soltó estas atrevidas expresiones: «Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la conciencia no valen pamplinas, ni ese cúmulo, ese cúmulo, sí señora, de… preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y me caso, porque soy dueño de mis actos, porque soy mayor de edad, porque me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y será usted nuestra madre, nuestra consejera, nuestra guía…».”
-VII-
Fortunata se arregló ante el espejo y se vio muy guapa y atractiva. Pero casarse con Maxi le parecía inconcebible: ruin, feo, contrahecho, más bajo que ella. Luego Maxi le volvió a hablar de matrimonio y de tierras en Molina de Aragón. Recibieron la visita de Olmedo y de su novia, que estaban de bronca.
“Después de esta reticencia, que por lo terminante parecía hija de una convicción profunda, siguió contemplando y admirando su belleza. Estaba orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, según dictamen de ella misma, le daban la puñalada al Espiritui Santo. La tez era una preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil recién labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la risa como en el enojo… ¡Y luego unos dientes! «Tengo los dientes -decía ella mostrándoselos-, como pedacitos de leche cuajada». [99] La nariz era perfecta. «Narices como la mía, pocas se ven»… Y por fin, componiéndose la cabellera negra y abundante como los malos pensamientos, decía: «¡Vaya un pelito que me ha dado Dios!». Cuando estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observación, que no hacía entonces por primera vez. Hacíala todos los días, y era esta: «¡Cuánto más guapa estoy ahora que… antes! He ganado mucho».
Y después se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le armó en el entrecejo como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba decía así: «¡Si me viera ahora…!». Bajo el peso de esta consideración estuvo un largo rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija. Despertó al fin de aquello que parecía letargo, y volviendo a mirarse, animose con la reflexión de su buen palmito en el espejo. «Digan lo que quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo… Hasta cuando me enfado es bonito… ¿A ver cómo me pongo cuando me enfado? Así, así… ¡Ah, llaman!».”
-VIII-
Fortunata echaba de menos a Juanito, a quien deseaba encontrar por la calle, pero ya había oído que había tenido pulmonía. Un día, Maxi y ella comieron juntos, pero a ella no le prestaba porque lo veía muy feo y ni por asomo pensaba en casarse con él. Él estudiaba más si ella estaba a su lado.
“Media hora después estaban sentados a la mesa en amor y compaña; pero en aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos pensamientos tan extraños, que no sabía lo que le pasaba. Ella misma comparó su alma en aquellos días a una veleta. Tan pronto marcaba para un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte viento, la veleta daba la vuelta grande y ponía la punta donde antes tenía la cola. De estos cambiazos había sentido ella muchos; pero ninguno como el de aquel momento, el momento en que metió la cuchara dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabría ella decir cómo fue ni cómo vino aquel sentimiento a su alma, ocupándola toda; no supo más sino que le miró y sintió una antipatía tan horrible hacia el pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla. Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del arroz; pero ella se calló, echando para adentro, con las primeras cucharadas, aquel fárrago amargo que se le quería salir del corazón. Muy para entre sí, dijo: «Primero me hacen a mí en pedacitos como estos, que casarme con semejante hombre… ¿Pero no le ven, no le ven que ni siquiera parece un hombre?… Hasta huele mal… Yo no quiero decir lo que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de mí esa nariz de rabadilla».
«Parece que estás triste, moñuca» le dijo Rubín, que solía darle este cariñoso mote.
Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara. Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de dómine:
«Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor y cuchillo, no con tenedor sólo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa y en otras cosas más».
También le cargaba a ella tanta corrección. Deseaba hablar bien y ser persona fina y decente; pero ¡cuánto más aprovechadas las lecciones si el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no parecía de carne, sino de cordilla!”
-IX
Maxi le dijo a Olmedo lo de su boda con Fortunata. Finalmente, a los tres días, lo supo Lupe, que quedó estupefacta. Antes de que él llegara de noche, le registró la habitación, por si encontraba un retrato de la perdularia. A la mañana siguiente, metió a su sobrino en su gabinete, presidido por un cuadro de su difunto marido Jáuregui el de los pavos y se dispuso a cantarle las cuarenta.
“Registra por aquí, registra por allá, nada encontraba que sirviera de comprobación a la horrible noticia. Abrió la cómoda, valiéndose de las llaves de la suya, y allí tampoco había nada. La hucha estaba en su sitio y llena, quizás más pesada que antes. Retratos, no los vio por ninguna parte. Hallábase doña Lupe engolfada en su investigación policíaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entró Maximiliano. Papitos le abrió la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz en él, y al encarar con su tía, que estaba revolviendo el tercer cajón de la cómoda, comprendió que su secreto había sido descubierto, y le corrieron escalofríos de muerte por todo el cuerpo. Doña Lupe supo contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazón, y para calentarle las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque seguramente ella había de alzar la voz y no convenía el escándalo. También era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le sofocaban tan a deshora, y doña Lupe no quería martirizarle. Lelo y mudo estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su tía se volvió hacia él, y echándole una mirada muy significativa, le dijo: «Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré las cuentas…». Se fue hacia su alcoba; pero no había dado diez pasos, cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito: «¡Grandísimo pillo!… Pero tente boca. Quédese esto para mañana… A dormir se ha dicho».”
– III – Doña Lupe la de los Pavos
Doña Lupe tuvo grandes discusiones con su sobrino sobre Fortunata. Pero Maxi la desobedeció y seguía viendo a la chica. Lupe comprendió que la cosa era peliaguda y optó por retroceder algo; contemporizaba con su sobrino con la idea de que se le pasaría la calentura. Maxi le explicó cómo había roto la hucha y, con su dinero, mantenía a Fortunata; esta era económica, lo que gustaba a doña Lupe, aunque sin reconocerlo jamás.
Jáuregui, su marido difunto, había sido alabardero. Luego, como segundo oficio, recogía el dinero de los paveros de León y otras provincias y lo enviaba a los pueblos de origen. Por eso le llamaban el de los pavos. Cuando murió, Lupe quedó con el mote. Él había sido un hombre honrado y sólo dejó cinco mil reales al morir. Lupe se asoció a Francisco Torquemada, usurero muy duro. Prestaban dinero a gran interés y así se enriquecieron. A los que no pagaban les confiscaban muebles, enseres, ropa, etc. Era de buen carácter, pero en lo tocante al dinero era dura y cruel y no perdonaba un céntimo a nadie. Con Silvia, la mujer de Torquemada, acosaba a los deudores para sacarles dinero. Muchas cosas las vendían a través de Mauricia la Dura, aunque últimamente la veían poco.
Lupe tenía un pecho amputado por un tumor. Lo disimulaba bien y nadie lo sabía. Era de buen porte y, a sus cincuenta, aparentaba cuarenta. Ya viuda, había tenido pretendientes, pero los rechazó por fidelidad a su marido, el número uno del mundo.
Maxi percibía que su tía, mal que bien, toleraba su situación.”
(V)
“Porque doña Lupe era tal y como su sobrino la pintaba en aquella breve consideración; era juiciosa, razonable, se hacía cargo de todo, miraba con ojos un tanto escépticos las flaquezas humanas, y sabía perdonar las ofensas y hasta las injurias; pero lo que es una deuda no la perdonaba nunca. Había en ella dos personas distintas, la mujer y la prestamista. El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca. Un simple pagaré, extendido y firmado de la manera más cordial del mundo, bastaba a convertir la amiga en basilisco, la mujer cristiana en inquisidora.
La doble personalidad de esta señora tenía un signo externo en su cuerpo, una representación fatal, obra de la cirugía, que en este punto fue una ciencia justiciera y acusadora. A doña Lupe le faltaba un pecho, por amputación a consecuencia del tumor scirroso de que padeció en vida de su marido. Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa, aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de algodón en rama. A la vista, después de vestida, ofrecía gallardo conjunto; pero tras de la ropa, sólo la mitad de su seno era de carne; la otra mitad era insensible y bien se le podía clavar un puñal sin que le doliese. Lo mismo era su corazón; la mitad de carne, la mitad de algodón. La índole de las relaciones que con las personas tuviese determinaba el predominio de tal o cual mitad. No mediando ningún pagaré, daba gusto de tratar con aquella señora; mas como las circunstancias la hicieran inglesa, ya estaba fresco el que se metiese con ella.
Y no había sido así en vida de su marido. Verdad que en aquel tiempo venturoso, no manejaba más dinero que el que Jáuregui le daba para el gasto de la casa. Después de viuda, viéndose con cuatro cachivaches y cinco mil reales, imaginó fundar una casa de huéspedes, pero Torquemada se lo quitó de la cabeza, ofreciéndose a colocarle sus dineros con buen interés y toda la seguridad posible. El éxito y las ganancias engolosinaron a doña Lupe, que adquirió gradual y rápidamente todas las cualidades del perfecto usurero, y echó el medio pecho de algodón, haciéndose insensible, implacable y dura cuando de la cobranza puntual de sus créditos se trataba. Los primeros años de esta vida pasó la señora grandes apuros, porque los réditos, aun con ser tan crecidos, no le bastaban al sostenimiento de su casa. Pero a fuerza de orden y economía fue saliendo adelante, y aun hizo verdaderos milagros atendiendo a las medicinas que Maximiliano necesitaba y a los considerables gastos de su carrera. Quería mucho a su sobrino y se afanaba porque nada le faltara. Este mérito grande no se le podía negar. Lo que dijo del garbanzo que tenía el valor de una perla, es muy cierto. Pero no lo es que hubiese practicado la usura por el solo interés de dar carrera al sietemesino. Esto se lo decía ella a sí propia en sus soliloquios; pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y ennoblecerse el egoísmo humano. Doña Lupe trabajaba en préstamos por pura afición que le infundió Torquemada, y sin sobrino y sin necesidades habría hecho lo mismo.”
– IV – Nicolás y Juan Pablo Rubín.-Propónense nuevas artes y medios de redención
Estamos en 1874, entre enero y marzo, ya en Semana Santa. Nicolás Rubín era clérigo en Toledo. Tenía pelo y vello por todo el cuerpo, le salía por las narices y las orejas. Comía muchísimo; era glotón y eructaba aparatosamente. Se tenía por un gran confesor y conductor de almas descarriadas en su ciudad. Roncaba mucho al dormir. Era fatuo y se consideraba superior intelectualmente. Fue a Madrid y se hospedó en casa de su tía Lupe para resolver la herencia de los Rubín y el enamoramiento arrebatado de Maxi. Compartía habitación con éste, lo que no le hacía gracia porque no podía dormir. Juan Pablo, el mayor, había estado en Bayona en la corte del pretendiente Carlos, sirviendo a la corte carlista. Tuvo una agarrada con un jefe y lo echaron. Luego discutió con su hermano el cura, Nicolás, por el papel avaro y egoísta de la Iglesia entre los carlistas. Llevaba una mala vida en Madrid y apenas aparecía por la casa de su tía. No le importaba el anuncio de boda de su hermano pequeño, Maxi. Repartieron la herencia de Alcolea; Juan Pablo se quedó con el dinero y Nicolás y Maxi con las tierras, puestas en manos de un administrador para controlar la producción.
Nicolás se entrevistó con Fortunata y le propuso entrar en las Micaelas para purificar su alma, fortalecer su religión y adquirir una conducta adecuada. Fortunata, algo aturullada y sin entender muy bien lo que le proponían, aceptó. Le hacía ilusión lo de la religión, la moral, Dios, etc. Luego Lupe fue a verla y también le causó buena impresión porque era dócil, tímida y de carácter humilde. Todos admitieron la belleza elevada de Fortunata. Acaba el macrocapítulo el Viernes Santo, paseando a las afueras de Madrid Maxi y Fortunata, viendo la ciudad al fondo. Maxi tenía ensoñaciones de tener un hijo, pero a Fortunata le daba asco sólo pensarlo. A la semana siguiente entró en las Micaelas.
(VIII)
“Doña Lupe era persona de buen gusto y apreció al instante la hermosura del basilisco sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se resisten a proclamar la ajena. «Es bonita de veras – decía para sí la viuda, camino de su casa-, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje que necesita que la domestiquen». Los deseos de aprender que Fortunata manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de protectora y jefe de familia. Poseía doña Lupe la aptitud y la vanidad educativas, y para ella no había mayor gloria que tener alguien sobre quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y alumnos, porque la señora se hacía siempre querer de los seres inferiores a quienes educaba. El mismo Jáuregui había sido también, al decir de la gente, tan discípulo como marido.
Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé, domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay duda de que se nos tuerce».”
– V – Las Micaelas por fuera
Las Micaelas era una congregación al norte de Madrid, más allá del barrrio de Salamanca, donde acababa la ciudad. Tenían la iglesia a medio construir, en ladrillo y, por dentro, estuco y mucha limpieza, tomado de los curas franceses que vinieron a España. Fortunata ingresó un poco aturdida, pero contenta. Maximiliano sufría mucho por su ausencia. Sólo la podía ver los jueves a la tarde y con dos monjas de guardianas, además de su hermano Nicolás. Tenía miedo que se enamorara de Jesucrito y lo dejara a él sin nada. El capellán del convento, Pablo Pintado, era amigo de Nicolás, y departían sin parar sobre unos oposiciones a canónigo de Sigüenza. Tenían un molino de viento en el huerto para sacar agua de la noria. A Maxi le gustaba ver cómo se movían las aspas. Sufría por la ausencia de su amada, pero lo llevaba con paciencia.
(II)
“Las once serían ya, cuando desde su cuarto sintió un grande altercado entre doña Lupe y Papitos. El motivo de aquella doméstica zaragata fue que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios para dos bocas de tal naturaleza.
Doña Lupe que tal vio y oyó, no pudo decir nada, por estar el otro clérigo delante; pero tenía la sangre requemada. Su orgullo no le permitía desprestigiar la casa, poniéndoles un artesón de bazofia para que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, decía para su sayo cosas que habrían hecho saltar a toda la curia eclesiástica. «No sé lo que se figura este heliogábalo… cree que mi casa es la posada del Peine. Después que él me come un codo, trae a su compinche para que me coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estómago como las galerías del Depósito de aguas… ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas son estos curas…! Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y entonces… ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con invitados, porque es Alejandro en puño y no le gusta ser rumboso sino con dinero ajeno».
 El volcán que rugía en el pecho de la señora de Jáuregui no podía arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba. Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas; pero la riñó su ama tan sin razón, [244] que… ¡diablo de chica!, concluyó por hacerlo todo al revés. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba más. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia; rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le aporrea el cráneo con la mano del almirez. «De esto tengo la culpa yo, grandísima bestia, por empeñarme en domar acémilas y en hacer de ellas personas… Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que te cuadra…». Y por aquí seguía la retahíla… ¡Pobre Papitos! Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo. Había llegado ya a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.”
– VI – Las Micaelas por dentro 
A Fortunata la encerraron en las Micaelas, lugar de disciplina dura y rezo, para corregir a mujeres perdidas. Había una sección con niñas jóvenes, pero apenas se cruzaban con ellas. Fregaban, lavaban y rezaban con gran austeridad. Allí se hizo amiga de Mauricia la Dura, mejor determinada y corajuda que, una vez al mes, aproximadamente, sufría un ataque de ira y rabia; la encerraban en una celda de castigo hasta que se le pasaba. Mauricia había trabajado para doña Lupe, corriendo –vendiendo—mantones de Manila que esta confiscaba a quien no pagaba los préstamos usureros. Le informó a Fortunata que Juanito la andaba buscando por Madrid, antes de la pulmonía. Luego se fue a Valencia a acabar de curar. Conoció a Belén, una joven que iba para beata tras vida perdida en el teatro, A Felisa, otra joven de igual carácter, y a doña Manolita, una casada de buena fortuna que había tenido un desliza y su marido la había mandado encerrar; le dijo que conocía a los Santa Cruz y su marido era muy amigo de don Baldomero.
Fortunata aceptó el matrimonio con Maximiliano, también por consejo de Mauricia, pues le dijo que era lo mejor para su vida. Veía a los Rubín los jueves a la tarde e iba aceptando a su futuro marido contrahecho; los domingos lo veía tras la reja, en la iglesia, pero sin hablar, a la salida de misa. Una vez Mauricia robó una botella de coñac a sor Marcela cuando había matado un ratón en el cuarto de ésta y tuvieron que mover los muebles. Unos días después Mauricia dijo haber visto a la Virgen: había trincado la botella entera de un golpe. Se puso violenta, apedreó a las monjas, casi le da con una piedra a Guillermina Pacheco. Don León, el cura, la pudo reducir; luego la echaron de las Micaelas y se dirigió a Madrid, pasando entre los barrenderos, que estaban en el almacen municipal.
(II)
“Después que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con igual ahínco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces Mauricia, arrastrándose hasta llegar junto a su compañera, le dijo:
«Aquel día… ¿sabes?, acabadita de marcharte tú, estuvo en casa de la Paca Juanito Santa Cruz».
Fortunata la miró aterrada.
«¿Qué día?» fue lo único que dijo.
-¿No te acuerdas? El día que estuviste tú, el día en que te conocí… Paices boba. Yo me lié con la Visitación, que me robó un pañuelo, la muy ladrona sinvergüenza. Le metí mano, y… ¡ras!, le trinqué la oreja y me quedé con el pendiente en la mano, partiéndole el pulpejo… por poco me traigo media cara. Ella me mordió un brazo, mira… todavía está aquí la señal; pero yo le dejé sellaíto un ojo… todavía no lo ha abierto, y le saqué una tira de pellejo ¡ras!, desde semejante parte, aquí por la sien… hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges tú a mí por la cintura, y Paca a ella, la reviento… creételo.
-Ya me acuerdo de aquella trifulca -dijo Fortunata mirando a su compañera con miedo.
-A mí, la que me la hace me la paga. No sé si sabes que a la Matilde, aquella silfidona rubia…
-No sé, no la conozco.
-Pues allá se me vino con unos chismajos, porque yo hablaba entonces con el chico de Tellería y… Pues la cogí un día, la tiré al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me dio la gana… y luego, cogí una badila y del primer golpe le abrí un ojal en la cabeza, del tamaño de un duro… La llevaron al hospital… Dicen que por el boquete que le hice se le veía la sesada… Buen repaso le di. Pues otro día, estando en el Modelo… verás… me dijo una tía muy pindongona y muy facha que si yo era no sé qué y no sé cuánto, y de la primer bofetada que le alumbré fue rodando por el suelo con las patas al aire. Nada, que tuvieron que atarme… Pues volviendo a lo que decía. Aquel día que tuve la zaragata con Visitación…
Sintieron venir a la Superiora, y rápidamente se levantaron y se pusieron a brochar otra vez. La monja miró el piso, ladeando la cara como los pájaros cuando miran al suelo, y se retiró. Un rato después, las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra.
«No aportaste más por allí. Yo le pregunté después a la Paca si había vuelto por allí el chico de Santa Cruz, y me contestó: ‘Calla hija, si han dicho aquí anoche que está con plumonía…’. Pobrecito, por poco no lo cuenta. Estuvo si se las lía, si no se las lía… Por ti pregunté a la Feliciana una tarde que fui a enseñarle los mantones de Manila que yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario… ya, el sobrino de doña Lupe la de los Pavos… ¡Ah!, chica, si esa tal doña Lupe es lo que más conozco… Pregúntale por mí. Le he vendido más alhajas que pelos tengo en la cabeza. ¡Ah!, entonces sí que estaba yo bien; pero de repente me trastorné, y caí tan enferma del estómago, que no podía pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en él o gota de agua, que parecía que me encendían lumbre; y mi hermana Severiana, que vive en la calle de Mira el Río, me llevó a su casa, y allí me entraron unos calambres que creí que espichaba; y una noche, viendo que aquello no se me quería calmar, salí de estampía, y en la taberna me atizé tres copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y salí, y en medio a medio de la calle caíme al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevención. Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una señora que conocemos, esa doña Guillermina… la habrás oído nombrar… me cogió por su cuenta y me trajo a este establecimiento. La doña Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, ¿sabes?, y pide limosna y está haciendo un palación ahí abajo para los huérfanos. Mi hermana y yo nos criamos en su casa, ¡gran casa la de los señores de Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doña Guillermina, que siempre que me ve con miseria me socorre, y dice que mientras más mala sea yo más me ha de socorrer. Pues que quise que no, aquí me metieron… Ya me habían metido antes; pero no estuve más que una semana, porque me escapé subiéndome por la tapia de la huerta como los gatos».”
– VII – La boda y la luna de miel
Maxi y Fortunata se casaron discretamente. Lo celebraron con un banquete en casa de Lupe. Juan Pablo se retiró porque estaba a las malas con su tía y con su hermano Nicolás. A Maxi le dio la jaqueca esa noche y, con todo, fueron a dormir al piso que habían alquilado cerca del de Lupe, que estaba en la calle Raimundo Lulio. Mauricia le contó a Fortunata que Juanito había alquilado el piso de al lado y que la criada que había contratado Lupe para los recién casados estaba comprada por Juanito. Maxi, con la jaqueca, estuvo la noche de bodas y la siguiente en la cama. Juanito visitó a Fortunata y se declararon su amor, tres años después. Seguían queriéndose igual, sobre todo ella por él. Le dijo que Jacinta quería hijos, pero no venían. Fortunata le propuso darle un niño de ellos y ella quedarse con Juanito.
A Juan Pablo lo metieron en la cárcel por conspirador. Lupe se empleó a fondo y lo sacaron. Un amigo de Maxi le dijo que su mujer se veía con Juanito en una casa baja que habían alquilado por Santa Engracia. Maxi fue a vigilar y lo pilló a él a la salida de la casa. Se pelearon y Juanito golpeó varias veces al enclenque marido. Lo recogieron viandantes y lo llevaron a la Casa de Socorro. Luego, a casa. Lupe se hizo cargo. Fortunata llegó a las diez de la noche, pero Lupe no le pudo sonsacar nada. Al amanecer del día siguiente, se personó Nicolás, el cura. Interrogó a Fortunata en el cuarto oscuro de la casa y la chica lo confesó todo: era infiel a Maxi porque amaba a Juanito. Lupe decía que ya ella lo había visto venir, lo mismo que decía Nicolás. Maxi seguía en la cama medio delirando.
(VI)
“Esparció sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que estaba puesta no la afectó. En miserable bodegón, en un sótano lleno de telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía. No se hartaba de mirarle.
«¡Qué guapo estás!».
-¿Pues y tú? ¡Estás preciosísima!… Estás ahora mucho mejor que antes.
-¡Ah!, no -repuso ella con cierta coquetería-. ¿Lo dices porque me he civilizado algo? ¡Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el lazo y me cogiste.
-¡Pueblo!, eso es -observó Juan con un poquito de pedantería-; en otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo. Fortunata no entendía bien los conceptos; pero alguna idea vaga tenía de aquello.
«Me parece mentira -dijo él-, que te tengo aquí, cogida otra vez con lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te he hecho…».
-Quita allá… ¡perdón! -exclamó la joven anegándose en su propia generosidad-. Si me quieres, ¿qué importa lo pasado?
En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó decir estas arrogantes palabras:
«Mi marido eres tú… todo lo demás… ¡papas!».
Elástica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera cierto terror al oír expresión tan atrevida. Por corresponder, iba él a decir mi mujer eres tú; pero envainó su mentira, como el hombre prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas.”
FIN DE LA PARTE SEGUNDA Madrid.-Mayo de 1886. 
Parte tercera
– I – Costumbres turcas
 Año 1874, en su segunda mitad más bien. Se centra en Juan Pablo y su vida de café. Se pasaba muchas horas al día, tarde y noche, en los cafés-tertulia, que iba cambiado a medida de su gusto e intereses. Discutía mucho y bien con sus amigos y conocidos de todos los temas. De un café se fue porque un cura algo libertino lo batió dialécticamente; de otro porque se encontró con un Samaniego, prestamista, a quien le debía bastante dinero. Leía libros para estar al día de filosofías y corrientes sociales, pero era todo algo postizo. Defendía el carlismo libertario, el autoritarismo de garrota, pero indulgente en lo económico y social. Su amigo Samaniego le buscó un puesto de funcionario a través de Jacinto Villalonga, íntimo de Juanito Santa Cruz. Pero tenía que hacerse alfonsino, justo en los días del levantamiento en Sagunto de Martínez Campos, en los últimos dias de diciembre de 1874.
(VI)
“En esta nueva emigración, deseando estar lo más lejos posible del Siglo, se fue a San Joaquín, en la calle de Fuencarral, y no se corrió más al Norte porque no había cafés en las latitudes altas de Madrid. Pero en esta deserción, ya no le acompañaron ni D. Basilio Andrés de la Caña, ni Montes; éste porque San Joaquín estaba donde Cristo dio las tres voces, aquél porque ya se iba cargando de la pertinencia con que Rubín se burlaba de sus profecías sobre la proximidad de la Restauración. El mismo D. Evaristo Feijoo le siguió de mal humor, diciéndole con desabrimiento que no le gustaban los cafés de piano, y que el género y la sociedad no debían ser de lo mejor en aquellas alturas. Estuvieron solos algunos días. No veían por allí caras de amigos, hasta que una noche se apareció en el local una pareja conocida. Eran Feliciana y Olmedo, el estudiante de farmacia amigo de Maxi. Ya no vivían juntos, porque Olmedo había dado un cambiazo en sus costumbres volviéndose aplicadísimo a cara descubierta. No se recataba ya para estudiar, y hacía público alarde, con la mayor desvergüenza, de su decidida inclinación a tomar el grado aquel mismo año, llegando hasta la audacia de escribir un trabajo muy bueno sobre la dextrina, e ilusionándose con la idea de hacer oposición a una cátedra. Pero no se había encontrado a su antiguo amor, hecha un pingo, y la convidó a tomar un café en aquel apartado establecimiento. Más de dos horas estuvieron charlando los que fueron amantes, y ella no paraba el pico refiriendo los malos tratos que le daba el hombre que a la sazón era su dueño. Volvieron dos noches después a la misma mesa, y Rubín trabó conversación con ellos. Hablaron de la boda de Maximiliano y de los increíbles sucesos que después vinieron, diciendo Juan Pablo que su cuñadita era una buena pieza.
«Pero, hombre -dijo Feijoo a su amigo-. Y usted, ¿para qué dejó casar a su hermano?».
-A mi hermano le falta un tornillo…
-¡Ah!, como guapa, ya lo es -agregó D. Evaristo con cierto entusiasmo-. La he visto ayer… mejor dicho, la he visto varias veces.
-¿Dónde?
-En su casa. Es largo de contar… dejémoslo para otra noche.
Era sin duda cosa delicada para dicha delante de testigos, y estos eran: Olmedo con Feliciana, el pianista ciego, que en los descansos solía agregarse a aquella plácida tertulia, y una señora jamona, fiel parroquiana del café de nueve a doce. La llamaban doña María de las Nieves, y era una de las figuras más notables que presenta Madrid en la variadísima serie de los tipos de café. Iba algunas veces sola, otras con una mujer de mantón borrego que parecía verdulera acomodada. Llevaba toquilla de color corinto, que se quitaba al sentarse, y al punto se le armaba en la mesa una tertulia de hombres, compuesta de los siguientes personajes: un portero del Colegio de Sordo-Mudos, un empleado del Tribunal de Cuentas, un teniente viejo, de la clase de tropa, retirado del servicio, y dos individuos que tenían puesto de carne y frutas en la plaza de San Ildefonso. En esta sociedad reinaba doña Nieves como en un salón, siendo ella la que pronunciaba las frases maliciosas y chispeantes sobre el suceso del día, y los otros los que las reían. Corríase algunas veces hacia la mesa inmediata, sobre todo a última hora, cuando sus amigos, gente que tenía que madrugar, empezaba a desertar del local. Entonces se formaba una segunda peña. Doña Nieves, bien digerido el café, tomaba chocolate, y acompañábanla Juan Pablo, Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algún otro. El mozo mismo, que había llegado a familiarizarse con aquella sociedad, se agregaba también, tomando asiento a un extremo del corro para escuchar y aplaudir. Doña Nieves era propietaria de algunos puestos del mercado y los arrendaba; por esto, así como por sus muchas relaciones, los diferentes tratos en que andaba y los anticipos que hacía a las placeras, ejercía cierto caciquismo en la plazuela. Se hacía respetar de los guindillas, protegiendo al débil contra el fuerte y los contraventores de las Ordenanzas urbanas contra la tiranía municipal.
Al pianista ciego le daba el cafetero siete reales y la cena. Por el día se dedicaba a afinar. Era casado y con ocho de familia. Tocaba piezas de ópera y de zarzuelas francesas como una máquina, con ejecución fácil, aunque incorrecta, sin gusto ni sentimiento. A pesar de esto, en ciertos pasajes muy naturalistas en que imitaba una tempestad o las campanadas de incendios que da cada parroquia, le aplaudía mucho el público, y a última hora le pedían siempre habaneras.”
– II – La restauración vencedora
El día que Alfonso XII niño entró en Madrid, desde un balcón de la plaza mayor, una amiga, Eulalia Muñoz, le dijo a Jacinta que su marido “entretenía” a una tarasca, que era Fortunata. Jacinta se disgustó mucho con Juanito, al que le pidió explicaciones. Este, como siempre, con su lógica hábil y falsa, le confesó que le puso piso solo para librarse de ella. Que ya la aborrecía y le prometió que nunca más volvería a verla. Jacinta quedó satisfecha. Moreno-Isla regresó de Londres con afección del corazón, echando pestes de España, país bruto y famélico, lleno de pulgas. La familia Santa Cruz estaba feliz con la restauración. Guillermina buscaba dinero para su hospicio, sableando a todo el mundo, incluido Moreno-Isla, su primo lejano. Severiana, la hermana de Mauricia la Dura, iba dos veces por semana a visitar a Jacinta con Adoración, la hija de Mauricia, para que viera cómo progresaba la niña. Jacinta la tenía prohijada y la protegía.
(IV)
“Moreno se echó a reír. Su persona tenía tal aire inglés, que quien le viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume. Hasta cuando hablaba desmentía, no por afectación, sino por hábito, su progenie española, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos vocablos de los menos usuales. Se había educado en el célebre colegio de Eton; a los treinta años volvió a Inglaterra y allí vivía de continuo, salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Poseía el arte de la buena educación en su forma más exquisita, y una soltura de modales que cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto seguía llamando padrino a D. Baldomero II.
-Ya saben ustedes que no transijo con la patria -dijo sonriendo-. Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me atrevo a decir más.
Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y D. Baldomero, que defendía todo lo del Reino con sincero entusiasmo. A veces perdía los estribos el buen español, sosteniendo que en todo lo de fuera hay mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatías, sostenía que en España no hay más que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de albillo y el Museo del Prado.
«Vamos a ver -dijo D. Baldomero con alegría, que le retozaba en la cara-. ¿Qué me dices del Rey que hemos traído? Ahora sí que vamos a estar en grande. Verás cómo prospera el país y se acaban las guerras».
-Es guapo chico. Varios españoles residentes en Londres le acompañamos en el tren hasta Dover. Yo le regalé un magnífico reloj… Es muy despejado chico, pero muy despejado. ¡Lástima de Rey! Yo le dije: «Vuestra Majestad va a gobernar el país de la ingratitud; pero Vuestra Majestad vencerá a la hidra». Esto lo dije por cortesía; pero yo no creo que pueda barajar a esta gente. Él querrá hacerlo bien; pero falta que le dejen.
En esto entró Juan, y él y su pariente se dieron los abrazos de ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba más que Villalonga.
«¿Pero qué? -dijo el Delfín-, ¿le esperamos? Sabe Dios a qué hora vendrá. Anoche se retiraría a las tres de la tertulia del Ministro de la Gobernación, y estará todavía en la cama».
Acordaron, pues, no aguardar más, y durante el cordial almuerzo, que quieras que no, la conversación versó sobre si en España es todo malo, o si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos. Moreno-Isla no cedía una pulgada de terreno antipatriótico en que su terquedad se encerraba.
«Miren ustedes… hablando ahora con toda seriedad -dijo, después de apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura general-. Yo he hecho una observación que nadie me desmentirá. Desde que se pasa la frontera para allá y se entra en Francia, no le pica a usted una pulga». (Risas).
«¡Pero qué tendrán que ver las pulgas…!».
-¿Y sostienes tú que en Francia no hay pulgas?
-No las hay, créame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted a San Sebastián. Se lo comen vivo…
-Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!…
Sonó la campanilla. «¡Ahí está!» dijeron todos, y Barbarita miró al lugar vacío que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entró muy alegre, saludando a la familia, y dando un apretón de manos a Moreno.”
– III – La revolución vencida
Juanito, con sus sofismas tramposos, rompió con Fortunata y esta, enrabietada, de noche, se acercó hasta la casa de Santa Cruz. Estaba medio trastornada. Vio Salir a Jacinta en un coche, pero no se atrevió a hablar, aunque llevaba intenciones de cantarle las cuarenta. Ella se obsesionaba con que era muy honrada. Don Evaristo Feijoo la encontró por la calle y la llevó a casa, para que se acostara. Dorotea, la criada, se reía de ella. Juanito pensó que le mandaría dinero por correo para asistirla.
(II)
“Dejándose llevar de sus propios pasos, se encontró sin saber cómo en el centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sentó en el brocal de la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de Orden Público la miró con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y continuó allí largo rato, viendo pasar tranvías y coches en derredor suyo como si estuviera en el eje de un Tío Vivo. El frío y la impresión de humedad la obligaron a ausentarse y se alejó envolviéndose bien en su mantón y tapándose la boca. Casi no se le veían más que los ojos, y como estos eran tan bonitos, muchos se le ponían al lado y le pedían permiso para acompañarla, diciéndole mil cuchufletas. Recordó entonces otros tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo dolor muy vivo, despejándole la cabeza de las quimeras que se le habían metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando su imperio. Mas la realidad érale odiosa y trataba de mantenerse en aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventuró a detenerla en toda regla, llamándola por su nombre.
«¡Pero qué tapadita va usted!… Fortunata».
Detúvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quién podría ser, estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tenía. «Yo quiero conocer esta cara -se dijo-. ¡Ah!, es D. Evaristo».
-Hija, muy distraidita va usted…
-Voy a mi casa.
-¡Por aquí! -exclamó Feijoo con asombro-. Pues el camino que lleva usted es el del Teatro Real.
-Es que… -replicó ella mirando las casas- me había equivocado… No sé lo que me pasa…
-Vamos por aquí; la acompañaré a usted -dijo D. Evaristo con bondad-. Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco.
-Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo…
-¿Qué?, hija mía.
-Que yo soy honrada, que siempre lo he sido.
Feijoo miró a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le habían hecho siempre muchísima gracia; pero no le hacía maldita la exaltación que en ellos notaba aquella noche.”
– IV – Un curso de filosofía práctica 
Fortunata rompió definitivamente con Santa Cruz. Se fue a vivir a un apartamento discreto que le puso D. Evaristo Feijoo, el militar jubilado y soltero, perdidamente enamorado de ella, hacia el sur, ya cerca del Manzanares. Feijoo la cuidaba con mimo y Fortunata se recuperó anímica y físicamente; se puso otra vez muy guapa. Feijoo maniobró para que volviera con Maxi, que se abrió a perdonarla, a la vez que le buscó un puesto de funcionario a Juan Pablo, por intercesión de Villalonga. También intercedía para que le dieran la canonjía a Nicolás Rubín, el cura peludo y glotón, y Villaamil, cesante, y que sólo necesitaba dos meses de servicios para jubilarse. Feijoo se puso muy malito y pensaban que moría en ese otoño de 1875, pero salió arriba; había recibido la extrema unción. Hizo su testamento juiciosamente, satisfaciendo a todos, incluidas sus sobrinas de Astorga y Ponferrada. Le dio muchos consejos prácticos a Fortunata para que llevara una vida de decoro, en bien suyo y de los demás. Le explicó la importancia de respetar las formas y de organizar la vida de modo posible y práctico: no era necesario amar a Rubín para vivir con él. Doña Lupe también se abrió a esta posibilidad.
(IV)
“Ambos evitaban que en sus conversaciones surgieran ciertos nombres; pero una noche se habló, no sé por qué, de Juanito Santa Cruz.
«Anda -dijo Fortunata-, que ya se habrá cansado otra vez de la tonta de su mujer. A bien que ella se tomará la revancha…».
-No lo creo…
-Pues yo sí… -afirmó la prójima fingiendo convicción-. ¡Bah! No hay mujer casada que no peque… Ya saben tapar bien esas señoras ricas.
-No me gusta, hija, que hables así de persona alguna y menos de esa. Yo me explico que no la quieras bien; pero observa que es inocente de las trastadas que te ha hecho su marido.
Feijoo conocía a algunas personas de la familia de Santa Cruz. A Jacinta y a Juan no les había hablado nunca; pero sí a D. Baldomero y algo a Barbarita. Trataba al gordo Arnaiz, y a otros muy allegados a la familia, como el marqués de Casa-Muñoz y Villalonga; y el mismo Plácido Estupiñá no era un desconocido para él.
«Es preciso que te acostumbres -prosiguió con cierta severidad-, a no hacer juicios temerarios, huyendo de cuanto pueda herir o lastimar a una familia respetable. Dobla la hoja y hazte cuenta de que esa gente se ha ido a Ultramar, o se ha muerto».
-Te diré una cosa que ha de pasmarte -indicó Fortunata con la expresión grave que tomaba cuando hacía una declaración de extremada y casi increíble sinceridad-. Pues el día en que vi por primera vez a Jacinta, me gustó… sin que por gustarme dejara de aborrecerla. Una noche me acosté con el corazón tan requemado de celos, que me sentía capaz… hasta de matarla… mira tú.
-¡Bah!, no digas tonterías… No me hace gracia que te pongas así… Eso de matar a la rival es hasta cursi…
-Pero si no he acabado… déjame que te cuente lo mejor. La aborrezco y me agrada mirarla, quiere decirse, que me gustaría parecerme a ella, ser como ella, y que se me cambiara todo mi ser natural hasta volverme tal y como ella es.
-Eso sí que no lo entiendo -dijo Feijoo cayendo en un mar de meditaciones-. Caprichos del corazón.
Y al levantarse, apoyando las manos en los brazos del sillón, notó ¡ay!, que el cuerpo le pesaba más; pero mucho más que antes.”
– V – Otra restauración
Fortunata se fue a vivir con Maxi a casa de Lupe. Esta lo preparó todo y lo ejecutó. Los esposos cada día se toleraban mejor, aunque sin vida marital. Doña Lupe se mudo a la calle del Ave-María porque allí estaba la farmacia de Samaniego, donde trabajaba Maxi, con la carrera ya acabada; era diciembre de 1874. Lupe seguía con su afán por el dinero y Papitos atendía la casa como siempre. Mauricia la Dura cogía grandes borracheras y de una de ellas casi no sale. La recogió Guillermina y la llevó a casa de su hermana, tras discutir con una familia de protestantes que se la querían quedar.
“Como tres horas largas estuvo doña Lupe fuera de su casa. Cuando volvió, Nicolás había comido y marchádose, y Maximiliano estaba concluyendo. La primer pregunta que hizo el ama a Papitos fue referente a las órdenes que le había dado.
«No dejó ni rastro» replicó la muchacha, enseñando a su ama la fuente en que había servido la merluza.
-¿Y dijo algo?
-No podía decir nada, porque no paraba de tragar.
Doña Lupe se sonreía. Cerciorose de que a Maximiliano se le había servido conforme a sus órdenes, y después de cambiar de ropa, dispuso su propia comida, que era de lo más frugal. Cuando entró en el comedor, ya Maxi no estaba allí, y media hora después encontrole en su cuarto, sin luz, sentado junto a la mesa y de bruces en ella, con la cabeza sostenida en las manos, y agarradas estas al cabello, como si se lo quisiera arrancar. Viéndole tan sumergido en su tristeza, su señora tía le dijo: «Vamos, hombre, no te pongas así. No hay que tomar las cosas tan a pechos… Lo que está de Dios que sea, será. Cuando las cosas vienen bien rodadas, no hay medio de evitarlas».
«Y qué, ¿la ha visto usted?» dijo Maxi dejando al fin aquella posición violenta, y mirando con ansiedad a su tía.
-Sí… Me has mareado tanto… que al fin… Pues nada… la he visto y no me ha comido. Es la misma panfilona inexperta de siempre.
-¿Está desmejorada?
-¿Desmejorada? Quítate de ahí. Lo que está es guapísima. Por cada ojo parece que le salen cuantas estrellas hay en el Cielo. A algunas personas la miseria les prueba bien.
-Pero qué, ¿está miserable? ¿Pasa necesidades? -preguntó el chico, moviéndose con inquietud en la silla-. Eso no debe consentirse…
-No digo que tenga hambre… y tal vez… Su situación no debe ser muy desahogada. Hoy a las cuatro de la tarde, según me dijo, no había entrado en su cuerpo más que un poco de pan del día antes, un pedacito de chocolate crudo, y al mediodía una corta ración de bofes.
-¡Por Dios! ¿Y usted consiente eso? ¡Bofes…!
-Será penitencia tal vez -replicó la viuda en aquel tono de convicción ingenua que tomaba cuando quería jugar con la credulidad de su sobrino, como el gato con la bola de papel.”
– VI – Naturalismo espiritual 
Doña Lupe y Fortunata fueron a visitar a Mauricia la Dura, postrada y enferma, muy grave tras la última curda, en casa de su hermana Severiana. Le dice a Fortunata que la quiere mucho y le aconseja que luche por su hombre, pues le pertenecía por los derechos del amor. Mauricia comía poco y se había reformado mucho, en el habla y en el pensamiento, gracias a la influencia de Guillermina Pacheco, que la cuidaba amorosamente. Adecentaron el corral de vecindad para recibir al padre Nones, que iba a administrarle la extrema unción a Mauricia. Barrieron, limpiaron, pusieron velas; los pobres se lavaron y peinaron. Un ciego tocaba por allí y lo mandaron marchar, para que no rompiera la solemnidad del momento. Apareció Jacinta con Adoración, la hija de Mauricia; esa, con una copita de licor, se reanimaba, pero si debilidad era evidente. La niña estaba en un internado protegida por Jacinta; saludó a su madre algo cohibida. Fortunata y Jacinta estuvieron sentadas un rato juntas, pero apenas se hablaron porque estaban cortadas y Fortunata ya comenzaba a desbarrar con los hijos. Otro día Fortunata se le encaró en casa de Severiana y de modo fuerte le dijo quién era, de modo retador. Fortunata quedó tan afectada que estuvo unos días enferma y decaída, sobre todo comprobando que no quería a su marido Maxi. A don Nicolás Rubín lo hicieron canónigo de Orihuela, por oposición y muchos enchufes.
Doña Casta era la viuda de Samaniego, farmacéutico. Tenía dos hijas, Aurora, viuda de un comerciante en telas francés y Olimpia, que tocaba el piano regular y su madre quería que hiciera carrera musical. No era muy agraciada. Fortunata se llevaba bien con Aurora, mal con la otra y su madre, que visitaban a doña Lupe a menudo. Don Evaristo Feijoo también la visitó una vez, pero se hacían los distantes. Maxi perdía la memoria por momentos y hasta la gana de vivir, pues era como una cárcel que aprisionaba el alma.
Fortunata murió y la propia Guillermina la amortajó y le pagó un carruaje fúnebre. Guillermina tuvo una conversación privada con Fortunata, reconviniéndola sobre sus amoríos con Santa Cruz y el modo de hablarle a Jacinta; la del pueblo aceptó su magisterio, pidió perdón y quedaron para otro día. Fueron a ver a un herrero para que hiciera piezas para el hospicio nuevo de Guillermina; esta lo riñó ásperamente por no cumplir el plazo de entrega, lo que impresionó a Fortunata.
(XI)
“Abriose la puerta y entró Severiana llorando a gritos. Había llegado el momento de que se llevaran el cuerpo de Mauricia, y este acto tristísimo se conoció en los gemidos y sollozos de todas las mujeres que en la casa mortuoria estaban. Cuando Guillermina y Fortunata salieron, ya el ataúd era bajado en hombros de dos jayanes para ponerlo en el carro humilde que esperaba en la calle. La curiosidad y el deseo de dar el último adiós a su amiga empujaron a Fortunata hacia la escalera… Alcanzó a ver las cintas amarillas sobre la tela negra, en la revuelta de la escalera; pero fue un segundo no más. Después se asomó al balcón, y vio cómo pusieron la caja en el carro, y cómo se puso en marcha este sin más acompañamiento que el de un triste simón en que iban Juan Antonio y dos vecinos. Se vio tan vivamente acometida de ganas de llorar, que no recordaba haber llorado nunca tanto, en tan poco tiempo.  Y no era sólo la pena de ver desaparecer para siempre a una persona hacia la cual sentía amor, afición, querencia increíble; era además una necesidad de desahogar su corazón por penas atrasadas y que sin duda no estaban bien lloradas todavía.
Pronto desapareció el carro, y de Mauricia no quedó más que un recuerdo, todavía fresco; pero que se había de secar rápidamente. A los diez minutos de haber salido el cuerpo, entró Severiana con los ojos hinchados, y abrió todas las puertas, ventanas y balcones para que se ventilara la casa. La comandanta empezaba a disponer el tren de limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo.
-¡Pobre Mauricia! -dijo Fortunata a Guillermina, secándose el llanto a toda prisa, pues no le parecía bien ser ella la que más llorase-. Mire usted, señora, a mí me pasaba con esa mujer una cosa rara. Sabiendo que era muy mala, yo la quería… me era simpática, no lo podía remediar. Y cuando me contaba las barbaridades que hizo en su vida, yo no sé… me alegraba de oírla… y cuando me aconsejaba cosas malas, me parecía, acá para entre mí, que no eran tan malas y que tenía razón en aconsejármelas. ¿Cómo me explica usted esto?
-¿Yo?… ¿que le explique yo?… -repuso la fundadora con cierto aturdimiento-. Hay en el corazón misterios muy grandes, y en lo que toca a la simpatía, misterios de misterios… ¡Pobre mujer! Y si viera usted qué guapa era cuando polla. Se crió en casa de mis padres. ¡Lástima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresión, eran de lo poco que se ve. Después se echó a perder, y se le puso la cara dura y hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y efectivamente…
Guillermina miró las láminas napoleónicas, y Fortunata también, reconociendo el parecido. Después la santa se despidió de Severiana, diciéndole que volvería al día siguiente. Le recomendó la paciencia, y tomando el brazo de la de Rubín, se fue con ella. Severiana y la comandanta las escoltaron hasta el portal.”
– VII – La idea… la pícara idea
Guillermina le sacó a su sobrino Manuel Moreno-Isla, que vivía gran parte del año en Inglaterra, unas vigas de un solar y una cantidad de dinero para acabar una planta de su orfanato. Moreno-Isla, el solterón, tenía buen corazón y cedía cuando aquella lo presionaba. Jacinta apareció por allí y presionó para ablandar a Moreno, como así pasó. Había pasado este unos días de mala salud. Poco después apareció Fortunata, como habían quedado; Jacinta se escondió en la alcoba para escuchar la conversación. Fortunata confesó su amor por Juanito, inquebrantable, y le dijo que Jacinta era incapaz de darle un hijo. Y que su idea era que la mujer que no daba un sucesor, no merecía mucho respeto. Ella podía darle todos cuantos quisiese. Guillermina estaba escandalizada de lo que oía y de saber que lo oía Jacinta. Aquella le confesó que el día anterior se habían cruzado por la calle y que el la trató zalameramente. Al final, Jacinta salió de su escondite y le llamó ladrona a Fortunata, que le respondió diciéndole que ella era la ladrona. El criado la echó de la casa. Fortunata iba orgullosa de haber dicho la verdad. Fortunata sufre algo de alucinaciones e identifica a Guillermina y Mauricia en la misma persona.
Murió Arnáiz el gordo y Fortunata vio pasar a Jacinta en un carruaje camino del camposanto. Maxi cada día, sobre todo al anochecer, se ponía disparado. Piensa que Fortunata lo engaña con otro, pero son alucinaciones, aunque bien fundadas. Al día siguiente del entierro de Arnáiz el gordo, Juanito y ella se encontraron, alquilaron un coche (taxi, sólo que carruaje) y pasaron la tarde juntos a las afueras. Empezaron a verse todas las tardes. Y ella decía que tenía una idea, pero no se la decía a nadie.
(Madrid, diciembre de 1886)
(V)
 “Se fue a su casa, y al día siguiente salió a comprar tela para un vestido. Estuvo en dos tiendas de la Plaza Mayor, tomó después por la calle de Toledo, con su paquete en la mano, y al volver la esquina de la calle de la Colegiata para tomar la dirección de su casa, recibió como un pistoletazo esta voz que sonó a su lado: «¡Negra!».
¡Ay Dios mío!, encontrársele así tan de sopetón, ¡precisamente en uno de los pocos instantes en que no estaba pensando en él! Como que iba discurriendo la combinación que le pondría al vestido. ¿Azul o plata vieja? Le miró y se puso del color de la cera blanca. Él entonces detuvo un simón que pasaba. Abrió la portezuela, y miró a su antigua amiga, sonriendo; sonrisa que quería decir: ¿Vienes o no? Si estás rabiando por venir… ¿a qué esa vacilación?
La vacilación duraría como un par de segundos. Y después Fortunata se metió en el coche, de cabeza, como quien se tira en un pozo. Él entró detrás, diciendo al cochero: «Mira, te vas hacia las Rondas… paseo de los Olmos… el Canal».
Durante un rato se miraban, sonreían y no decían nada. A ratos Fortunata se inclinaba hacia atrás, como deseando no ser vista de los transeúntes; a ratos parecía tan tranquila, como si fuera en compañía de su marido.
«Ayer te vi… digo, no te vi… Vi el entierro y me figuré que irías en los coches de delante».
Los ojos de ella le envolvían en una mirada suave y cariñosa.
 «¡Ah!, sí, el entierro del pobre Arnaiz… Dime una cosa, ¿me guardas rencor?».
La mirada se volvió húmeda.
 -¿Yo?… ninguno.
-¿A pesar de lo mal que me porté contigo?…
-Ya te lo perdoné.
-¿Cuándo?
-¡Cuándo! ¡Qué gracia! Pues el mismo día.
-Hace tiempo, nena negra, que me estoy acordando mucho de ti -dijo Santa Cruz con cariño que no parecía fingido, clavándole una mano en un muslo.
-¡Y yo!… Te vi en la calle Imperial… no, digo, soñé que te vi. -Yo te vi en la calle de la Magdalena.
-¡Ah!, sí… la tienda de tubos; muchos tubos.
Aun con este lenguaje amistoso, no se rompió la reserva hasta que no salieron a la Ronda. Allí el aislamiento les invadía. El coche penetraba en el silencio y en la soledad, como un buque que avanza en alta mar.
-¡Tanto tiempo sin vernos! -exclamó Juan pasándole el brazo por la espalda.
-¡Tenía que ser, tenía que ser! -dijo ella inclinando su cabeza sobre el hombre de él-. Es mi destino.
-¡Qué guapa estás! ¡Cada día más hermosa!
-Para ti toda -afirmó ella, poniendo toda su alma en una frase.
-Para mí toda -dijo él, y las dos caras se estrujaron una contra otra-. Y no me la merezco, no me la merezco. Francamente, chica, no sé cómo me miras.
-Mi destino, hijo, mi destino. Y no me pesa, porque yo tengo acá mi idea, ¿sabes?
Santa Cruz no pensó en rogarle que explicara su idea. La suya era esta: «¡Pero qué hermosa estás! ¿Has hecho alguna picardía en el tiempo que ha pasado sin que nos veamos?».
-¿Picardías yo?… (extrañando mucho la pregunta).
-Quiero decir: después que volviste con tu marido, ¿no has tenido por ahí algún devaneo…?
-¡Yo! -exclamó ella con el acento de la dignidad ofendida-; ¡pero estás loco! Yo no tengo devaneos más que contigo…
-¿De cuánto tiempo puedes disponer?
-De todo el que tú quieras.
-Podrías tener un disgusto en tu casa.
-Es verdad… pero ¿y qué? Y en el acto se acordó de las amonestaciones de Feijoo. Claro; no había necesidad de descomponerse, ni de faltar a la religión de las apariencias.
-Pues dispongo de una hora.
-¿Y mañana?
-¿Nos veremos mañana? No me engañes, pero no me engañes -dijo ella suplicante-. Estoy acostumbrada a tus papas…
-No, ahora no… ¿Me quieres?
-¡Qué pregunta!… Bien lo sabes tú, y por eso abusas. Yo soy muy tonta contigo; pero no lo puedo remediar. Aunque me pegaras, te querría siempre. ¡Qué burrada! Pero Dios me ha hecho así, ¿qué culpa tengo?
Tanta ingenuidad, ya conocida del incrédulo Delfín, era una de las cosas que más le encantaban en ella. Tiempo hacía que él notaba cierta sequedad en su alma, y ansiaba sumergirla en la frescura de aquel afecto primitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo.”
Parte cuarta 
– I – En la calle del Ave-María
Segismundo Ballester, el encargado de la farmacia de Samaniego, traía a raya a Maxi, practicante allí mismo. La farmacia y la casa de los Rubín estaban en la calle del Ave María. Cada día cometía más fallos de memoria y de concentración. Maxi perdía la cabeza por momentos y pensaba en cosas espirituales todo el día. Doña Lupe presionaba a su sobrino para que inventara un compuesto que los hiciera ricos de una vez y para siempre. Maxi pensaba que Fortunata lo engañaba con otro; la cosa pasó a manía. Luego pensaba que lo querían envenenar, y dejó de comer, lo que agravó su salud. Algunas noches pasan las veladas en casa de doña Casta Samaniego; allí, Maxí y Segismundo escucharon la música de Olimpia con resignación. Esta esperaba a su novio, que escribía artículos, gratis, de crítica, para varios periódicos. La esperaba en la calle porque doña Casta no lo dejaba subir a casa.
Aurora Samaniego, de treinta años, viuda de Fenelón, un francés representante que se fue luego voluntario a la guerra franco-prusiana y allí murió, era una mujer muy hábil para los negocios de tela; lo había aprendido de su marido. Estaba al frente de la sección de ropa infantil y de blanco de la nueva tienda que Pepe Samaniego había abierto cerca de Pontejos; el capital lo había puesto Manuel Moreno-Isla. Estamos al principio de verano y hace mucho calor en Madrid. La familia Santa Cruz se fue a veranear al norte, con Moreno-Isla acompañándolas. En septiembre irían todos a París. Aurora se lo contaba Fortunata para tenerla al día. Reputaban a Ponce, el novio de Olimpia, como medio tonto, por ser crítico. Segismundo Ballester se le declaró a Fortunata, pero esta lo rechazó amablemente. Doña Lupe fisgoneaba en el cuarto de Fortunata pensando que tendría mucho dinero de su querido, pero no encontró nada. Luego se lo pidió directamente a la del pueblo, que le dijo la verdad: no tenía nada.
Maxi proprone una suerte de suicidio colectivo para liberar al alma de sus esclavitudes. La emprendió también contran Franciso Torquemada, el prestamista, por ser materialista y avaro. Aurora piensa que Moreno-Isla trata de conquistar a Jacinta. A finales de septiembre, volvieron los Santa Cruz de su veraneo en el norte y París.
Segismundo Samaniego trata de hacerle una gamberrada a Federico Ruiz, que se va a casar con su hermana, pero al final desiste. Maxi aparece en casa con muchos venenos de farmacia y un cuchillo, dispuesto a quitarse la vida con Fortunata. A la mañana siguiente, ella se los cambia por azucarillos y le esconde el puñal; le devuelve el veneno a Ballester. Aurora le contó a Fortunata que Moreno-Isla la sedujo un verano cerca de San Juan de Luz, veraneando, estado sola porque su marido había ido por negocios a París. Allí se encontró con Moreno-Isla, que al enterarse de que Aurora estaba sola, fue a verla, la sedujo y la abandonó sin ningún tipo de miramientos.
– II – Insomnio
Manuel Moreno-Isla se enamoró perdidamente de Jacinta. Moreno despreciaba a su marido Juanito, que no consideraba mequetrefe. Aurora lo había calado; este la despreciaba. Le echó alguna indirecta a Jacinta, pero esta las desviaba. Dio en sentirse mal, con aprensión. De pronto, dijo que quería tener hijos, pero su primo Moreno, el médico, le contestó que ya era tarde para él. Apenas soportaba el dolor de verse no correspondido por Jacinta. Asistió a una misa con Guillermina y se sintió confortado. Murió esa noche por un aneurisma; al día siguiente tenía previsto volver a Londres y ya había comprado muchos regalos para sus amigos ingleses.
(V)
“En la soledad de su alcoba, encontrose mi hombre más dueño de sí mismo, habiendo vencido aquella turbación inexplicable con que saliera de la casa de Santa Cruz. Despidió a su criado, después de quitarse la ropa, y envuelto en su bata se tendió en el sofá. En aquellas tristes horas engañaba el insomnio paseándose a ratos por la habitación, a ratos echado y descabezando un ligero intranquilo sueño. Acudían entonces a su memoria las acciones e imágenes de aquel día o de los anteriores, a veces las de fechas muy remotas y que no tenían relación alguna con su situación presente. Aquella noche, cosa rara, apenas salió el ayuda de cámara, Moreno se quedó profundamente dormido en el sofá, sin soñar nada; pero despertó a la media hora, no pudiendo apreciar el tiempo que su letargo durara. Al despertar huyó de tal modo el sueño de su cerebro y hallábase tan inquieto, que ni siquiera admitía como probable la idea de dormir. A la manera que el jugador saca las piezas del ajedrez y las va poniendo sobre el tablero de casillas blancas y negras, así fue sacando sus ideas. Tenía por pareja a sí mismo en aquel juego… «Adelante un peón».
«¡Te has lucido! ¡Campaña como esta…! ¿Cuánto tiempo hace que estás en España? A poco más, año completo. ¿Y para qué? Para nada. ¡Pobre hombre! Lo que me pareció fácil, resulta no ya difícil, sino imposible… Para más contrariedad, delante de esa bendita y maldita mujer, me convierto en el más insípido de los colegiales. ¿Por qué es esto? Y dime otra cosa, idiota, ¿qué tiene esa mona para que de este modo te hayas embrutecido por ella? Otras son más guapas, otras tienen más ingenio, otras hay más elegantes; y sin embargo, es el número uno, el número único. De gustarme pasa a enloquecerme, y noto en mí lo que no había notado nunca, una alegría, una tristeza… ganas de llorar, de reír, y aun de hacer el tonto delante de ella. Nada, que a los cuarenta y ocho años me sale el sarampión y la edad del pavo. Tampoco me había pasado nunca lo que me pasa ahora, cortarme, sentir que quiero ser atrevido y no puedo. Le voy a decir una galantería intencionada, y me sale una simpleza. Me infunde un respeto que jamás conocí. La sigo a Biarritz, la acompaño a París; y cuanto más la trato, más atado me veo por este maldecido respeto… Me cortaría yo este respeto como se corta una mano gangrenada. ¿A qué viene tal respeto? ¿Qué quiere decir esto? Sea lo que quiera, de esa mujer digo yo lo que hasta ahora no he dicho de ninguna, y es que si fuera soltera, me casaría con ella…».
Se agitó tanto, que tuvo que levantarse y ponerse a pasear. «Vaya que este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada, porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos desgracias podríamos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que es, esclavitud de esclavitudes y toda esclavitud… Me parece que la estoy viendo cuando le dije aquello… ¡Qué risita, qué serenidad, y qué contestación tan admirable! Me dejó pegado a la pared. Tan pegado estoy, que no he vuelto por otra, y cuando preparo algo para decírselo, ¡anda valiente!… le digo todo lo contrario. Que se vuelva uno tan estúpido, es cosa que no me cabía en la cabeza. ¡Ay! Dios, si me muero, y el pensamiento vive más allá de la muerte, estaré viendo toda la eternidad esta carita graciosa, con su expresión celestial, estos ojos serenos y risueños, esta cabellera oscura con ráfagas blancas que le hacen tanta gracia… esta boca, que no habla sin que me duela el alma. ¡Pobre ángel!, su única pasión es la maternidad, sed no satisfecha, desconsuelo inmenso. Su pasión se me comunica y me abrasa; yo también quiero tener un hijo, yo también. ¡Si me parece que le estoy viendo!, si está aquí, en los linderos de la vida, mirándome, diciéndome que le traiga, y no falta más que traerlo. Vendría si ella quisiera. Tengo la seguridad de que vendría; es una idea que se me ha clavado aquí. Y yo le digo: ‘Por un niño, bien se podría dar la virtud…’. ¡Ah!, no tener valor para decirle esto… ¿Pero cómo?, ¡si no hay palabra que se preste a decirlo!…».”
– III – Disolución
A mediados de noviembre (1874) Fortunata estaba alicaída y Maxi, muy enajenado, proponía el suicidio para liberar al alma de su cárcel. Ballester, enamorado de Fortunata, suspira por llamar su atención, pero no lo logra. Le receta hachís a Maxi para levantarle el ánimo, y funcionó. Fortunata y Juanito tuvieron una fuerte discusión porque ella le dijo que Jacinta se entendía con Manuel Moreno, ya difunto. El Delfín reaccionó con furia e ira y no podía tolerar esas insinuaciones sobre su santa esposa. Quedaron muy mal entre ellos, al borde de la ruptura. Fortunata se lo contó a Aurora Samaniego, que era su fuente de información sobre la infidelidad de Jacinta, pero se desdijo de todo, afirmando que habían sido suposiciones. Fortunata le confesó a doña Lupe su infidelidad y la ruptura con Juanito; esta se alegra, por haber sido pecado. Maxi comenzó a mejorar.
En una conversación aparentemente loca con Maxi, esta adivina que su mujer está embarazada y que por marzo dará a luz. Pensaba que el espíritu la había preñado. Fortunata está perpleja y hundida. Doña Lupe también se entera. Fortunata abandona la casa y le deja un dinero (30.000 reales) para que doña Lupe lo administrara, prestándolo a interés usurero. Ella se dirige a ver a Evaristo Feijoo, ya muy viejo, en silla de ruedas, y solo con momentos de lucidez. Fortunata sale muy tocada y no sabe a dónde ir. Se fue a vivir con su tía Segunda Izquierdo, que vivía en la Cava Baja, justo en el piso superior al de Estupiñá, que ahora era el administrador de la finca. En enero de 1876 Juan Pablo llevaba a su hermano a darse duchas escocesas; luego, a la oficina, a ordenar papeles; también al café, para distraerlo. Buscaba congraciarse con su tía doña Lupe, que quería meter a Maxi en el manicomio de Leganés. Juan Pablo tenía muchas deudas y quería que su tía le ayudara económicamente, de ahí su celo por su hermano.
(VIII)
“Dicho y hecho. Todas las mañanas iba Juan Pablo a buscar a su hermano, y unas veces engañado, otras casi a la fuerza, le llevaba a San Felipe Neri, y allí le arreaba una ducha escocesa capaz de resucitar a un muerto. Algunas tardes sacábale a paseo por las afueras, procurando entretener su imaginación con ideas y relatos placenteros, absolutamente contrarios al fárrago de disparates que el infeliz chico había tenido últimamente en su cerebro. A los quince días de este enérgico tratamiento, mejoró visiblemente, y su hermano y médico estaba muy satisfecho. Más de una vez se expresó Maxi durante el paseo como la persona más razonable. De su mujer no hablaba nunca; pero como saltase en la conversación algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella, se le veía caer en sombrías meditaciones y en un [215] mutismo tétrico del cual Juan Pablo, con todas su retóricas, no le podía sacar. Una mañana, al salir de la ducha, y cuando el enfermo parecía entonado por la reacción, ágil y con la cabeza muy despejada, se paró en la calle, y cogiendo suavemente las solapas del gabán de su hermano, le dijo: «Pero vamos a una cosa. ¿Por qué ni tú, ni mi tía, ni nadie queréis decirme dónde está mi mujer? ¿Qué ha sido de ella? Tened franqueza, y no hagáis más misterios conmigo… ¿Es que se ha muerto, y no me lo queréis decir? ¿Teméis que la noticia me altere?».
Juan Pablo no supo qué contestarle. Viendo en la cara y en los ojos de su hermano señales de nerviosa inquietud, trató de desviar la conversación. Pero el otro se aferraba a ella repitiendo sus preguntas y parándose a cada instante. «Pues mira -le respondió al fin haciendo un gesto campechano-. Hazte cuenta que se ha muerto… porque lo que yo te digo… ¿A ti qué más te da que viva o muera? ¿Para qué quieres tú mujer? Las mujeres no sirven más que para dar disgustos, chico. Ve aquí por lo que yo no he querido casarme nunca».
-¡Muerta! -dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en los ojos-. ¡Muerta!… De modo que yo me puedo volver a casar.
Al decir esto, se insubordinaba; no quería ir por la acera, sino por el empedrado, dando manotadas y tropezando con algunos transeúntes. Juan Pablo le metió en un coche para llevarle a su casa. Enterada la tía, apoyó la misma idea respecto a Fortunata, diciéndole: «Hijo, todos nos tenemos que morir. No te asombres de que le haya tocado a ella la china antes que a ti. Si Dios se la ha querido llevar, ¿qué quieres que hagamos?, conformarnos, mandar decirle sus misas correspondientes… y yo te aseguro que ya lleva dichas más de cuatro, y consolarnos poco a poco, como podamos».
Desde que ocurrió esto, la mejoría iniciada con el nuevo tratamiento pareció desmentirse. El enfermo no alborotaba; pero volvió a chapuzarse en hondísimas abstracciones. Sin duda en su cerebro había aparecido una nueva idea, o reproducídose alguna de las antiguas, que ya se tenían por abandonadas o dispersas. Durante muchos días no nombró a su mujer, hasta que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se paró y le dijo: «¿Me quieres hacer creer que se ha muerto?… ¡Qué tontería! En ese caso, ¿por qué no nos vestimos de luto?».
-¡Qué atrasado de noticias estás! ¿No sabes que hay ahora una ley prohibiendo el luto?
-¡Una ley prohibiendo el luto! Si creerás que a mí me comulgas con ruedas de molino. Mira, chico, aunque parece que estoy trastornado, veo más claro que todos vosotros.
Y no se habló más del asunto. Conviene apuntar, antes de pasar adelante, que aquella abnegación de Juan Pablo y el asiduo interés que por la salud de su hermano mostraba, serían absolutamente inexplicables, dado el egoísmo del señor de Rubín, si no se acudiera, para encontrar la causa, a ciertas ideas relacionadas con la economía política o la ciencia que llaman financiera. Tiempo hacía que Juan Pablo tenía un proyecto de conversión de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo éxito necesitaba el concurso de la casa Rostchild (28), por otro nombre, su tía. Respecto a la necesidad del empréstito, no cabía la menor duda; era cuestión de vida o muerte. Lo que restaba era que doña Lupe se prestase a hacerlo, pues la garantía moral de una de las entidades contratantes no era ni con mucho tan sólida como la de Inglaterra o Francia. Empezó, pues, el primogénito de Rubín por prestarle en aquel delicado asunto de la enfermedad de Maxi la oficiosa ayuda que se ha visto. Iba de continuo a la casa, y en todo cuanto hablaba con su tía, era de la opinión de esta, ya fuese de Política, ya de Hacienda lo que se tratara. Hizo entusiastas elogios del Sr. de Torquemada; explanó acaloradamente la necesidad de arreglar sus propios asuntos, con aquello de año nuevo vida nueva, estableciendo en sus gastos un orden tan escrupuloso, que no haría más el primer lord de la Tesorería inglesa. Cuando hallaba ocasión, echaba una puntadita; pero doña Lupe tenía más conchas que un galápago, y se hacía la tonta… pero tan tonta que habría que pegarle.”
– IV – Vida nueva 
El 4 de enero Estupiñá pasó a cobrar la renta. Fortunata le sonsacó que el bloque de viviendas era propiedad de doña Guillermina, a quien su sobrino se lo había dejado en el testamento. Se sentía asombrada y triste por la vida oscura y retirada que llevaba. Tomó una criada, una niña, Encarnación, hija de una de puesto en la plaza, como su tia Segunda. Tenía miedo de Maxi. Un día la visitó Ballester, ofreciéndole su amor y advirtiendo que doña Lupe preguntaba mucho por ella. José Izquierdo, Platón, se ganaba la vida de modelo de pintores. Hacía recados para Fortunata, como ir a la tienda de Samaniego a comprar tela para el ajuar del futuro niño. Aurora no había visitado y Fortunata lo llevaba mal, así que, por orgullo, tampoco le dijo nada ni buscaba su comunicación.
(II)
“Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre. Fortunata encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante. El bueno de Platón, encontrando al fin el descanso de su vida vagabunda, se había sentado en una piedra del camino, a la sombra de frondoso árbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le disputase el hartarse de ella. No existía por aquel entonces en Madrid un modelo mejor, y los pintores se lo disputaban. Veíase Izquierdo acosado, requerido; recibía esquelas y recados a toda hora, y le desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al arte. Ni había oficio en el mundo que más le cuadrase, porque aquello no era trabajar ¡qué demonio!, era retratarse, y el que trabajaba era el pintor, poniendo en él sus cinco sentidos y mirándole como se mira a una novia. En aquellos días de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con su hermana y sobrina de las muchas obras que traía entre manos, no acababa. En tal estudio hacía de Pae Eterno, en el momento de estar fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en Valencia. Allí de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aquí de un tío en pelota que le llaman Eneas, con su padre a la pela. «Pero lo mejor que estamos pintando ahora… y que lo vamos sacando de lo fino…, es aquel paso de Hernán-Cortés cuando manda dar fuego a las judías naves…». Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y la sujeción del día la compensaba con las largas expansiones de charla y copas que se daba de noche en algún café, convidando a los amigos. A su sobrina le prestaba servicios, haciéndole cuantos encargos eran compatibles con sus tareas artísticas. Solía ella enviarle con algún mensaje a casa de su costurera, o se valía de él para recados y compras. Más de una vez le mandó a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes para el ajuar que estaba haciendo; pero siempre le encargaba que no la descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla, lo que propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; y si razones tenía la Samaniega para retraerse, también ella las tenía para no rebajarse. «A fina me ganará; pero a orgullosa no».”
– V – La razón de la sinrazón
Maxi comenzó a mejorar mucho. Se hizo obediente y cohibido, como antes de su matrimonio. Pero había cogido la manía de razonar con lógica. Y así descubrió que Fortunata vivía, que a él lo habían engañado diciendo que estaba muerta, que vivía en la Cava Baja y que estaba encinta. Juan Pablo vivía con su querida Refugio en la Concepción Jerónima. Iban al café de Gallo, para gente algo más pobre. También llevaba allí a Maxi. Juan Pablo trabajaba mucho en el ministerio de Beneficiencia y Sanidad, a las órdenes de Villalonga.
En el café de Gallo Maxi era protegido de la novia de su hermano Juan Pablo. Allí conoció a José Izquierdo, Platón, soltando disparates de historia. Pero hablaba con mucho juicio José Ido del Sagrario, ahora profesor de primeras letras en las escuelas católicas, lo que le hizo caer en la estima de Maxi. El día de San José armaron un buen jolgorio en el café de Gallo. Doña Desdémonala viuda de Quevedo, madre del ayudante de Ballester, le enseñó sus pájaros a Ballester. Maxi razonó en voz alta ante su tía Lupe y le hizo ver que sabía lo que pasaba con Fortunata: embarazada y viviendo en la Cava Baja. Doña Lupe quedó aterrorizada, pero tuvo que admitir que el chico conocía toda la verdad.
Por Semana Santa, Maxi, una noche, tras el café, de vuelta a casa, se vio a Aurora salir de su tienda de ropa. La siguió a hurtadillas. Se juntó con Juanito y se fueron a las afueras. Maxi quería matarlo para vengarse y recuperar su honra. Desdémona, la mujer de Francisco Quevedo, médico obstetra, le dijo a Maxi que le dijera a Lupe que la pájara mala había criado. Maxi lo entendió: Fortunata había tenido un niño. Lupe planeaba verse con Guillermina para que Juanito se hiciera cargo del niño y pusiera pensión a Fortunata.
A Juan Pablo Villalonga lo nombró gobernador de una provincia de tercera. En el café de Gallo lo celebraron por todo lo alto. Estaba feliz, aunque muy rabioso porque su tía Lupe no le había concedido un préstamo para financiar sus deudas. Maxi prometió a su tía olvidarse de Juanito, aunque en su fuero planeaba darle un tiro.
 (V)
“Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo. El Sábado, a poco de entrar en la oficina, le llamó Villalonga a su despacho. Rubín se dirigió allá palpitante de emoción. «¡Dios! -se decía-; ¿será para darme la secretaría? ¡Qué cuña, si no es para esto, qué cuña, ya no aguanto más! En cuanto salga [283] del despacho del jefe, me levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo revólver… Me tiraré por el balcón… No, eso no; ¡me haría una tortilla!… Vamos, que el corazoncito me anuncia secretaría… Ánimo, chico, que hoy te va a sonreír la suerte».
El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo: «Amigo Rubín, usted es listo y me conviene usted…».
Rubín vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos. «Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera».
-Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus órdenes.
-Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y como entiendo que usted sabrá desenvolverse en el destino delicadísimo que le pienso dar…
-La secretaría de…
-No, amigo; es más. Yo, cuando encuentro una persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo copo, y la tomo para que me sirva a mí. Le juro a usted que me conviene, camará. Allá va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera clase.
Rubín no pudo decir nada. Creyó que se le caía encima el techo del despacho y todo el Ministerio de la Gobernación. «Pues sí, gobernador de mi provincia. Quiero ver cómo arreglo aquello. Usted no tiene que entenderse más que conmigo. El Ministro me da vara alta».
-Señor director -balbució Rubín-, disponga usted de mí.
-Pues será usted incluido en la combinación que va mañana a la firma del Rey. Ya hablaremos, y le contaré a usted de cómo está aquello. Creo que iremos bien.
Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia, desflorando el asunto. Empezó a entrar gente en el despacho, y Rubín se retiró para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no sabía lo que le pasaba; creía soñar… se daba pellizcos a ver si estaba despierto, anduvo algún tiempo por la calle como un insensato… se reía solo… le dieron ganas de comprar un revólver para ponerse a disparar tiros al aire… ¡Ah!, lo que debía hacer era meterle un par de balas en el cuerpo a doña Lupe… sí, por mala, por tacaña… Pero no, no; perdonar a todo el mundo… La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de país es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Público o de la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y por poco les manda prender a su tía y a Torquemada.”
– VI – Final
Juan Evaristo Segismundo nació sano y fuerte. Fortunata se recuperaba bien. Maxi le dijo que Juanito Santa Cruz engañaba a las dos con Aurora. Guillermina fue a verla, lo mismo que Plácido Estupiñá, que se lo contaba todo a la propietaria del inmueble. Fortunata se vistió, dejó al niño con la criada y fue al obrador de ropa de Aurora. Le pegó, le tiró del moño y la insultó hasta que se las separaron. Fortunata le dijo a Maxi que si mataba a Aurora y a Juanito, lo querría para siempre, con amor del bueno. El marido compró un revólver y se puso a practicar. Ballester se lo quitó y lo encerraron en su cuarto, para que no hiciera daño a nadie. Fortunata murió desangrada. Antes de morir le hizo escribir a Estupiñá que cedía al niño a Jacinta; las acciones del banco se las pasó a Guillermina. Murió en plena confesión; creía que era un “ángel del cielo”, como la mona del cielo, Jacinta. Guillermina le pagó un entierro de primera, con seis caballos. Ballester, profundamente enamorado de ella, lo sintió mucho. Doña Casta, al enterarse que este se desvivía por Fortunata, lo echó de la farmacia. Visitó a Maxi, lo sacó de su encierro y fueron juntos al cementerio a ver la tumba de Fortunata. Ambos estaban muy dolidos por el final de la chica, a la que amaban con toda su alma. Al salir, vieron otro entierro en el que no se fijaron: era el de Evaristo Feijoo. Jacinta adoptó el niño con gran amor e ilusión, le perdió el respeto a su marido y dejó de amarlo, aunque siempre mantenía las apariencias. Se desentendió de él emocionalmente; este era orgulloso y sufría por ellos, pero no pudo nada con sus sofismas. A Maxi lo encerraron, voluntariamente, en el manicomio de Leganés, aunque los demás le decían que iba a un convento para purificar su alma y acercarse a Dios y al espíritu de Fortunata. Él fue consciente de todo, pero disimulaba.
(XVI)
“Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un entierro con bastante acompañamiento. Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida, expresó a su amigo estas ideas: «La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y ella no respondió a mis deseos. No me quería… Miremos las cosas desde lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados. Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige. Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como un faro espléndido. ¿No lo ve usted?… ¿pero no lo ve?… Porque el que sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de Dios!, que me la ha de pagar».
-Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted.
-Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón… Y para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me hizo tanto daño; yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento que no sea encaminado al bien y a la virtud… El mundo acabó para mí. He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma? Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día en que la conocí; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma; la veo adornada de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como en un espejo; la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le imprimían; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea, y nos adoramos con pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.
-Era un ángel -murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le comunicaba algo de aquella exaltación.
-Era un ángel -gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla-. ¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo…!
-¡Y conmigo! -repitió Segismundo, con igual calor-. Lástima de mujer… ¡Si viviera!
-No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla… Más la quiero muerta…
-Y yo también -dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía contrariarle-. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos los que se consuelan así!
-¡Dichosos mil veces, amigo mío! -exclamó Rubín con entusiasmo-, los que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento. Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz, muy feliz.
Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui al oírle expresarse de este modo, y respondió: «¡Ay, hijo mío, si ya te tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se desdijera; y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano Rubín en un palacio o en un muladar… lo mismo da».”
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Gerardo Diego: “El ciprés de Silos”; análisis y propuesta didáctica

Gerardo Diego: “El ciprés de Silos” 

 

A Ángel del Río

Enhiesto surtidor de sombra y sueño                1
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,                    5
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme                     10
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos. 

 

  1. ANÁLISIS 
 
Gerardo Diego Cendoya (Santander, 1896 – Madrid, 1987) es uno de los más importantes poetas españoles del siglo XX. Miembro de la Generación del 27, cultivó la poesía tradicional y la vanguardista (especialmente, la creacionista) con gran éxito de crítica y público. No olvidemos que su Poesía española. Antología 1915-1931 (1932) y Poesía española. Antología (Contemporáneos) (1934) fueron títulos fundamentales para dar a conocer los nuevos poetas de la Generación del 27, en el primero; y ofrecer una amplia mirada histórica-literaria sobre la poesía española del primer tercio del siglo XX, en el segundo. 
Aquí comentaremos el impresionante poema “El ciprés de Silos”, procedente del poemario Versos humanos (1925). Conviene advertir que el título encierra información certera: se trata de una contemplación de un ciprés único, el que crece en el claustro del monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos (Burgos). Es una mirada estupefacta, primero sobrecogida y asombrada, después envolvente e inspiradora para el yo poético.  
Como en todo soneto clásico, los cuartetos presentan y explican una situación o un estado, sea físico o emocional. En este caso, se mezclan las dos circunstancias: el poeta visita el claustro y contempla el ciprés. Le provoca una conmoción tan honda que necesita nueve imágenes (resueltas a través de metáforas) para transmitirnos su visión emocionada: “surtidor” –”chorro” alude al mismo término imaginario–, “lanza”, “mástil”, “prodigio”, “flecha” y “saeta”. En el verso 13 aparecen otras dos: “torre” y “delirios”. Estas imágenes presentan elementos materiales que comparten una característica: verticalidad o elevación. De este modo, el yo poético expresa su vértigo por la altura y la esbeltez del ciprés. Es importante comprender que a lo largo del poema sólo aparece el término imaginario de las metáforas. El real lo encontraremos en el último verso (“mudo ciprés en el fervor de Silos”). Todas las imágenes se entienden pensando en el ciprés, que nos comunica muchas cosas, materiales, emocionales y espirituales, a pesar de ser “mudo”. La paradoja final es, simplemente, asombrosa. 
Pero cada término va cargado de una densa significación. En el verso 1, “Enhiesto surtidor de sombra y sueño” nos informa del carácter un poco irreal del ciprés. Brota del suelo, pero no es agua, sino algo incorpóreo y onírico, como del mundo del espíritu (a eso se refiere “sombra y sueño”). En el verso 2, (“que acongojas al cielo con tu lanza”) a través de una metáfora hiperbolizada, con prosopopeya o personificación incluida, nos permite ver que su altura parece causar temor al mismo cielo. Continúa en el verso 3 la metáfora del agua que sube con fuerza, pero con una metonimia nueva: el chorro casi alcanza las estrellas, es decir, la bóveda celeste, la más alta de las esferas. El verso 4 introduce un movimiento: el ciprés gira sobre sí mismo, pues eso significa “devanado”. La intención del árbol es insensata, pues se trata de un “loco empeño” inalcanzable, quizá por eso más admirable. 
El segundo cuarteto nos ofrece cuatro imágenes yuxtapuestas en los dos primeros versos. Todas insisten en la misma idea: verticalidad, singularidad, rareza, milagro. “Mástil de soledad” nos informa que es el único árbol del claustro, cuya altura seguramente sobrepasa el tejado del edificio, de ahí que lo califique de “prodigio isleño”; es como un milagro, algo sobrenatural que surge inesperadamente. Las metáforas “Flecha de fe, saeta de esperanza” (v. 6) introduce por primera vez el elemento espiritual: la fe y la esperanza, que suben al cielo disparadas, veloces, hacia el encuentro con la divinidad celestial. En el verso 7 se presenta una acotación temporal, “Hoy”, lo que nos permite situarnos en un momento (que realmente ocurrió, cuando Diego visitó el monasterio con un amigo en 1924). El yo poético se presenta a sí mismo a través de una hermosa metonimia: “mi alma sin dueño” (v. 8); frente a la firmeza inamovible del ciprés, el poeta errático y acaso extraviado; es una antítesis honda de bellísima factura. También añade una referencia geográfica, “riberas del Arlanza”, lo que nos permite ir ubicando el lugar y el tiempo de la experiencia física o real que dio lugar al poema. 
Los tercetos imprimen un giro inesperado de naturaleza intimista y subjetiva, pues el verbo en primera persona, “vi”, nos coloca ante la reacción emocional y espiritual del yo poético ante la contemplación del ciprés. Lo aprecia como “señero, dulce, firme” (v. 9). La sinestesia que crean estos tres adjetivos acuña una imagen definitiva en el lector: estamos ante un árbol noble y acogedor que tiene algo que contarnos. El yo poético anhela diluirse con el árbol para “ascender como tú, vuelto en cristales” (v. 11). El ansia de elevación, es decir, de transcendencia, invade al yo poético, que aspira a fusionarse en la transparencia diáfana de la belleza arbórea para subir y subir. 
El último terceto apura el éxtasis contemplativo. Comienza con la concatenación “como tú”, que no expresa sino el deseo del yo poético de compartir algo de su naturaleza secreta, acaso divina que posee el ciprés. La metáfora “negra torre de arduos filos” insiste en la altura y esbeltez del ciprés, al que ahora se añade su color oscuro y a sus bordes más bien afilados y poco fáciles. La ascensión que propone no es fácil y hay que ganársela con paciencia y dedicación, parece querer decir. La metáfora final, “ejemplo de delirios verticales” (v. 13) conecta inmediatamente con el “loco empeño” (v. 4) y remacha la sensación del yo poético de que el ciprés está inmerso en una aventura vertical tan irracional como noble: llegar al cielo con su altura. El último verso, “mudo ciprés en el fervor de Silos” aporta el referente real de todas las imágenes para que el lector comprenda cabalmente todo el sentido del poema: es el ciprés silencioso (pero con tanto que decir para quien sabe escuchar), en el monasterio de Silos, aludido a través de una bella metonimia, “el fervor”: el celo ardiente ante Dios y el entusiasmo del yo poético ante el ciprés en ese lugar tan especial: el claustro del monasterio de Santo Domingo de Silos. 
 
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA 
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el poema (aproximadamente, 100 palabras). 
2) Señala su tema y sus apartados temáticos. Fíjate en qué persona están conjugados los verbos para delimitar de quién se habla. 
3) Establece la métrica, la rima y la forma estrófica utilizada. 
4) Existen muchas imágenes que aluden a la verticalidad: señala las más expresivas e indica su sentido. 
 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Por qué el poeta desea diluirse con el ciprés? 
2) ¿Qué tipo de emociones se despiertan en el interior del poeta? ¿Por qué? 
3) Establece una comparación antitética entre el ciprés y el yo poético: firme/errático, por ejemplo. 
 
2.3. Fomento de la creatividad 
1) Documéntate sobre el poeta Gerardo Diego y realiza una exposición en la clase con ayuda de medios TIC, creando un póster, etc. 
2) El ciprés, árbol humilde y común, ha inspirado sentimientos intensos al poeta. Elige un árbol y expresa las emociones que despiertan en ti. Puedes hacerlo en papel, por imagen –dibujo, fotografía–, con música, o todos los medios combinados a la vez. 
3) Escribe un relato basado en la visita a un lugar distinto, solo en compañía. 
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Federico García Lorca: “Romance de la luna, luna”; análisis y propuesta didáctica

FEDERICO GARCÍA LORCA: “ROMANCE DE LA LUNA, LUNA”

 

A Conchita García Lorca
La luna vino a la fragua                1
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido                    5
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,                 10
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque    15
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.                 20
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,                    25
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!        30
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.                 35
El aire la está velando.
ROMANCERO GITANO (1924-1927)

 

 

  1. ANÁLISIS
Estamos ante un conmovedor poema de Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, Granada, 1898 – Víznar (?), Granada, 1936); procede del libro Romancero gitano (1928), compuesto por dieciocho romances de diversa extensión y contenido, aunque el título deja claro cuál es el leit motiv del conjunto: ramillete de historias, entre lo aventurero y lo costumbrista, protagonizadas por personas de etnia gitana.
Al acogerse a la fórmula del romance, estrofa tradicional propia de poesía de transmisión oral de origen antiquísimo, Lorca se ajusta a cierta convención poética: cuenta una historia, entreverada de lirismo, de misterio y de intriga; en consecuencia, aparecen unos personajes que dialogan y actúan, según sus convicciones.
La trama es sencilla: un niño enfermo y agonizante permanece solo, en una fragua. En su delirio agónico cree ver la luna, acaso un objeto de estaño colgado de una viga, un utensilio de cocina, o del hogar, acaso con forma de luna llena. Su color blanco ayuda a esta confusión en la percepción del niño, que tal vez viera la luna desde su lecho. La luna (la muerte, bien vestida, suave, educada y elegante) invita al niño a irse con ella, pero este se resiste, no quiere morir. Incluso amenaza al astro advirtiéndole que si la pillan sus familiares, la descuartizarán.
La luna no se inmuta y se lleva al niño. Los gitanos, al galope, se acercan a la casa, entre los malos agüeros del canto de la zumaya (ave nocturna parecida a las rapaces; en castellano común se denomina “chotacabras”). Cuando llegan, el niño yace muerto sobre un yunque, objeto duro, frío e inerte. Estos lloran desgarrados por el dolor; hasta el aire de la fragua acompaña la pena de los gitanos por la muerte del niño. El hilo argumental, vemos, se presenta de modo lineal, de modo que el avance lector es simétrico al comprensivo.
Lorca ha elegido una estructura métrica tradicional, popular y de hondas raíces históricas: el romance. La serie de versos octosílabos con rima asonante en los versos pares (en á-o) facilita los aspectos narrativos sin descuidar los poéticos: el romance exige una contención vigilante y un empleo continuo de los recursos estilísticos para crear imágenes, suscitar connotaciones y recrear emociones y sensaciones.
Lorca recrea la historia con un juego constante de alusiones y elisiones de gran belleza y potencia visual. La luna, símbolo lorquiano de la muerte, como es bien sabido, visita al niño “con su polisón de nardos”; aparece vestida con esa especie de cancán de color blanco puro, como es la flor aludida. Es una muerte elegante, fría y educada (por momentos, nos recuerda la de Jorge Manrique en sus “Coplas…”). Sin embargo, la luna “mueve sus brazos”: acaso el objeto colgante que el niño contempla tiene asas o un mango que el aire mueve, pues este elemento natural es citado en el verso previo. El “aire conmovido” –nótese la delicada personificación– la anuncia que el miedo lo envuelve todo) justo es nombrado en el verso previo.
La luna aparece a los ojos enfermos del niño como “lúbrica y pura”: acaso un poco atractiva en su mortal y fría mirada. Pero el infante no se deja amilanar y le pide a la luna que se vaya (vv. 9-12), que huya, si quiere salvar su vida, pues sus familiares no la perdonarían; evidentemente, ignora el poder de su interlocutor. La amenaza de que harían de ella collares y anillos blancos, de interpretación bien literal en un sentido metonímico, es bien plausible.
La respuesta de la luna (vv. 13-16) es siniestra y terrible: le pide al niño que la deje bailar (acaso movida por el aire), es decir, ejecutar el acto de arrebato de la vida del niño; cuando lleguen sus familiares, él ya habrá fallecido. El astro no quiere ser brusco y se lo hace saber con cierta delicadeza metonímica: “te encontrarán sobre el yunque / con los ojillos cerrados” (vv. 15-16).
El niño vuelve a advertir a la luna que es mejor que huya porque ya siente “sus caballos”. Lo debe de gritar gesticulando y braceando porque la luna le pide que no pise su “blancor almidonado” (v. 20). Aquí finaliza el diálogo entre ambos y el yo poético cambia de punto de vista: en el campo, los caballos se acercan al galope, expresado en esa célebre metáfora para expresar el sonido de los cascos de los caballos contra el suelo: “tocando el tambor del llano” (v. 22); parece que lo oímos cuando lo leemos, pues el efecto  sinestésico y onomatopéyico es muy poderoso.
De nuevo el yo poético fija su mirada en la fragua: el niño ha muerto, y nos lo dice con la delicada metonimia que había empleado la luna en su diálogo: el niño “tiene los ojos cerrados” (v. 24). Otra vez vuelve sus ojos al campo: nos presenta al sujeto de ese galopar (aunque el niño ya los había nombrado): “los gitanos”, que califica con dos imágenes muy poderosas a través de dos sustantivos en función metonímica: “bronce y sueño”; el primero alude al color de la piel; el segundo, al carácter libre y soñador. A través de esta imagen romántica e idealizada, el yo poético expresa su admiración por esas personas. Los dos siguientes versos (“las cabezas levantadas / y los ojos entornados”, vv. 27-28) lo corroboran y describen puntualmente la actitud de los jinetes: orgullosos, soberbios, vigilantes, intrépidos, etc.
El yo poético se fija en un detalle de mal agüero: la zumaya, esa ave de hábitos nocturnos, de canto semejante a un gorjeo ululante y poco apacible, que anuncia lo peor. De hecho, la exclamación del yo poético “¡ay, cómo canta en el árbol!” (v. 30) nos predispone a la escena trágica y dolorosa que se desarrolla a continuación, que no es sino el desenlace de la historia. Antes, el yo poético mira al cielo y narra cómo la luna, es decir, la muerte, se aleja con el niño.
Dentro de la fragua sólo hay llantos y gritos, metonimias del dolor desgarrado de los familiares del niño. El poema comienza como acaba: el aire (que ya había sido presentado en el verso 5) vela, esto es, acompaña el dolor de los habitantes de la fragua. La estructura poética lineal y progresiva se ve así recogida y enmarcada por el aire, elemento aglutinador de los acontecimientos. Por momentos, parece tan protagonista como el resto de los personajes: la muerte, el niño, y los familiares.
Una gran parte de la musicalidad del poema, entre fúnebre y tétrico, se logra por las estructuras repetitivas. Pueden ser de palabras, como se aprecia ya en el propio título, sigue en el verso 4 (“el niño la mira, mira”), el 9 y el 17 (“huye luna, luna, luna”) y el 35 (“el aire la vela, vela”).  Pueden ser versos paralelísticos, como ocurre en los versos 3-4 y 35-36, que sirven así de marco narrativo, aportando una estructura circular y cerrada. También aparecen repeticiones de otro tipo, como la derivación o políptoton tan expresivo de los versos 29-30: “Cómo canta la zumaya, / ¡ay, cómo canta en el árbol”. Otras anáforas y repeticiones, como “el niño” (vv. 3-4) completan el uso intensivo de los procedimientos retóricos de repetición. Estas reiteraciones aportan ritmo y musicalidad y marcan la atmósfera tétrica del romance.
Es interesante comprobar cómo los tiempos verbales contribuyen a la creación de signicado. El poema comienza en pasado: “la luna vino…” (v.1), pero del verso 3 al 8 pasan al presente: de pronto, lo que ocurre se presenta como algo que acontece en este mismo momento. Tras el diálogo de la luna y el niño, otro verbo en presente nos recuerda la actualidad de lo contado (“tiene los ojos cerrados”). Luego, se vuelve al pasado (“por el olivar venían…”). El canto de la zumaya (v. 29) nos vuelve otra vez al presente, que ya no se abandona. Este juego de pasado/presente dota de dramatismo y viveza a la narración poética.
Del mismo modo podemos comprobar el juego entre el presente simple en los versos paralelísticos del principio y el final: “El niño la mira, mira. / El niño la está mirando.” (vv. 3-4); y lo mismo ocurre en el cierre:   “El aire la vela, vela. / El aire la está velando.” (vv. 35-36). La acción de pronto se estira en el tiempo, se dilata, gracias al valor del gerundio en la perífrasis verbal. Es como si viéramos a cámara lenta lo que está ocurriendo. El acierto poético es innegable y aclara muy bien el enorme talento literario y creativo de García Lorca.
El poema alude (por eso el frecuente empleo de la metonimia) y elude (la elipsis juega un papel esencial en el poema) a un tema trágico, triste y fatal; pero o hace con un equilibrio perfecto, signo inequívoco de la destreza poética de García Lorca. Con apenas notas sueltas, de carácter metonímico y metafórico, nos cuenta una triste historia de dolor y muerte, de destino y dolor desgarrado.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
2.1. Comprensión lectora
1) Resume el contenido del poema (100 palabras aproximadamente).
2) Señala su tema y los apartados temáticos o secciones de contenido que observes.
3) ¿Cómo es la estructura del poema, abierta y lineal, o cerrada o circular? Razona tu respuesta.
4) Analiza los personajes que intervienen en el romance.
5) Realiza un análisis métrico y de la rima del poema.
6) ¿Podemos decir que el poema es narrativo, lírico, o participa de ambas etiquetas?
7) Localiza los recursos estilísticos más llamativos y explica su sentido.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Por qué el niño no desea ver a la luna?
2) ¿Cómo se representa a la muerte: fea y asquerosa, o limpia y educada? Razona tu respuesta.
3) Explica la expresión “con los ojillos cerrados” y señala cuántas veces aparece; deduce su importancia.
4) La naturaleza juega un papel importante: localiza los elementos naturales que aparecen y señala sus connotaciones.
2.3. Fomento de la creatividad
1) Transforma la historia en un cuento o relato.
2) Han pasado casi cien años desde que Lorca escribió este romance. Realiza una adaptación según la realidad actual.
3) Transforma en cómic o álbum ilustrado la historia del romance.
4) Convierte el romance en una breve pieza dramática y realícese una lectura dramatizada en la clase.
5) Realizar una lectura declamatoria con la ayuda de imágenes y música alusivas al contenido; se pueden distribuir los papeles entre varios lectores. Puede estar acompañado danza o baile.
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B. Pérez Galdós: “Fortunata y Jacinta”; análisis y propuesta didáctica

PÉREZ GALDÓS: FORTUNATA Y JACINTA
  1. ANÁLISIS
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) representa como nadie el triunfo de los postulados realistas en la literatura española. Muy bien asimilados por sus lecturas y viajes, unido a su gran talento narrativo, nos dejó algunas de las mejores novelas españolas de todos los tiempos.
Fortunata y Jacinta (escrita entre el verano de 1885 y el de 1887, y publicada en 1887), estructurada en cuatro partes, es la obra más ambiciosa y perfecta de Galdós; su composición se enmarca dentro de las “Novelas Españolas Contemporáneas”. El subtítulo, “Dos historias de casadas” ilumina bien el contenido: dos mujeres que primero se odian y luego se respetan y aprecian por el amor al mismo hombre, indigno de ambas. La novela narra la vida de tres personas estrechamente relacionadas: Juan de Santa Cruz –todo el mundo le llama Juanito, incluso de adulto; el narrador confiesa que desconoce la razón y piensa que es propio de la camaradería española, independientemente del rango social del individuo (1ª p., I)– (el Delfín), Fortunata y Jacinta.
Juanito, hijo único nacido en 1845, es un chico guapo y culto. Sus padres, Baldomero y Bárbara Arnáiz, casados en 1835 (1ªp., I-III) habían sido comerciantes de telas, ya retirados; ambos procedían de familias de comerciantes de telas y de productos de Filipinas (1ªp., II). Juan, joven de clase alta y nivel económico desahogado, tiene una infancia y adolescencia feliz, acabando su bachiller por artes (1ªp., I-IV). Se casa con Jacinta, prima lejana y de menos posibles, pero también hija –con dieciséis hermanas— de comerciantes (1ª p., I-V). Antes y después de ese matrimonio mantiene una relación sentimental con Fortunata, una bella mujer de condición social muy humilde. Tienen un primer hijo, que fallece. Alguien trata de vender ese muchacho a Jacinta, pero Juanito, logra detener a tiempo a su mujer a cambio de confesar su adulterio continuado con Fortunata.
Juanito y Jacinta no tienen hijos en su matrimonio, lo que aumenta la frustración de esta, en cierto modo presionada por su entorno social burgués, conservador y bastante hipócrita. Jacinta se involucra en acciones de caridad de la mano de Guillermina Pacheco, una mujer soltera, con la juventud dejada atrás hacía décadas, pero determinada y con el desparpajo suficiente para solicitar a todo el mundo ayuda económica para su centro de acogida de niños pobres. Fortunata, tras una estancia en el convento de las Madres Micaelas, de varios meses para ordenar y limpiar su alma y su conciencia, por imposición de Lupe, tía y autoridad tutelar de Maxi, se casa con el farmacéutico Maximiliano Rubín. Este es muy feo y enfermizo, pero está enamorado de Fortunata hasta la obsesión; es incapaz de darle la felicidad conyugal que Fortunata busca.
En su estancia en el convento, Fortunata conoce a Mauricia la Dura, mujer enérgica y muy pobre que lleva una vida atípica. De este modo, Juanito y Fortunata, ya casados, restablecen su relación, pues en el fondo se aman. Pero pronto vuelven a interrumpir su relación. Fortunata busca el cobijo del ya casi anciano farmacéutico Evaristo Feijoo, quien la acoge con generosidad porque, en el fondo, también la ama. A través de la intermediación de este, Fortunata se reconcilia con Rubín, dándose una segunda oportunidad. Fortunata y Jacinta se conocen en el funeral de Mauricia la Dura; la rivalidad entre ambas es evidente y potencialmente destructiva.
Fortunata vuelve con Juanito y pronto se descubre que está embarazada. Definitivamente abandona a Maxi, que pierde el juicio muy deprisa; protegida por Segismundo Ballester, Fortunata trata de ordenar su vida. Al descubrir que Juan ha iniciado una relación con Aurora Fenelón, se siente engañada; ahora, le toca probar a ellas las hieles de la infidelidad. Quizá por eso establece una amistad cada más comprensiva con Jacinta, que la visita en su humilde casa. Ahora ambas se respetan y se conduelen en su infortunio.  Fortunata, a punto de dar a luz, cae gravemente enferma. Cuando nace el niño, muy debilitada, se lo entrega a Jacinta, pues nadie mejor que ella para cuidarlo en su adiós definitivo, cosa que ocurre poco después.
La acción discurre básicamente en Madrid, en concreto en el Madrid histórico (calle Toledo, Plaza Mayor, etc.; la misma familia Santa Cruz vive en un gran piso de la calle de Pontejos, del Madrid más castizo, no el campo, como era el barrio de Salamanca (1º. p., i_VI-III)). El tiempo en el que transcurre la acción está muy delimitado: final de año de 1869 y primavera de 1876. Fue un momento de fuertes convulsiones políticas y sociales en España: desde las consecuencias de la revolución de La Gloriosa (1868), por sus páginas pasan la monarquía de Amadeo I de Saboya, la Primera República con sus cuatro presidentes en algo más de un año, el golpe de estado del general Pavía y el siguiente de Martínez Campos, a finales de 1874, que dio paso a la restauración borbónica en la persona de Alfonso XII y el bipartidismo de Cánovas (Partido Conservador) y Sagasta (Partido Liberal), con una nueva constitución en 1876.
Los personajes son variados, complejos, muy originales y verosímiles. Juanito Santa Cruz, niño mimado, de buena familia, fue un estudiante universitario de derecho crápula (hasta llegaron a freír unos huevos en plena clase, emboscados en las gradas altas); luego se hizo estudioso, lector voraz, polemista y amigo de la oratoria filosófica. Finalmente, hacia los veinticuatro años, con los estudios terminados, cae en una vida licenciosa de disfrute, placeres, viajes y ninguna actividad económica productiva.
Su caprichismo sentimental y su inmadurez emocional provoca mucho sufrimiento, pero no le importa. Jacinta es una mujer bonita, con buena educación y, a su modo, sufrida y paciente; el narrador le llama “mona”, “modestita, delicada, cariñosa” (1ª p., IV-I). La falta de hijos y las infidelidades continuadas de su marido le hacen sufrir; lo palía con una religiosidad encaminada a la caridad con los pobres; finalmente, al conocer a Fortunata, robustece su carácter y encuentra más sentido a su atribulada vida.
Fortunata es una mujer muy bella y muy pobre que Juanito conoció al visitar en su casa a don Gumersindo Estupiñá, meses antes de formalizar su noviazgo con su prima. Su enamoramiento de Juanito le dará la felicidad en un primer momento y el sufrimiento después. Se casa sin amor, lo que pagará muy caro. Muere prematuramente, al menos con el consuelo de saber que su hijo quedará en buenas manos. Maximiliano Rubín encuentra el sentido de su vida en el amor que le profesa a Fortunata; pronto pasa a ser obsesivo; su fealdad externa se agrava con sus desequilibrios mentales, hasta el punto de perder el juicio.
Los personajes secundarios están trazados con mano maestra, como el sirviente Plácido Estupiñá, a quien el narrador caracteriza con cariño y acierto (1ª p., III). Encarnan, a veces, tipos populares bien reconocibles: comerciantes de todo tipo, sirvientas, oficios bien arraigados como farmacéuticos, abogados, médicos, etc. Guillermina Pacheco es otro secundario de gran hondura y verosimilitud; su relevancia, al fundar su hospicio de niños y al ser nexo de unión entre Fortunata y Jacinta, es alta.
El narrador toma arte activa de la narración. Selecciona el material, lo transcribe, opina, valora, etc. Su debilidad por Fortunata es evidente. Aquí la huella cervantina se deja ver más intensamente. Veamos un ejemplo típico (1ª p., VI-I):

 

Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades. Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y benévolo con que iluminaba su rostro.
De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les debe nada; y sin embargo, piden y piden. Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos, estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía todo, menos chiquillos.

 

Es la gran novela de Madrid, de las clases burguesas y de los pobres. Se presenta una ciudad en plena transformación arquitectónica –está creciendo mucho— y social, pues está naciendo y creciendo el proletariado, sometido a ínfimas condiciones de vida. El narrador se suele referir a él como “el pueblo” o “la plebe”. Se aprecia también una crítica severa a la Iglesia y a los estamentos conservadores e inmovilistas, que impiden un desarrollo económico y social acorde con la Europa de la época.
El manejo del lenguaje es virtuoso. Del español coloquial al más culto y elevado, caben todos los registros en estas páginas. Giros, expresiones de todo tipo, nos muestran a un Galdós con el oído muy fino, recogiendo el lenguaje de la calle. Ciertamente, hace las delicias del lector. Sin duda ninguna, esta obra representa una de las cimas estéticas de la novela española por su ambición estética y temática, por su hondura y su perfección.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
2.1. Comprensión lectora
Dadas las extraordinarias dimensiones de la novela, no procede un cuestionario sobre el conjunto del texto porque no se alcanzan objetivos pedagógicos. Un resumen de todo o parte del texto, unas preguntas guiadas sobre un aspecto de la novela, etc. parecen actividades más adecuadas, dependiendo también del nivel educativo de los alumnos. Queda a discreción del profesor.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Cómo se manifiesta el amor y sus consecuencias a lo largo de la obra?
2) ¿Por qué Jacinta se siente frustrada?
3) Las diferencias sociales, culturales e intelectuales, ¿son muy determinantes en el destino de los personajes de esta novela?
4) ¿Quién es el ejemplo perfecto de egoísmo cerril en la obra?
5) La familia, como concepto y como realidad operativa, ¿es importante en esta novela?
2.3. Comentario de texto específico
(4ª p., V- XIV)
En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró que hablaba… «Estarás tan ricamente… hijo mío. No te querrán tanto como yo, pero sí un poquito menos… Me estoy muriendo… qué sé yo qué tengo… La medicina esa… yo la tomaría… ¿dónde está?… ¡Encarnación!… Pero si ha ido abajo… Parece que me voy en sangre… Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien… Me muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo… ¡Ah!, qué idea tan repreciosa… Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al despertar me agarré a ella… Es la llave de la puerta del Cielo… Hijo mío, [405] estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque Dios se lo manda… ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?…».
-Sí, señora -dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes más oficiosos del mundo-. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha encargado…
-Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel… Espere; deme la medicina, esos polvos amarillos… ¿cuáles?, no sé… Pero deje, deje, que me tiene que escribir una carta.
-¡Una carta!… Pero antes… (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué medicamento quiere?
-Ninguno, ¿ya para qué?… Ándese pronto, que me voy… que me muero.
-¡Que se muere! Vamos… no bromee usted.
-Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo…
-No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero -y no tardó cinco minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido -dijo Fortunata con mucha animación-; hágame el favor de escribir… Aquí no hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de medicinas… ¿Para qué ya?… Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué golpe… Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al punto que me entraba también la idea de mi muerte… Ponga ahí lo que yo le diga: «Señora doña Jacinta. Yo…».
-Yo… -repitió Plácido.
-No; hay que empezar de otra manera… No se me ocurre. ¡Qué torpe soy! ¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y ahora se me alcanza lo mala que he sido…». ¿Qué tal?, ¿va bien así?
-«Lo mala que he sido…».
-En fin, siga usted poniendo lo que le digo… «No quiero morirme sin hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D. Plácido, ese mono del Cielo que su esposo de usted me dio a mí, equivocadamente…». No, no, borre el equivocadamente; ponga: «que me lo dio a mí robándoselo a usted…». No, D. Plácido, así no, eso está muy mal… porque yo lo tuve… yo, y a ella no se le ha quitado nada. Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y porque es mi amiga… Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero Pituso. Este no es falso, es legítimo y natural, como usted verá en su cara. Le suplico…».
-«Le suplico…».
-Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por natural suyo y del padre… Y mande a su segura servidora y amiga, que besa su mano…». ¿Qué tal? ¿Está con finura?… Ahora, veremos si puedo echar mi nombre… Me tiembla mucho el pulso… Tráigame la pluma…
Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue encontrado el documento. «Eso -dijo Fortunata-, se lo da usted a mi amiga doña Guillermina».
-Pero no vale sin transferencia -replicó el hablador examinando el papel.
-¿Sin qué?
-Sin transferencia en toda regla.
-Pamplinas. Es mío, y yo lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré muchas firmas debajo, y verá si vale.
Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se le mandaba.
-Ahora, amigo -dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la palabra-, coja usted a mi hijo y lléveselo… ¡ay!, déjemelo besar otra vez… Aguarde a que me muera… No; lléveselo antes de que venga mi tía, o mi marido, o doña Lupe… gente mala. Pueden venir, y ya ve usted… qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no me moriré tan santamente… como quiero morirme.
No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No me determino a llevármelo -pensó el buen viejo-. Pero al mismo tiempo, si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve… ¡Ah!, no; yo cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara con cara. «Fortunata… Pitusa» murmuró echando talmente la voz en el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo: «Nene…».
a) Comprensión lectora
1) Resume el texto (100 palabras), señala su tema y los apartados temáticos o secciones de contenido.
2) Analiza física y psicológicamente los personajes que intervienen en el fragmento.
3) Señala el lugar y el tiempo en que ocurre la acción narrada.
4) Analiza la figura del narrador.
5) Localiza y explica los recursos estilísticos que intervienen en la creación de belleza literaria.
b) Interpretación
1) ¿Por qué Fortunata redacta esa carta? ¿A qué se parece?
2) Estupiñá obedece. ¿Por qué lo hace?
3) ¿Cómo apreciamos en el texto la generosidad de espíritu de Fortunata?
4) ¿Quién es el “maridillo” del que habla Fortunata? ¿Le guarda rencor?
5) El nombre de Fortunata parece simbólico e ironico. ¿Por qué?
2.4. Fomento de la creatividad
1) ¿Qué hubiera pasado si Fortunata no hubiera muerto?
2) Realiza un trabajo sobre la sociedad española de finales del siglo XIX: destaca los aspectos socio-políticos y culturales. Puedes realizar un mural o una presentación con mediosTIC.
3) Ponte en el lugar de Jacinta: ¿cómo hubieras actuado?
4) Analiza las simpatías y antipatías del narrador. Si tú fueras esa figura, ¿por quién sentirías afición o aversión?
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B. Pérez Galdós: “Miau”; análisis y propuesta didáctica

PÉREZ GALDÓS: MIAU 
 
  1. ANÁLISIS 
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) constituye, junto con Clarín, la cima de la novela realista en España. Galdós, hombre comprometido con las miserias humanas y con las lacerantes deficiencias de la sociedad española decimonónica, escribe muchas de sus novelas con una intención reflexiva de carácter ético. Además de los lógicos e imprescindibles requisitos estéticos que toda obra literaria debe cultivar, Galdós intenta dar un aldabonazo a las conciencias de sus lectores. Aborda los problemas de la sociedad de su época con espíritu independiente e intención reformista. 
En este camino, Miau (1888) es una de sus obras más estimables del período etiquetado como “Novelas Españolas Contemporáneas” (Ciclo de la Materia: 1881-1889). El texto se centra en la figura del hombre ya mayor Ramón de Villaamil, funcionario cesado en un cambio de gobierno (eran los conocidos como “cesantes”; según el partido político en el gobierno, así perdían o ganaban un puesto en la Administración pública). Es un hombre corpulento, con barba, enjuto y de mirada incisiva; “y fue tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famélica que le asemejaba a un tigre anciano e inútil” (cap. XIII); ya tenía sesenta años, de los cuales había trabajado como funcionario 34, incluyendo servicios en Cuba y Filipinas. Hombre cabal, íntegro y honrado, trata de reingresar a su puesto pidiendo favores a amigos influyentes, pero sin resultado positivo. Utiliza a su nieto Luis como correo, pues a él le da vergüenza aparecer en público en semejante situación. El niño se hace acompañar de Canelo, el perro de los Mendizábal. Francisco Cucúrbitas, De Pez, Sánchez Botín, Montes, Pantoja… son los antiguos compañeros de trabajo que ahora se desentienden de él porque los sablazos son continuos y agobiantes. En sus conversaciones (cap. XXI, entre Pantoja y Villaamil, es el ejemplo más claro) observamos personas de escasa formación y bajo talento que sobreviven como pueden en la maquinaria estatal.  
Luis, su nieto, nacido en 1869, es un niño algo enclenque y fantasioso. En el colegio le pegan (la primera escena de la obra es terrible; narra la tumultuosa y violenta salida del centro escolar), en casa lo ignoran y él es de naturaleza soñadora. De hecho, medio en sueños, medio en delirio, habla frecuentemente con Dios, a quien le pide consejo y ayuda para su abuelo, además de recriminarlo por no cumplir sus promesas sobre el empleo para su abuelo. Su abuela, doña Pura, frívola, irresponsable y derrochadora, vive de las apariencias y del qué dirán. Aparenta un alto estatus social, para lo que ha de endeudarse frecuentemente, pues en casa ya no hay ingresos. En sus salidas a la ópera y a los paseos de la gente bien la acompaña su hermana Milagros. Esta, en su día, había sido cantante profesional de ópera, pero todo quedó en nada entre amores contrariados y promesas incumplidas, y ahora vive en casa de su hermana. Completa la familia Abelarda, hija de Ramón y Pura. A las tres mujeres les llaman las Miaus por sus rasgos felinos y sus gestos más o menos gatunos; incluso el nieto las ve, en sus visiones, transformadas en gatos. Tiene un novio más o menos de conveniencia. A Luis le suele regalar la merienda la corpulenta Paca Mendizábal, esposa del memorialista con el puesto en la entrada del portal del edificio. 
Rompe este precario equilibrio doméstico Víctor Cadalso (cap. X), padre de Luis y yerno del matrimonio tutelar de la casa. Es viudo, antiguo marido de la hija mayor de Ramón y Pura, Luisa, mujer emocionalmente desequilibrada, fallecida unos años antes, cuando el niño tenía dos años de edad (cap. XIII). Víctor también es funcionario, pero ha logrado ascender muy rápido en la administración sirviéndose de malas mañas y algunos hurtos. Víctir es palabrero y guapo; engatusa a Abelarda, quien se enamora locamente de su engatusador cuñado, como antes le había pasado con su hermana Luisa (cap. XVI y ss.). Este, al fin, la desengaña, por lo que Abelarda a punto está de cometer una locura en la persona de Luis, movida por los celos; reproduce la conducta de su hermana. Al fin, Luis se va a vivir con su tía por parte de padre, Quintina, casada con Ildefonso Cabrera, sin hijos. Es como un pago por las deudas que su padre tenía con ella. Abelarda, por su parte, prepara la boda con su novio de toda la vida, Ponce (alguien califica de “gilí”), a quien no ama, pero le asegura un mediano pasar seguro, pues es el único heredero de un tío notario. 
Ramón, harto, desesperado y derrotado llega a la conclusión que la muerte es su mejor descanso y consuelo, así que opta por quitarse de en medio (cap. XLIV y último), aunque se duele por la suerte de su nieto Luisito, a quien quiere hondamente. Los capítulos finales, de monólogo interior, casi flujo de conciencia de Ramón, nos muestran un hombre harto de su familia frívola y derrochadora, desencantado de la Administración, y sin fuerzas para seguir adelante. 
La acción se desarrolla entre enero y el final de la primavera de 1878, con miradas retrospectivas más o menos extensas, como las que explican el pasado de funcionario de Villaamil y la juventud frívola y algo desgraciada de sus hijas. El tiempo, pues, está bastante limitado o comprimido. La acción se concentra en unos pocos meses que resultan ser fatales para el protagonista cesante. La acción discurre toda ella en la ciudad de Madrid, con sus callejuelas, calles principales, teatro real, parques, etc. Galdós, muy buen conocedor de la geografía urbana madrileña, nos transmite una imagen detallada y fiel del Madrid decimonónico.   
La fotografía urbana y humana de ese Madrid es realista y minuciosa. El mundo de la administración (el Ministerio de Hacienda, en concreto, con sus sufridos funcionarios, algunos corruptos, otros honrados, como Villaamil, todo bajo una sensación de caos inescrutable) es descrito con exhaustividad. También la vida de las familias entra en el cuadro galdosiano: sus penurias, sueños y amarguras. La familia Mendizábal es muy ilustrativa a este respecto: tienen mediano pasar trabajando de “memorialista”, lo que hoy llamaríamos gestoría; sin hijos, se vuelcan en ayudar a Luis, a quien en el fondo Paca desearía adoptar.  
El narrador se deja ver mucho más que en otras novelas galdosianas. Con sus ironías, sarcasmos y comentarios ácidos y ridiculizantes sobre la Administración tributaria de España y la vida social, nos muestra una actitud crítica y censoria sobre la sociedad española. En este sentido, utiliza un recurso singular: las interpolaciones entre paréntesis dentro de los diálogos para desvelar los sentimientos y pensamientos más profundos de los personajes; en general, muestran su hipocresía y cinismo en grado extremo –el caso de Víctor Cadalso es especialmente llamativo–. Estamos ante un narrador omnisciente, voluntariamente parcial, a medio camino entre la objetividad fría y la subjetividad cariñosa (sobre todo, referido al niño Luis), irónico en alto grado y sarcástico, a veces cruel, con los personajes tramposos. Es aquí donde apreciamos su postura e implicación ética ante la materia narrada. Gramaticalmente, se deja ver en numerosas intervenciones, en la focalización parcial a través de un personaje, en la selección personal de la materia narrativa (por ejemplo, en las miradas retrospectivas), etc.  
Las intervenciones del narrador no sólo aparecen en primera persona del plural, a lo que Galdós nos tiene acostumbrados, sino del singular. He aquí un ejemplo (cap. XXII): 
 
La señora de Pantoja había sido criada de servir (creo que de D. Claudio Antón de Luzuriaga, al cual debió Pantoja su credencial primera), y lo humilde de su origen la inclinaba a la oscuridad y al vivir modesto y esquivo. Nunca gastaron más que los dos tercios de la paga, y sus hijos iban adoctrinados en el amor de Dios y en el supersticioso miedo al fausto y pompas mundanales. A pesar de la amistad íntima que entre Villaamil y Pantoja reinaba, nunca se atrevió el primero a recurrir al segundo en sus frecuentes ahogos; le conocía como si le hubiese parido; sabía perfectamente que el honrado ni pedía ni daba, que la postulación y la munificencia eran igualmente incompatibles con su carácter, arca cuyas puertas jamás se abrían ni para dentro ni para fuera. 

 

El título de la obra alude, a partes iguales, al mote de las Villaamil, por su aspecto y gestos gatuno, y a un memorial redactado por don Ramón donde propone un remedio para la deuda pública y la organización de una recaudación tributaria eficaz en España, aprovechado por sus enemigos para hacer sorna del asunto. Él mismo lo expone a los compañeros en los siguientes términos (cap. XXII): 

 

«No es que sepa mucho (con modestia), es que miro las cosas de la casa como mías propias, y quisiera ver a este país entrar de lleno por la senda del orden. Esto no es ciencia, es buen deseo, aplicación, trabajo. Ahora bien: ¿ustedes me hicieron caso? Pues ellos tampoco. Allá se las hayan. Llegará día en que los españoles tengan que andar descalzos y los más ricos pedir para ayuda de un panecillo… digo, no pedirán limosna, porque no habrá quien la dé. A eso vamos. Yo les pregunto a ustedes: ¿Tendría algo de particular que me restituyesen a mi plaza de Jefe de Administración? Nada, ¿verdad? Pues ustedes verán todo lo que quieran, pero eso no lo han de ver. Vaya; con Dios».  
Salía encorvado, como si no pudiera soportar el peso de la cabeza. Todos le tenían lástima; pero el despiadado Guillén siempre inventaba algún sambenito que colgarle a la espalda después que se iba. «Aquí he copiado los cuatro puntos conforme los decía: Señores, oro molido. Vengan acá. ¡Qué risa, Dios! Vean, vean los cuatro títulos escritos uno bajo el otro.  
Moralidad.  
Income tax 
Aduanas.  
Unificación de la Deuda.  
Juntadas las cuatro iniciales, resulta la palabra MIAU».  
Una explosión de carcajadas retumbó en la oficina, poniéndola tan alegre como si fuera un teatro. 

 

Los personajes son variados y abarcan todo el espectro social, especialmente el de la clase media. Todos ellos rezuman autenticidad y verosimilitud. Leyendo a Galdos, el lector desearía conocer a esos personajes y charlar con ellos un rato para verlos actuar y hablar, como para ratificar que, en efecto, viven como el narrador nos lo había contado. Luis, el niño, y Ramón, el abuelo, se reparten el protagonismo. El primero sufre alucinaciones por la debilidad física y el hambre; el segundo cae en la desesperación porque no logra reingresar en su puesto de trabajo de funcionario, ni enderezar el rumbo económico y moral de su familia. Entre ellos comparten un lazo de unión de amor y respeto que no se ve en el resto de los personajes.  
Por otro lado, son los perdedores del carrusel de la vida que gira a su pesar. Aquí Galdós es duro y firme: los demás, siendo peores intelectual y moralmente considerado, triunfan, o hacen que triunfan. La hipocresía y el cinismo para medrar en la escala social es un asunto que se aprecia también en otras muchas novelas de nuestro novelista. Aquí, adquiere tintes dramáticos y, por tanto, doblemente criticados por el narrador. El parecido de don Ramón Villaamil con don Quijote es evidente: idealistas, generosos en su mediano pasar y obstinados en sus esperanzas, representan la lucha del hombre contra un mundo que no los entiende. Ambos fallecen al final de su recorrido. El influjo cervantino en Galdós también se ve aquí ratificado. Un ejemplo ilustra estos aspectos (cap. XX): 

 

Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos dice pedid y se os dará; nos manda que fiemos en Dios, y esperemos de su mano el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: no esperes y tendrás; desconfía del éxito para que el éxito llegue. Allá se las compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría, volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que le diera lo que más le convenía, la muerte o la vida, la credencial o el eterno cese, el bienestar modesto o la miseria horrible, la paz dichosa del servidor del Estado, o la desesperación famélica del pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer caso o su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo estoico el divino fallo, renunciando a la previsión de los acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre. 

 

El estilo de Galdós es llano, fresco, variado, versátil y tremendamente expresivo. Su facilidad expresiva es asombrosa: describe, narra y hace que los personajes dialoguen con una naturalidad y propiedad admirables. La arquitectura narrativa es muy acertada: selecciona su materia narrativa (la intimidad del hogar, la oficina, la calle, etc.) y la distribuye en capítulos de modo que se nos va presentando, como en un álbum de fotografías, toda una colección de personajes que circulan por un Madrid bullanguero, vivo y feliz a su manera, aun en contra de toda evidencia, como la corrupción, el desastre educativo, la desorganización administrativa y tributaria (que Galdós conoce a la perfección; cita puntualmente todas las leyes sobre la organización de la hacienda pública desde el ministro Mendizábal en adelante, pasando por Madoz y todos los demás). 

 

2. PROPUESTA DIDÁCTICA 
2.1. Comprensión lectora 
 
1) ¿Qué ocurre a la salida del colegio? ¿Quién molesta y quién ayuda a Luisito? 
2) ¿Por qué don Ramón Villaamil es cesante? 
3) Enumera los destinos administrativos por razones laborales de Villaamil. 
4) En las conversaciones de Luisito con Dios, ¿Qué le pide este al niño para concederle el puesto de trabajo a su abuelo? ¿Qué provoca esto en el niño? 
5) Víctor Cadalso, ¿qué sentimientos tiene por su familia política?  
6) ¿Cuál es la principal diversión de las mujeres Miau? ¿Por qué? ¿Se la pueden costear? 
7) ¿Por qué Abelarda aguanta a Ponce como novio? ¿Qué espera que ocurra para su vida material? ¿Llega a ocurrir? 
8) ¿Qué hace Villaamil para recuperar su trabajo? ¿Quién le ayuda en esta tarea? ¿Cómo suele pasar las tardes? 
9) La colocación de Víctor en un buen puesto de funcionario trae consecuencias. ¿Cómo reaccionan cada una de las Miau? ¿Y don Ramón? 
10) Explica el final de Luisito y de don Ramón.  
 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
 
1) ¿Qué pretende Víctor cortejando a Abelarda? ¿Por qué? 
2) Explica la actitud de Galdós ante la Iglesia según las vivencias de los personajes. 
3) ¿Por qué a Ramón lo consideran loco en el Ministerio de Hacienda? 
4) ¿Cómo apreciamos en la novela el desbarajuste administrativo de la administración pública? 
5) ¿Es posible sostener que la clase media era feliz, a juzgar por lo que apreciamos en el texto? 
6) ¿Quién es el Padre? ¿Qué papel cumple? 
 
2.3. Comentario de texto específico 
 
Capítulo XXXVIII 
Luisito salió a paseo aquella tarde con Paca, y al volver se puso a estudiar en la mesa del comedor. Pasado el extrañísimo, increíble arrechucho de Abelarda en la famosa noche de que antes hablé, el cerebro de la insignificante quedó aparentemente restablecido, hasta el punto de que un olvido benéfico y reparador arrancó de su mente los vestigios del acto. Apenas lo recordaba la joven con la inseguridad de sueño borroso, como pesadilla estúpida cuya imagen se desvanece con la luz y las realidades del día.  
Ocupábase en coser su ajuar, y Luis, cansado del estudio, se entretenía en quitarle y esconderle los carretes de algodón. «Chiquillo -le dijo su tía sin incomodarse-, no enredes. Mira que te pego». En vez de pegarle, le daba un beso, y el sobrinillo se envalentonaba más, ideando otras travesuras, como suyas, poco maliciosas. Pura ayudaba a su hija en los cortes, y Milagros funcionaba en la cocina, toda tiznada, el mandilón hasta los pies. Villaamil siempre encerrado en su leonera. Tal era la situación de los individuos de la familia, cuando sonó la campanilla y cátate a Víctor. Sorprendiéronse todos, pues no solía ir a semejante hora. Sin decir nada pasó a su cuartucho, y se le sintió allí lavándose y sacando ropa del baúl. Sin duda estaba convidado a una comida de etiqueta. Esto pensó Abelarda, poniendo especial estudio en no mirarle ni dirigir siquiera los ojos a la puerta del menguado aposento.  
Pero lo más singular fue que a poco de la entrada del monstruo, sintió la sosa en su alma, de improviso, con aterradora fuerza, la misma perturbación de la noche de marras. Estalló el trastorno cerebral como una bomba, y en el mismo instante toda la sangre se le removía, amargor de odio hacíale contraer los labios, sus nervios vibraban, y en los tendones de brazos y manos se iniciaba el brutal prurito de agarrar, de estrujar, de hacer pedazos algo, precisamente lo más tierno, lo más querido y por añadidura lo más indefenso. Tuvo Cadalsito, en tan crítica ocasión, la mala idea de tirarle del hilo de unos hilvanes y la tela se arrugó… «Chiquillo, si no te estás quieto, verás» gritó Abelarda, con eléctrica conmoción en todo el cuerpo, los ojos como ascuas. Quizás no habría pasado a mayores; pero el tontín, queriendo echárselas de muy pillo, volvió a tirar del hilo, y… aquí fue Troya.  
Sin darse cuenta de lo que hacía, obrando cual inconsciente mecanismo que recibe impulso de origen recóndito, Abelarda tendió un brazo, que parecía de hierro, y de la primera manotada le cogió de lleno a Luis toda la cara. El restallido debió de oírse en la calle. Al hacerse para atrás, vaciló la silla en que el chico estaba, y ¡pataplum!, al suelo. Doña Pura dio un chillido… «¡Ay, hijo de mi alma!… ¡mujer!» y Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cayó sobre la víctima, clavándole los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguño que hacen al domador, toda su ferocidad, y con la vista y el olor de la primera sangre pierden la apatía perezosa del cautiverio, así Abelarda, en cuanto derribó y clavó las uñas a Luisito, ya no fue mujer, sino el ser monstruoso creado en un tris por la insana perversión de la naturaleza femenina. «¡Perro, condenado… te ahogo!, ¡embustero, farsante… te mato!» gruñía rechinando los dientes; y luego buscó con ciego tanteo las tijeras para clavárselas. Por dicha, no las encontró a mano.  
Tal terror produjo el acto en el ánimo de doña Pura, que se quedó paralizada sin poder acudir a evitar el desastre, y lo que hizo fue dar chillidos de angustia y desesperación. Acudió Milagros, y también Víctor en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fue sacar al pobre Cadalsito de entre las uñas de su tía, operación no difícil, porque pasado el ímpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedió bruscamente. Su madre tiraba de ella, ayudándola a levantarse, y de rodillas aún, convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbucía: «Ese infame… ese trasto… quiere acabar conmigo… y con toda la familia…».  
-Pero, hija, ¿qué tienes?… -gritaba la mamá sin darse cuenta del brutal hecho, mientras Víctor y Milagros examinaban a Luisito, por si tenía algún hueso roto.  
El chico rompió a llorar, el rostro encendido, la respiración fatigosa.  
-¡Dios mío, qué atrocidad! -murmuró Víctor ceñudamente.  
Y en el mismo instante, se determinaba en Abelarda una nueva fase de la crisis. Lanzó tremendo rugido, apretó los dientes, rechinándolos, puso en blanco los ojos, y cayó como cuerpo muerto, contrayendo brazos y piernas y dando resoplidos.  
Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel espectáculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguñada, doña Pura sin saber a quién atender primero, los demás turulatos y aturdidos. «No es nada» dijo al fin Milagros, corriendo a traer un vaso de agua fría para rociarle la cara a su sobrina.  
-¿No hay por ahí éter? -preguntó Víctor.  
-Hija, hija mía -exclamó el padre-, ¿qué te pasa? Vuelve en ti. Había que sujetarla para que no se hiciese daño con el pataleo incesante y el bracear violentísimo.  
Por fin, la sedación se inició tan enérgica como había sido el ataque. La joven empezó a exhalar sollozos, a respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiosísimo determinó la última etapa del tremendo acceso. Por más que intentaban consolarla, no tenía término aquel río de lágrimas. Lleváronla a su lecho, y en él siguió llorando, oprimiéndose con las manos el corazón. No parecía recordar lo que había hecho. Entre Villaamil y Cadalso habían conseguido acallar a Luisito, convenciéndole de que todo había sido una broma un poco pesada.  
De repente, el jefe de la familia se cuadró ante su yerno, y con temblor de mandíbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, gritó: «De todo esto tienes tú la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y ojalá no hubieras entrado nunca en ella».  
-¡Que tengo yo la culpa!… ¡Pues no dice que yo…! -respondió el otro descaradamente-. Ya me parecía a mí que no estaba usted bueno de la jícara…  
-La verdad es -observó Pura, saliendo del cuarto próximo-, que antes de que tú vinieras, no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende.  
-¡Ah!, también usted… No parece sino que me hacen un favor con tenerme aquí. ¡Y yo creí que les ayudaba a pasar la travesía del ayuno! Si me marcho, ¿dónde encontrarán un huésped mejor? 
Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar su indignación. Acarició el respaldo de una silla, con prurito de blandirla en alto y estampársela en la cabeza a su hijo político. Pudo dominar las ganas que de esto tenía, y reprimiendo su ira con fortísima rienda, le dijo con voz hueca de sochantre: «Se acabaron las contemplaciones. Desde este momento estás de más aquí. Recoge tus bártulos y toma el portante, sin ningún género de excusas ni aplazamiento».  
-No se apure usted… No parece sino que estoy en Jauja.  
-Jauja o no Jauja (a punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete a vivir con los esperpentos que te protegen. ¿De qué te sirve esta familia pobre y desgraciada? Aquí no hay credenciales, ni destinos, ni recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada somos felices. ¿No ves lo contento que yo estoy? (Castañeteando los dientes). En cambio tú no tendrás paz en el pináculo de tus glorias, alcanzadas por el deshonor… Pronto, a la calle… El señor de Miau quiere perderte de vista.  
Víctor lívido, doña Pura asustada, Luisito con ganas de romper a llorar nuevamente, Milagros haciendo pucheros…  
-Bien -dijo Cadalso con aquella gallardía que sabía poner en sus resoluciones, siempre que eran mortificantes-. Me voy. También yo lo deseaba, y no lo había hecho por caridad, porque soy aquí un sostén, no una carga. Pero la separación será absoluta. Me llevo a mi hijo.  
Las dos Miaus le miraron aterradas. Villaamil apretó con ferocidad los dientes.  
«¿Pues qué…? Después de lo que ha pasado hoy -añadió Víctor-, ¿todavía pretenden que yo deje aquí a este pedazo de mi vida?».  
La lógica de este argumento desconcertó a todos los Miaus de ambos sexos.  
-Pero qué tonto -insinuó doña Pura con ganas de capitular-, ¿crees tú que esto volverá a pasar? ¿Y a dónde vas con tu hijo, a dónde? Si el pobrecito no quiere separarse de nosotros. Poco le faltaba para llorar.  
Milagros dijo: «No, lo que es el niño no sale de aquí».  
-Vaya si sale -sostuvo Cadalso, con brutal resolución-. A ver: saque usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la mía.  
-Pero, ¿a dónde le llevas?, bobo, simple… ¡Qué cosas se te ocurren tan disparatadas!  
-Por sabido se calla. Su tía Quintina le criará y le educará mejor que ustedes.  
Doña Pura se sentó, atacada de gran congoja, sudor frío y latidos dolorosos del corazón. Vaya, que después de la hija, la madre iba a caer con la pataleta. Villaamil dio una vuelta sobre sí mismo, como si le hiciera girar el vértice de un ciclón interior, y después de parar en firme, abriose de piernas, alzó los brazos enormes, simulando la figura de San Andrés clavado en las aspas, y rugió con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Que se lo lleve… que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas, mujeres cobardes, ¿no sabéis que Morimos… Inmolados… Al… Ultraje?». Y tropezando en las paredes corrió hacia el gabinete. Su mujer fue detrás, creyendo que iba disparado a arrojarse por el balcón a la calle. 

 

a) Comprensión lectora
1) Resume el contenido del texto (100 palabras), enuncia su tema y establece los apartados temáticos o secciones de contenido. 
2) Explica el lugar y el tiempo en que discurre la acción. 
3) Analiza física y psicológicamente a los personajes que intervienen. 
4) Fíjate en la figura del narrador y explica cómo detectamos su presencia. 
5) Localiza y explica seis recursos estilísticos y cómo contribuyen a crear belleza literaria. 
 
b) Interpretación
 
1) ¿Cuál es la causa real del ataque de Abelarda a Luisito? 
2) Don Ramón, ¿sospecha la verdad? ¿Y doña Pura? 
3) ¿Cómo podemos observar la manipulación psicológica de Víctor a todos los presentes? 
4) ¿Por qué Víctor se quiere llevar al niño con él? 
 
2.4. Fomento de la creatividad 
 
1) Realiza una exposición, con un panel físico o con ayuda de las TIC, de la vida y la obra de Galdós, o del Madrid de 1870. 
2) Escribe un relato sobre el mismo tema, pero ambientado en nuestros días, con personajes más o menos inspirados en los de la obra galdosiana. 
3) Galdós describe con mucha minuciosidad y exactitud, dándole vida y movimiento a lo descrito: describe tu propia ciudad, o tu barrio, bajo el modelo realista de Galdos. 
4) ¿Qué hubiera pasado si le hubieran dado el puesto de trabajo a Villaamil? Reescribe el final. 
5) Partiendo del contenido de la novela, explica el papel de la mujer en la sociedad decimonónica española.  
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B. Pérez Galdós: “Marianela”; análisis y propuesta didáctica

  1. ANÁLISIS 
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) es uno de los novelistas más intensos y magistrales de la literatura española. Desde postulados realistas perfectamente asimilados, nos dejó una inmensa y estimable producción literaria, auténtico regalo para la literatura española. Marianela (1878) es una de las mejores y últimas novelas del ciclo inicial de las “novelas de tesis”. 
La acción se desenvuelve en un pequeño pueblo, aislado y montañoso, de ambiente cántabro, Aldeacorba, y un lugar donde se explotan unas minas de lo que se llamaba calamina, llamado Socartes; sirven de sustento a muchas familias del pueblo. Allí vive con su adinerada familia el joven ciego Pablo de Penáguilas, a quien la joven Marianela, huérfana y pobre, le sirve de lazarillo. Francisco de Penáguilas, labrador rico, viudo y hombre recto, el padre del joven, le lee libros de ciencias y literatura a su hijo para mantenerlo al día y cultivar su inteligencia, “para que no fuera ciego dos veces”. Pablo y Marianela se complementan muy bien porque ella le describe la realidad más sensible y él la interpreta y sublima en un plano idealizado superior. Por ejemplo, el hecho de que Marianela sea poco atractiva no importa en la relación amorosa platónica que se establece entre los jóvenes. 
Marianela, verdaderamente llamada María Manuela Téllez, huérfana y abandonada, malvive con la familia Centeno, encargados de cuidar de las sesenta mulas que trasportaban el mineral. El padre, Sinforoso la protege, pero la madre, Señana, no la puede ver. Celipín, el pequeño de los cuatro hijos del matrimonio Centeno sueña con ir a Madrid, estudiar medicina y ejercer de médico. Se lleva muy bien con Marianela y, en su mentalidad infantil-adolescente, representa muy bien el deseo y la necesidad de adquirir educación y cultura para escapar de la vida sórdida de su familia. 
Un buen día llega a Socartes el oftalmólogo Teodoro Golfín, hombre de mundo, desenvuelto y optimista. El motivo de su estancia es el de visitar a su hermano Carlos, el ingeniero encargado de la explotación mineral. Su matrimonio con Sofía es feliz, aunque sin hijos. Aportan algo de humanidad en medio de la pobreza y rudeza reinantes en Socartes. Cuando Teodoro Golfín se entera de la dolencia de Pablo, lo examina y da esperanzas a la familia de que el muchacho recupere la vista con una intervención. La noticia es muy bien recibida por todos, menos por Marianela, que sospecha, no sin fundamento, que si Pablo recupera la vista, ella será abandonada por su fealdad y pobreza. La llegada al pueblo de Florentina, joven bella y de buena posición, prima de Pablo, la altera todavía más.  
En su religión sincrética de cristianismo, paganismo, etc., Nela reza para salir bien librada. En el campo, tiene una visión de la Virgen, pero sólo era Florentina vista difusamente. Los padres de Pablo y Florentina comienzan a preparar la boda de ambos primos, pues se caen bien y el patrimonio quedaría agrupado. Nela se apesadumbra cada día más; con frecuencia, comienza a pasear sola por el campo y a alejarse de Pablo y las demás personas. Teodoro opera de la vista a Pablo: la intervención sale muy bien y, tras unos días, el muchacho recupera la visión. 
Nela planea abandonar el pueblo, pero el doctor Golfín la convence para que se quede y visite a Pablo en su casa de Aldeacorba, la población donde se halla Socartes. Pero lo que la abatida Marianela comprueba es que Pablo se enamora de su prima, aunque piense, en un primer momento, que es Nela. Deshecho el equívoco, la joven comprende que ha perdido a Pablo y sus ilusiones para siempre. Cae inmediatamente en un estado de postración que será mortal. Nela muere a los pocos días. Recibe un rico funeral con asistencia de todo el pueblo. Los primos se casan y la vida sigue su rumbo. Un buen día aparecen por Aldeacorba unos extranjeros que resultaron ser periodistas, indagando sobre la verdadera historia de Nela. Fantasean sobre la chica en periódicos ingleses tratándola de noble, rica, independiente y de espíritu inquieto. El narrador, sabedor de ello, ha decidido contarla él para que los demás la conozcamos puntualmente.  
El final es irónico y triste: 
XXII -Adiós
 
¡Cosa rara, inaudita! La Nela que nunca había tenido cama, ni ropa, ni zapatos, ni sustento, ni consideración, ni familia, ni nada propio, ni siquiera nombre, tuvo un magnífico sepulcro que causó no pocas envidias entre los vivos de Socartes. Esta magnificencia póstuma fue la más grande ironía que se ha visto en aquellas tierras calaminíferas. La señorita Florentina, consecuente con sus sentimientos generosos, quiso atenuar la pena de no haber podido socorrer en vida a la Nela, con la satisfacción de honrar sus pobres despojos después de la muerte. Algún positivista empedernido, criticona por esto; pero nosotros vemos en tan desusado hecho una prueba más de la delicadeza de su alma. 
Cuando la enterraron, los curiosos que fueron a verla ¡esto sí que es inaudito y raro! la encontraron casi bonita; al menos así lo decían. Fue la única vez que recibió adulaciones. 
Los funerales se celebraron con pompa, y los clérigos de Villamojada abrieron tamaña boca al ver que se les daba dinero por echar responsos a la hija de la Canela. Era estupendo, fenomenal que un ser cuya importancia social había sido casi casi semejante a la de los insectos, fuera causa de encender muchas luces, de tender muchos paños y de poner roncos a sochantres y sacristanes. Esto, a fuerza de ser extraño, rayaba en lo chistoso. No se habló de otra cosa en seis meses. 
La sorpresa y… dígase de una vez, la indignación de aquellas buenas muchedumbres llegaron a su colmo cuando vieron que por el camino adelante venían dos carros cargados con enormes piezas de piedra blanca y fina. ¡Ah! En el entendimiento de la Señana se verificaba una espantosa confusión de ideas, un verdadero cataclismo intelectual, un caos, al considerar que aquellas piedras blancas y finas eran el sepulcro de la Nela. Si ante la Señana volara un buey o discurriera su marido, ya no le llamaría la atención. 
Revolvieron los libros parroquiales de Villamojada, porque era preciso que después de  muerta tuviera un nombre fijo la que se había pasado sin él en vida, como lo prueba esta misma historia, donde se la nombra de distintos modos. Hallado aquel requisito indispensable para figurar en los archivos de la muerte, la magnífica piedra sepulcral que se ostentaba orgullosa en medio de las rústicas cruces del cementerio de Aldeacorba tenía grabados estos renglones:
R. I. P
MARÍA MANUELA TÉLLEZ
RECLAMOLA EL CIELO 
EN 12 DE OCTUBRE DE 186… 
Una guirnalda de flores primorosamente tallada en el mármol coronaba esta inscripción. Algunos meses después, cuando ya Florentina y Pablo Penáguilas se habían casado y cuando (dígase la verdad, porque la verdad es antes que todo)… cuando nadie en Aldeacorba de Suso se acordaba ya de la Nela, fueron viajando por aquellos países unos extranjeros de esos que llaman turistas, y luego que vieron el soberbio túmulo de mármol alzado en el cementerio por la piedad religiosa y el afecto sublime de una ejemplar mujer, se quedaron embobados de admiración, y sin más averiguaciones escribieron en su cartera de apuntes estas observaciones, que con el título de Sketches from Cantabria  publicó más tarde un periódico inglés. 
Estamos ante una novela original, extraña y de sabor agridulce. Los temas tratados son muchos y de enjundia. El primero que, a nuestro juicio, aborda Galdós es el lamentable abandono de los pobres y desfavorecidos sociales. La novela encierra una reflexión y una crítica acerba a las consecuencias materiales, educativas y morales de una sociedad muy poco equitativa. Nela, por descontado, encarna a la persona pobre de solemnidad que no tiene dónde caer muerta de hambre. Sólo por caridad la familia Centeno la atiende en sus necesidades mínimas. Esa familia también vive al borde de la necesidad, pero van sorteando el destino. Las consecuencias de la falta de recursos se reflejan en la carencia de educación, de letras, de una visión amplia de la vida, etc. Los pobres se aferran a creencias y ritos antiguos que, en realidad, propician el inmovilismo social, ideológico y moral. 
Galdós es poco maniqueo; antes al contrario, fomenta una reflexión matizada y amplia sobre la conducta humana. Los pobres no son mejores que los ricos; simplemente resultan más bárbaros y brutos en sus costumbres, con algunas dosis de violencia incluida. Complementariamente, los ricos no son más egoístas o caprichosos que los pobres; casi se podría decir que ocurre lo contrario: los hermanos Golfín son más bien personas bondadosas, hechas a sí mismas, pues también habían conocido la pobreza cuando fueron niños (cap. X); Sofía, la esposa de Carlos, realiza obras de caridad y muestra sensibilidad a las penalidades de los demás. Y, sin embargo, percibimos que Nela y Celipín, por ejemplo, podían haber sido personas superiores en todos los órdenes con la ayuda económica adecuada.  En este sentido, conviene recordar que parte del capítulo IV lo dedica el narrador a una reflexión honda sobre la importancia de la educación y la formación moral en el marco familiar para las personas.
El segundo tema de la novela, a nuestro entender, es que las apariencias engañan y las consecuencias de esa falsa percepción pueden ser fatales. Cuando Pablo recupera la vista, casi inevitablemente se enamora de su bella y primorosa prima Florentina. Lo bello atrae y lo feo repele, casi por ley natural, parece querer decirnos el narrador. Las protestas de amor idealizado y de fidelidad eterna quedaron, simplemente, en nada; disueltas. ¿Es culpable Pablo por ello? No, simplemente se impuso el sentido común de los jóvenes y de las familias que, evidentemente, fomentan esta relación que preserva el patrimonio familiar. 
El tercer asunto destacado de la novela es la reflexión sobre la realidad y el deseo, tomando la fórmula de nuestro poeta Luis Cernuda. Casi habría que invertir el orden de los dos elementos: los deseos de Pablo se fijan en conocer y amar a Nela; los de sus padres, que cure su ceguera; los de Nela, corresponder a los sentimientos de Pablo; los de Celipín, ser médico; los de Teodoro Golfín, vivir y ejercer su profesión médica con alegría y optimismo, etc. Pero la realidad, paradójica y cruel, es que el cumplimiento de los deseos de algunos acarrea indefectiblemente la desgracia de otros. Cuando Pablo recupera la vista gracias a la destreza médica de Teodoro, Nela comprende que su futuro se oscurece terriblemente. Florentina acude a ayudar a su primo, trata de ayudar a Nela, pero su enamoramiento supone la frustración de las ilusiones de la pobre huérfana. La realidad es de un modo que la felicidad de algunos, en general ricos y favorecidos, acarrea la desgracia de otros, como Nela.  
En este sentido, conviene preguntarse, ¿de qué muere Nela? Acaso de rabia, de desesperación, de desengaño de sí misma y del mundo, que la ha maltratado a gusto y gana. Desgraciadamente, su fealdad física pesa más que su belleza moral y su nobleza espiritual. Cuando comprueba esta dura realidad, opta por quitarse de en medio. El narrador pasa factura a esos vecinos que sólo la encontraron bonita cuando ya estaba muerta. 
Como muchas veces ocurre en Galdós, el narrador cierra la narración con alguna reflexión personal, o  anunciando una continuación, etc. En este caso, el carácter irónico del último capítulo raya la brutalidad. Nela, la niña de la que en vida casi ignoraban su nombre, descansa para siempre bajo una “magnífica piedra sepulcral” pagada por Florentina (paradójicamente, la mujer que provocó su desgracia); pero medio año después de muerta, ya nadie se acordaba de ella. Tuvieron que venir unos turistas ingleses a reparar en la hermosa tumba y la fascinante historia que contiene. Fantasean a gusto en sus “Bosquejos de Cantabria”, de ahí que el narrador se aplique a contarnos la verdad de la historia. El influjo cervantino es manifiesto y nos aclara el magisterio de nuestro primer clásico sobre Galdós, con la lección muy bien aprendida. 
El narrador asoma al texto aquí y allá, en primera persona del plural, a medio camino entre el mayestático y la maniobra envolvente para captar al lector. Un ejemplo extraído del capítulo IV nos lo aclara muy bien: “En lo interior el edificio servía para probar prácticamente un aforismo que ya conocemos [resaltado mío], por haberlo visto enunciado por la misma Marianela; es, a saber, que ella, Marianela, no servía más que de estorbo”. Estamos ante este narrador omnisciente cuando quiere, algo juguetón, objetivo y subjetivo al mismo tiempo, distante y cercano, etc. 
Los personajes son de la más pura estirpe galdosiana: auténticos, variados, muy bien dibujados, perfilados rotundamente a través de sus acciones, sus pensamientos, sus sentimientos y su lenguaje. Todos ellos son verosímiles, cercanos, como familiares al lector. En general, parecen lineales o planos, pero su riqueza y hondura radica en su obstinación en ser como son, aunque les cueste trabajo mantener su línea de conducta. Parte de la intriga de las novelas de Galdós descansa en conocer si los personajes serán capaces de ser fieles a sí mismos cuando cambian las circunstancias. En este caso, todos cambian y, como consecuencia, los efectos negativos acaban en tragedia para Nela. 
Esta es una novela rural, del campo, en un lugar llamado Aldeacorba (no pasemos por alto  la ironía del nombre), pero con un ingrediente de la industrialización más salvaje y depredadora. Parece que Galdós tiene interés en recoger lo peor de ambos mundos. Se desprende una mirada escéptica y pesimista sobre el rumbo del mundo y de las personas, tal vez algo atenuado por el hecho de que Pablo, co-protagonista, recupera la vista y encuentra el amor con su prima Florentina.  
La duración de la acción narrada no se extiende mucho. Semanas, tal vez algunos meses, pero nada más: la llegada del doctor Golfín a Aldeacorba, preparativos de la operación de Pablo, éxito de la misma y muerte de Marianela. El epílogo final, seis meses después, sirve para enfatizar el sarcasmo del destino de Nela: olvidada, rescatada imaginariamente por los turistas ingleses y traída a nosotros por el narrador. 
El estilo galdosiano es asombrosamente plástico y vivaz: describe como dibujando, narra como si viéramos una película, hace que los personajes dialoguen como si nadie los escuchara, con toda la naturalidad del mundo. Es, pues, un estilo expresivo, contenido y con ramalazos de poeticidad aquí y allá. Su dominio del lenguaje ha sido alabado, y con razón. La exactitud y precisión de las descripciones, el fondo de verdad que late en sus obras –producto de una concienzuda documentación previa— y la propiedad de sus diálogos son características que potencian la eficacia artística. No en vano, Galdós es uno de los grandes novelistas de la literatura española: a través de sus obras conocemos la historia oculta, íntima y humilde de las personas normales (es la “intrahistoria” de Unamuno, pero medio siglo antes); tan verdadera y conmovedora como una fotografía de época. 
 
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA 
2.1. Comprensión lectora 
 
1) ¿Quién ayuda a Golfín a llegar a Socartes? ¿Qué le sorprende de su guía? 
2) ¿Cómo es la casa donde vive la familia Centeno? ¿Con qué animales hacen pared? 
3) ¿Quién es “Choto”? ¿A quién acompaña? 
4) ¿Qué desea Pablo que aprenda Nela? ¿Por qué? 
5) ¿Cómo reaccionan Pablo y Nela ante la perspectiva de la operación ocular? 
6) Carlos Golfín y Sofía no tienen hijos: ¿qué propone Teodoro? ¿Cómo reaccionan los afectados? 
7) Celipín, ¿ha ido a la escuela? ¿Qué desea ser de mayor? ¿Es paradójico? 
8) ¿Qué intenta hacer Nela con la ayuda de Celipín para no sufrir más? 
9) Pablo, al recuperar la vista, cambia de sentimientos amorosos, ¿en qué sentido? 
10) ¿De qué muere Nela? El doctor Golfín lo manifiesta en un momento dado. 
 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué se dice de la educación a lo largo de la novela? Señala quiénes la poseen o carecen de ella. 
2) Señana es muy avara, ¿cómo lo apreciamos en la novela? ¿Quién paga las consecuencias? 
3) ¿Cómo vemos en la novela la importancia de una mentalidad abierta, liberal y con sensibilidad hacia los demás? ¿Qué personaje encarna estos ideales? 
4) La avaricia recibe una severa crítica por parte del narrador: identifica dónde y concreta cuál es la que peor le parece. 
5) Nela no desea vivir más cuando comprende que ya no es amada por Pablo. ¿Es lógico este sentimiento? 
 
2.3. Comentario de texto específico 
 
(Cap. XVI)
Cuando estuvieron solas Florentina dijo a María [Nela]: 
-Ruégale a Dios de día y de noche que conceda a mi querido primo ese don que nosotros poseemos y de que él ha carecido. ¡En qué ansiedad tan grande vivimos! Con su vista vendrán mil felicidades y se remediarán muchos males. Yo he hecho a la Virgen una promesa sagrada: he prometido que si da la vista a mi primo he de recoger al pobre más pobre que encuentre, dándole todo lo necesario para que pueda olvidar completamente su pobreza, haciéndole enteramente igual a mí por las comodidades y el bienestar de la vida. Para esto no basta vestir a una persona, ni sentarla delante de una mesa donde haya sopa y carne. Es preciso ofrecerle también aquella limosna que vale más que todos los mendrugos y que todos los trapos imaginables, y es la consideración, la dignidad, el nombre. Yo daré a mi pobre estas cosas, infundiéndole el respeto y la estimación de sí mismo. Ya he escogido a mi pobre, María; mi pobre eres tú. Con todas las voces de mi alma le he dicho a la Santísima Virgen que si devuelve la vista a mi primo, haré de ti una hermana: serás en mi casa lo mismo que soy yo, serás mi hermana. 
Diciendo esto la Virgen estrechó con amor entre sus brazos la cabeza de la Nela y diole un beso en la frente. 
Es absolutamente imposible describir los sentimientos de la vagabunda en aquella culminante hora de su vida. Un horror instintivo la alejaba de la casa de Aldeacorba, horror con el cual se confundía la imagen de la señorita de Penáguilas, como las figuras que se nos presentan en una pesadilla; y al mismo tiempo sentía nacer en su alma admiración y simpatía considerables hacia aquella misma persona… A veces creía con pueril inocencia que era la Virgen María en esencia y presencia. De tal modo comprendía su bondad que creía estar viendo, como el interior de un hermoso paraíso abierto, el alma de Florentina, llena de pureza, de amor, de bondades, de pensamientos discretos y consoladores. La Nela tenía la rectitud suficiente para adoptar y asimilarse al punto la idea de que no podría aborrecer a su improvisada hermana. ¿Cómo aborrecerla, si se sentía impulsada espontáneamente a amarla con todas las energías de su corazón? La aversión, la repulsión eran como un sedimento que al fin de la lucha debía quedar en el fondo para descomponerse al cabo y desaparecer, sirviendo sus elementos para alimentar la admiración y el respeto hacia la misma amiga bienhechora. Pero si desaparecía la aversión, no así el sentimiento que la había causado, el cual, no pudiendo florecer por sí ni manifestarse solo, con el exclusivismo avasallador que es condición propia de tales afectos, prodújole un aplanamiento moral que trajo consigo la más amarga tristeza. En casa de Centeno observaron que la Nela no comía, que parecía más parada que de costumbre, que permanecía en silencio y sin movimiento como una estatua larguísimos ratos, que hacía mucho tiempo que no cantaba de noche ni de día. Su incapacidad para todo había llegado a ser absoluta, y habiéndola mandado Tanasio por tabaco a la Primera de Socartes, sentóse en el camino y allí se estuvo todo el día. 
Una mañana, cuando habían pasado ocho días después de la operación, fue a casa del ingeniero jefe, y Sofía le dijo: 
-¡Albricias, Nela! ¿No sabes las noticias que corren? Hoy han levantado la venda a Pablo… Dicen que ve algo, que ya tiene vista… Ulises, el jefe de taller, lo acaba de decir… Teodoro no ha venido aún, pero Carlos ha ido allá; pronto sabremos si es verdad. 
Quedose la Nela al oír esto más muerta que viva, y cruzando las manos exclamó así: 
-¡Bendita sea la Virgen Santísima, que es quien lo ha hecho!… Ella, ella sola es quien lo ha hecho. 
-¿Te alegras?… Ya lo creo: ahora la señorita Florentina cumplirá su promesa -dijo Sofía en tono de mofa-. Mil enhorabuenas a la señora doña Nela… Ahí tienes tú como cuando menos se piensa se acuerda Dios de los pobres. Esto es como una lotería… ¡qué premio gordo, Nelilla!… Y puede que no seas agradecida… no, no lo serás… No he conocido a ningún pobre que tenga agradecimiento. Son soberbios, y mientras más se les da, más quieren… Ya es cosa hecha que Pablo se casará con su prima: es buena pareja; los dos son guapos chicos; y ella no parece tonta… y tiene una cara preciosa, ¡qué lástima de cara y de cuerpo con aquellos vestidos tan horribles!… No, no, si necesito vestirme, no me traigan acá a la modista de Santa Irene de Campó. 
Esto decía cuando entró Carlos. Su rostro resplandecía de júbilo. 
-¡Triunfo completo! -gritó desde la puerta-. Después de Dios, mi hermano Teodoro. 
-¿Es cierto?…  
-Como la luz del día… Yo no lo creí… ¡Pero qué triunfo Sofía! ¡Qué triunfo! No hay para mí gozo mayor que ser hermano de mi hermano… Es el rey de los hombres… Si es lo que digo: después de Dios, Teodoro. 

 

a) Comprensión lectora
 
1) Resume el texto, señala el tema e indica los apartados temáticos o secciones de contenido. 
2) Analiza brevemente los personajes que intervienen y su papel en la obra. 
3) ¿Qué ha ocurrido antes de este fragmento? ¿Y después? 
4) Indica el lugar y el momento donde se desarrolla la acción. 
5) Localiza y explica media docena de recursos estilísticos que embellecen el mensaje. 
 
b) Interpretación
 
1) Analiza la intervención de Sofía. ¿Trata bien a Nela? 
2) ¿Es posible que el bien de unos provoque la desgracia de otros? 
3) ¿Qué sentimientos expresa Carlos hacia su hermano? ¿Por qué? 
 
2.4. Fomento de la creatividad 
1) ¿Qué harías tú si hubieras sido Pablo o Nela? Explica y razona con detalle. 
2) Transforma el final de la novela, de modo que te parezca más justo o razonable. 
3) Realiza una exposición con un panel o con medios TIC sobre la vida y la obra de Pérez Galdós. 
4) Escribe un relato más o menos inspirado en Marianela, pero ambientado en nuestros días, abordando los mismos temas. 
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B. Pérez Galdós: “Trafalgar”; análisis y propuesta didáctica

  1. ANÁLISIS
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) constituye un auténtico regalo imperecedero para las letras españolas. Y no sólo por su estupenda literatura, sino por su compromiso con ideales y valores de progreso, liberalismo, justicia social, atención a las clases abandonadas de la sociedad, etc. en un momento de turbulencias políticas. Y lo hubo de pagar muy caro, por ejemplo, sufriendo boicot desde España como candidato más que probable para recibir el Premio Nobel en 1912.
Dentro de su descomunal proyecto de novelar con sentido y sensibilidad la historia de España del siglo XIX, en cinco series de diez capítulos cada una (escribió y publicó 46; desgraciadamente, no le alcanzó la vida para completarlos todos, aunque dejó borradores y bocetos de los inconclusos), Trafalgar (1873) es el primero de la primera serie. Estamos ante el título fundacional de una sustanciosa colección; es importante porque será el modelo narrativo y estilístico para todos los demás.
La historia nos la cuenta el anciano Gabriel de Araceli. Mezcla autobiografía –ficticia, al modo de los protagonistas de la novela picaresca— e historia verdadera de la España decimonónica. Gabriel había nacido, deducimos que en 1791, en Cádiz, en el barrio de la Viña; se cría en un entorno de pobreza, vulgaridad y violencia por doquier. Huérfano de padre, lo sostiene como puede su madre, lavandera de oficio; un hermano de esta, marinero, convive con ellos, pero los maltrata, de palabra y gestos a ella; golpeándolo, a él. Al menos puede jugar y regocijarse como niño con otros de su condición en el puerto gaditano –donde agasaja y sirve a los visitantes extranjeros– y en la Caleta. No es exactamente una academia de las buenas costumbres, como él afirma.
Tras la muerte de su madre, Gabriel huye de la violencia de su tío; primero va a San Fernando y después a Puerto Real, ambas poblaciones no tan lejanas de Cádiz. En Medinasidonia (así se escribe en el original), huyendo precipitadamente de una leva en las tabernas, conoce a los señores que lo protegen y lo adoptan de sirviente para su casa en Vejer de la Frontera. El padre de familia es don Alonso Gutiérrez de Cisniega; es capitán de navío jubilado. Su mujer, doña Francisca, resolutiva y explícita de carácter, pronto le enseña modales. La hija de su edad, doña Rosita, completa la familia.
El choque militar entre Inglaterra y Rusia, por un lado, contra Francia y España, por el otro, en 1805, se percibe como irremediable. Ante el avance de las armadas inglesa y la francesa, todos dan por inevitable la batalla naval en aguas gaditanas.  Principiando octubre, don Alonso decide embarcarse, con su amigo el viejo marinero Marcial, el Medio-hombre (le faltaba un brazo y una pierna como resultado de su participación en combates marítimos en la armada española, bajo las órdenes de don Alonso), en uno de los navíos que van a participar en la batalla contra los ingleses, para “cobrar a los ingleses cierta cuenta atrasada”. Doña Francisca se opone, pero su marido es terco y sale adelante con sus planes para vivir de primera mano la batalla, como testigos, no como soldados, se entiende. Dedica un capítulo (V) a la presentación de Rosita, la hija de don Alonso.  El niño, entre tareas y juegos, crece y se enamora de ella. Pronto comprende que la diferencia de clase y las convenciones sociales hacen imposible esa relación. Ella se ha comprometido con un oficial de artillería, Rafael Malespina, que también está enrolado en la armada española.
Gabriel, apenas adolescente, entre la inconsciencia, el orgullo de servir a su amo y a su patria y sus ganas de aventura, se enrola muy contento, deseoso de participar en una batalla naval, porque él también era “un hombre de valor”. Su ilusión aumenta cuando, el 18 de octubre de 1805, se ve por fin dentro del barco más grande que poseía la armada española en ese momento: el descomunal Santísima Trinidad, “aquel alcázar de madera”, 140 “bocas de fuego”, descrito con todo detalle y admiración (cap. IX). La armada española estaba supeditada a la francesa, mandada por Villeneuve, hombre poco docto y menos experimentado en asuntos de guerra marítima. Cuarenta buques hispano-franceses contra treinta y tres ingleses se avistan desde Cádiz y el encuentro es inevitable. Galdós, muy exacto en su documentación, ofrece un listado completo de todos los barcos en liza junto con su posición y categoría.
Camino del embarque en Cádiz, comen en casa de su consuegro Malespina, hombre fabulador y fantasioso que se las da de inventor. Por fin, el 21 de octubre, a mediodía comienza la batalla. Gabriel se horroriza cuando descubre que a pesar de todo el ímpetu español los ingleses vencen irremediablemente por una mejor estrategia. Él ejercie de enfermero y transporta muchos heridos a la bodega. El Bucentauro, comandado por Villeneuve, se rinde y ya no hay más que hacer. El narrador relata con todo lujo de detalles y realismo sangriento la terrible batalla (cap. XI). Muchos barcos son apresados y entre ellos el Santísima Trinidad, que ha quedado tan maltrecho que tendrá que ser abandonado, a toda prisa (cap. XII) y suben al Santa Ana, bajo las órdenes del teniente general Álava. También muere el tío maltratador de Gabriel, soldado de la armada española, lo que provoca en él sentimientos encontrados. Por contra, encuentran levemente herido a Rafael Malespina, el futuro marido de Rosita. El capítulo XIII narra las acciones del comandante Churruca, a las órdenes del San Juan; resulta un elogio muy sentido de Galdós a uno de los más grandes marineros de España, junto con Gravina, también presente en el combate.
Los marineros del buque Santa Ana, capturados por los ingleses, se rebelan por sorpresa, consiguen rescatar el barco y huir hacia Cádiz. En el altercado, Marcial y Malespina salen heridos, pero vivos. Para que los heridos lleguen pronto a Cádiz, cambian de barco. Gabriel acompaña a Marcial y Malespina al Rayo, alejándose por primera vez de su amo.
El temporal hace que el Rayo encalle cerca de la costa. Las apuradas circunstancias hacen que Marcial y Gabriel queden atrás en el barco, parece que la muerte es segura. Milagrosamente Gabriel despierta en la playa. Pudieron salvarlo en el último momento, pero Marcial ya estaba muerto. Antes de morir, en brazos de Gabriel, hace una llana y honda declaración de fe cristiana y muere con sosiego (cap. XV). Tras una breve convalecencia, Gabriel vuelve con sus amos. Pero decide abandonar la familia, no sin pesar, cuando es enviado para servir en la nueva casa de Rosita y Malespina, ya contraído su matrimonio. Había madurado y no podía vivir bajo esa humillación, ni la de doña Flora, furtivamente enamorado de él. El fin de la novela promete más aventuras:
Mi propósito era inquebrantable. Sin perder tiempo salí de Medinasidonia, decidido a no servir ni en aquella casa ni en la de Vejer. Después de reflexionar un poco, determiné ir a Cádiz para desde allí trasladarme a Madrid. Así lo hice, venciendo los halagos de Doña Flora, que trató de atarme con una cadena formada de las marchitas rosas de su amor; y desde aquel día, ¡cuántas cosas me han pasado dignas de ser referidas! Mi destino, que ya me había llevado a Trafalgar, llevóme después a otros escenarios gloriosos o menguados, pero todos dignos de memoria. ¿Queréis saber mi vida entera? Pues aguardad un poco, y os diré algo más en otro libro.
Conviene destacar el rigor histórico de Galdós en la construcción narrativa. Movido de un espíritu cívico que nunca esconde, analiza el desastre estratégico de la escuadra franco-española, critica sin miramientos a Godoy y su indignidad servil ante los franceses, lamenta la cobardía de Villeneuve y, en fin, admira la disciplina, estrategia y patriotismo de los ingleses, comenzando por Nelson. Galdós novela para que el lector disfrute, reflexione y aprenda de la historia. De los errores pasados, se puede construir una España mejor, parece que es el mensaje que late en el fondo de sus páginas.
Los personajes están trazados con mano maestra. Resultan verosímiles, consistentes, auténticos en su sentido del honor (don Alonso y Medio-hombre son un ejemplo acabado), su bobaliconería, su miedo y su ingenuidad (Gabriel). Representan ampliamente la sociedad española de la época, con realismo y sin acritud.  Hombres, mujeres, niños y ancianos circulan por estas páginas con verdad: pasan hambre unos, se dedican a la pillería otros, son hombres íntegros, patriotas y abnegados otros más. A todos trata Galdós con una bondad cervantina que aún hoy resulta asombrosamente admirable.
Como siempre en Galdós, son personajes que mantienen una línea de comportamiento aun en contra de ellos mismos. Por su modo de hablar, de actuar y de reaccionar comprendemos muy bien sus intenciones y su categoría moral. Gabriel, por supuesto, es el protagonista (aunque en el relato central es más testigo que otra cosa) y el joven que forja su carácter. Por momentos, recuerda a los protagonistas de la novela picaresca –el mismo Gabriel lo hace al principio de su narración–, pero pronto se ven superados esos modelos por la generosidad de su espíritu y la firmeza y rectitud de carácter. En este sentido, podemos hablar de una novela de aprendizaje, de construcción de la personalidad: el niño desharrapado de las playas gaditanas pasa a joven íntegro, sereno y enérgico que comprende la dureza de la vida, junto con la necesidad de dotarla de un propósito noble.
Estamos ante novela del mar, de la guerra naval, con toda su crudeza y grandeza.  Trafalgar es, seguramente, uno de los mejores relatos bélicos de la literatura española. Fuera de las visiones retrospectivas del narrador, el lugar y el tiempo está comprimidos: Cádiz, cabo Trafalgar y el mar que los baña es el escenario en que se desarrolla la acción.
Esta novela posee una enorme carga reflexiva en torno a la historia de España y al patriotismo como fuerza espiritual (por cierto, también concedida a los ingleses sin ningún reparo). Tampoco se deja de lado la tremenda pobreza de gran parte de la población, que contrasta con la alegría de la vida y las ganas de vivir de todos ellos. Nuestro novelista alcanza un magnífico equilibrio entre ficción e historia, entre acción y reflexión, entre placer lector y reflexión histórica.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
2.1. Comprensión lectora
1) ¿Dónde y cuándo nace Gabriel de Araceli? ¿A qué grupo social pertenece?
2) ¿Por qué se va de su Cádiz natal? Cita las ciudades donde vive.
3) ¿Por qué don Alonso Medio-hombre desean participar en la batalla de Trafalgar?
4) Realiza un retrato de José María Malespina y resume sus fabulaciones.
5) Cuando Gabriel llega de nuevo a La Caleta, en Cádiz, ¿qué hace? ¿Por qué?
6) Resume esquemáticamente la posición de los barcos para la batalla de Trafalgar.
7) ¿Cómo lograron salvar su vida don Alonso y sus amigos en la batalla?
8) ¿Cuál fue el desenlace de la batalla? ¿Qué se hacía con los muertos?
9) ¿De qué se entera Gabriel respecto del destino de su tío el maltratador?
10) ¿Por qué Gabriel decide abandonar a la familia de don Alonso? ¿Está justificado?
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Qué sentimientos albergaba Gabriel hacia doña Rosita? ¿Qué consecuencias tendrá?
2) ¿Se produce un crecimiento espiritual y emocional de Gabriel a lo largo de la novela? Razona tu respuesta.
3) ¿Por qué España peleó en Gibraltar aliada con Francia?
4) ¿Cómo apreciamos en la novela el sentido del honor de muchas personas? Ejemplifica.
5) Explica el carácter del general Churruca y por qué don Alonso lo admira tanto.
6) Finalmente, el Santísima Trinidad se hunde: explica los sentimientos de Gabriel al comprobar este triste hecho (final del capítulo XII).
2.3. Comentario de texto específico

 

(Capítulo XV)
Por último, después de algunas horas de mortal angustia, la quilla del Rayo tocó en un banco de arena y se paró. El casco todo y los restos de su arboladura retemblaron un instante: parecía que intentaban vencer el obstáculo interpuesto en su camino; pero éste fue mayor, y el buque, inclinándose sucesivamente de uno y otro costado, hundió su popa, y después de un espantoso crujido, quedó sin movimiento.
Todo había concluido, y ya no era posible ocuparse más que de salvar la vida, atravesando el espacio de mar que de la costa nos separaba. Esto pareció casi imposible de realizar en las embarcaciones que a bordo teníamos; mas había esperanzas de que nos enviaran auxilio de tierra, pues era evidente que la tripulación de un buque recién naufragado vivaqueaba en ella, y no podía estar lejos alguna de las balandras de guerra cuya salida para tales casos debía haber dispuesto la autoridad naval de Cádiz…
El Rayo hizo nuevos disparos, y esperamos socorros con la mayor impaciencia, porque, de no venir pronto, pereceríamos todos con el navío. Este infeliz inválido, cuyo fondo se había abierto al encallar, amenazaba despedazarse por sus propias convulsiones, y no podía tardar el momento en que, desquiciada la clavazón de algunas de sus cuadernas, quedaríamos a merced de las olas, sin más apoyo que el que nos dieran los desordenados restos del buque.
Los de tierra no podían darnos auxilio; pero Dios quiso que oyera los cañonazos de alarma una balandra que se había hecho a la mar desde Chipiona, y se nos acercó por la proa, manteniéndose a buena distancia. Desde que avistamos su gran vela mayor vimos segura nuestra salvación, y el comandante del Rayo dio las órdenes para que el trasbordo se verificara sin atropello en tan peligrosos momentos.
Mi primera intención, cuando vi que se trataba de trasbordar, fue correr al lado de las dos personas que allí me interesaban: el señorito Malespina y Marcial, ambos heridos, aunque el segundo no lo estaba de gravedad. Encontré al oficial de artillería en bastante mal estado, y decía a los que le rodeaban: «No me muevan; déjenme morir aquí».
Marcial había sido llevado sobre cubierta, y yacía en el suelo con tal postración y abatimiento, que me inspiró verdadero miedo su semblante. Alzó la vista cuando me acerqué a él, y tomándome la mano, dijo con voz conmovida: «Gabrielillo, no me abandones.
-¡A tierra! ¡Todos vamos a tierra!», exclamé yo procurando reanimarle; pero él, moviendo la cabeza con triste ademán, parecía presagiar alguna desgracia.
Traté de ayudarle para que se levantara; pero después del primer esfuerzo, su cuerpo volvió a caer exánime, y al fin dijo: «No puedo». Las vendas de su herida se habían caído, y en el desorden de aquella apurada situación no encontró quien se las aplicara de nuevo. Yo le curé como pude, consolándole con palabras de esperanza; y hasta procuré reír ridiculizando su facha, para ver si de este modo le reanimaba.
Pero el pobre viejo no desplegó sus labios; antes bien inclinaba la cabeza con gesto sombrío, insensible a mis bromas lo mismo que a mis consuelos. Ocupado en esto, no advertí que había comenzado el embarque en las lanchas. Casi de los primeros que a ellas bajaron fueron D. José María Malespina y su hijo. Mi primer impulso fue ir tras ellos siguiendo las órdenes de mi amo; pero la imagen del marinero herido y abandonado me contuvo.
Malespina no necesitaba de mí, mientras que Marcial, casi considerado como muerto, estrechaba con su helada mano la mía, diciéndome: «Gabriel, no me abandones». Las lanchas atracaban difícilmente; pero a pesar de esto, una vez trasbordados los heridos, el embarco fue fácil, porque los marineros se precipitaban en ellas deslizándose por una cuerda, o arrojándose de un salto. Muchos se echaban al agua para alcanzarlas a nado. Por mi imaginación cruzó como un problema terrible la idea de cuál de aquellos dos procedimientos emplearía para salvarme. No había tiempo que perder, porque el Rayo se desbarataba: casi toda la popa estaba hundida, y los estallidos de los baos y de las cuadernas medio podridas anunciaban que bien pronto aquella mole iba a dejar de ser un barco.
Todos corrían con presteza hacia las lanchas, y la balandra, que se mantenía a cierta distancia, maniobrando con habilidad para resistir la mar, les recogía. Las embarcaciones volvían vacías al poco tiempo, pero no tardaban en llenarse de nuevo. Yo observé el abandono en que estaba Medio-hombre, y me dirigí sofocado y llorando a algunos marineros, rogándoles que cargaran a Marcial para salvarle. Pero harto hacían ellos con salvarse a sí propios.
En un momento de desesperación traté yo mismo de echármele a cuestas; pero mis escasas fuerzas apenas lograron alzar del suelo sus brazos desmayados. Corrí por toda la cubierta buscando un alma caritativa, y algunos estuvieron a punto de ceder a mis ruegos; mas el peligro les distrajo de tan buen pensamiento. Para comprender esta inhumana crueldad, es preciso haberse encontrado en trances tan terribles: el sentimiento y la caridad desaparecen ante el instinto de conservación que domina el ser por completo, asimilándole a veces a una fiera.
«¡Oh, esos malvados no quieren salvarte, Marcial! -exclamé con vivo dolor.
-Déjales -me contestó-. Lo mismo da a bordo que en tierra. Márchate tú; corre, chiquillo, que te dejan aquí».
No sé qué idea mortificó más mi mente: si la de quedarme a bordo, donde perecería sin remedio, o la de salir dejando solo a aquel desgraciado. Por último, más pudo la voz de la naturaleza que otra fuerza alguna, y di unos cuantos pasos hacia la borda. Retrocedí para abrazar al pobre viejo, y corrí luego velozmente hacia el punto en que se embarcaban los últimos marineros. Eran cuatro: cuando llegué, vi que los cuatro se habían lanzado al mar y se acercaban nadando a la embarcación, que estaba como a unas diez o doce varas de distancia.
«¿Y yo? -exclamé con angustia, viendo que me dejaban-. ¡Yo voy también, yo también!». Grité con todas mis fuerzas; pero no me oyeron o no quisieron hacerme caso. A pesar de la obscuridad, vi la lancha; les vi subir a ella, aunque esta operación apenas podía apreciarse por la vista. Me dispuse a arrojarme al agua para seguir la misma suerte; pero en el instante mismo en que se determinó en mi voluntad esta resolución, mis ojos dejaron de ver lancha y marineros, y ante mí no había más que la horrenda obscuridad del agua.

 

a) Comprensión lectora
1) Resume el texto, indica su tema y señala los apartados temáticos o secciones de contenido.
2) Analiza física y psicológicamente los personajes que intervienen.
3) Indica el lugar y el tiempo en que ocurre la acción.
4) ¿Quién narra la acción?
5) Localiza y explica el uso de media docena de recursos estilísticos.
b) Interpretación
1) ¿Cuál es el debate moral en que se encuentra Gabriel?
2) ¿Es un texto dramático? Razona tu respuesta.
3) ¿Cómo es la reacción de Marcial ante las dudas del niño acerca de su futuro inmediato? ¿Qué muestra de su carácter?
4) La proximidad de la muerte aumenta la cobardía y el miedo. ¿Cómo se aprecia en este fragmento?
2.4. Fomento de la creatividad
1) Documéntate sobre la batalla de Trafalgar y realiza una exposición ante la clase, con medios TIC si es posible.
2) Recrea una batalla y cuéntala en una narración con verismo y cierta posición ética.
3) Reescribe el final de la novela e imagina un desenlace más acorde a tus ideas.
4) Tomando el diálogo entre Marcial y Gabriel, escribe un pequeño texto teatral sobre ese lance. Ten en cuenta que Marcial, al fin, muere.
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Laura Gallego García: “El coleccionista de relojes extraordinarios”; análisis y propuesta didáctica

LAURA GALLEGO: EL COLECCIONISTA DE RELOJES EXTRAORDINARIOS
  1. ANÁLISIS
Laura Gallego (Cuart de Poblet, Valencia, 1977) es actualmente nuestra principal escritora de literatura fantástica. Su imaginación desbordante, su sabio manejo de la lengua y su destreza en organizar edificios narrativos complejos y sutiles avalan una trayectoria impecable y prometedora.
El coleccionista de relojes extraordinarios (2004) es una de sus novelas más leídas. Con ella obtuvo el premio de novela Gran Angular de la editorial SM. Las aventuras del joven norteamericano Johathan Hadley para liberar el alma de su madrastra Marjorie, atrapada en el reloj Qu Suy, se suceden en cascada. Lo que había comenzado como una bonita visita turística a la Ciudad Antigua –típica población española con un casco histórico dotado de antiguos y nobles edificios– amenaza con acabar en tragedia por la visita a un enigmático museo de relojes regentado por el Marqués, tipo misterioso y desconfiable. Marjorie, la madrastra de Jonathan, toca un reloj maldito y queda atrapada en su interior.
El joven comienza una búsqueda desesperada para salvarla; descubre que, bajo la ciudad, o en paralelo a ella, vive la Ciudad Oculta, a la que se sólo se accede con un medallón reloj-puerta. Ha de hallar un reloj Deveraux, único modo de liberar a su madrastra; y para ello cuenta con doce horas. Descubrir que en la Ciudad Oculta viven inmortales no necesariamente buenos, sino más bien aburridos, complica más las cosas. Los señores de la Ciudad Oculta impiden que encuentre y se lleve ese reloj porque también lo necesitan.
En su frenético viaje conoce a una joven muchacha, Emma, que le ayudará en su búsqueda. Otros personajes como la echadora de cartas, un contador de estrellas, un inventor de historias, Nadie, la muerte, Nico y otros muchos son singulares y fascinantes en sí mismos: ocultan secretos, culpas y esperanzas que se resisten a desvelar. Jeremiah destaca entre ellos por su determinación de sostener la vida contra la muerte en un duelo terrible, en las nieblas londinenses, contra el Marqués, lord Clayton, el propietario, coleccionista y regentador del Museo de los Relojes Extraordinarios.
Peripecias, misterios, situaciones peligrosas se suceden ininterrumpidamente en la búsqueda de Jonathan. La velocidad con la que tiene que asimilar su nueva información coincide con la que el lector debe comprender cómo avanza la trama inesperada y abruptamente. El manejo del argumento, original en sí mismo, es muy hábil, de modo que la intriga nunca desfallece. Un lenguaje claro y apropiado aderezan una historia divertida; las descripciones son precisas y de gran impacto visual; la narración combina con habilidad el avance dinámico con momentos de calma; los diálogos resultan expresivos y caracterizadores.
El hecho de que un prólogo relate una de las escenas finales, el duelo a muerte entre Jeremiah (el ermitaño) y lord Clayton, es un estupendo hallazgo narrativo. En sí mismo, constituye un fragmento de extraordinaria calidad literaria.
Los libros de Laura Gallego contienen un poso reflexivo de extraordinaria importancia; este aporta densidad significativa e incitación a la consideración moral de ciertas conductas. Como siempre en nuestra estupenda escritora, la lectura induce a la reflexión sutil y sostenida sobre asuntos como el valor, la empatía y la fidelidad, y sus correlatos la cobardía, el egoísmo y la traición.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
2.1. Comprensión lectora
1) ¿Dónde se celebra el duelo entre Jeremiah y lord Clayton? ¿Qué quería aquel de éste?
2) Explica la personalidad de Bill Hadley qué es un “toki” y cómo afectan a Jonathan.
3) Describe el reloj del emperador Qu Sui y quiénes fueron sus constructores
4) ¿Qué le entregó Nico a Jonatan? ¿Cuál era su utilidad?
5) ¿Qué es la “Tienda de objetos raros”?
6) ¿Quién es el verdadero malvado y qué pretende?
7) ¿Quiénes son los inmortales? ¿Qué buscan?
8) ¿Cómo acaba Nadie? ¿Por qué? ¿Ta parece justo?
9) Enma, ¿qué sentimientos tiene hacia Jonathan? ¿Cómo los solventa?
10) ¿Qué es la Ciudad Oculta? Caracterízala en sus rasgos físicos y nombra a los seis pobladores más característicos de ella.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) Explica el papel de Jeremiah en la novela.
2) Analiza el papel del Demonio en esta novela y cómo Jonathan logra esquivarlo.
3) Nadie es un personaje dramático que levanta ciertas simpatías en el lector: ¿cuál es su mayor tragedia?
4) En el libro existe una paradoja esencial: algunos inmortales desean morir. Ejemplifica esta actitud y razona cómo afecta al argumento de la novela.
5) Soñadora es un personaje con una larga tradición literaria: cree que vive en un sueño y que la realidad ha de ser otra. ¿Podría tener razón? ¿Cómo afecta su actitud a Jonathan?
6) ¿Quién inventó el reloj Qu Sui? ¿Cómo pasa el tiempo? ¿Cómo reacciona cuando conoce a Jonathan?
2.3. Comentario de texto específico
(Epílogo)
El Vórtice.
Jonathan aún no había encontrado palabras para describir lo que había visto cuando el Contador de Estrellas había abierto el reloj Deveraux, porque lo que escondía en su interior era diferente a todo cuanto el chico conocía.
Era como una esfera brillante que rotaba sobre sí misma suspendida en el aire y que cegaba a cualquiera que lo mirase demasiado tiempo. Parecía concentrar la luz de todas las estrellas del universo, y en su interior se apreciaban formas y colores fantásticos, imposibles, que giraban y giraban tan deprisa que…
—Aparta —le había dicho Emma, separándolo suavemente del reloj—. No querrás envejecer antes de tiempo, ¿verdad?
Jonathan había observado los rostros de los inmortales al contemplar el Vórtice, pero confiaba en Jeremiah, y en Emma, y en el Contador de Estrellas, y sabía que ellos se ocuparían de que todos los inmortales continuasen viviendo, para que el universo existiese con ellos. Había aprovechado aquel momento para separar a Emma del grupo y hablar con ella a solas. Le había dicho que quería ser inmortal y quedarse junto a ella.
—Jonathan —dijo Emma, moviendo la cabeza—. ¿No has aprendido nada? Los mortales no pueden obtener la inmortalidad. El orden cósmico…
—No estoy hablando de esa inmortalidad, sino de lo que ofrecen los demonios —cortó Jonathan impaciente—. Podría vivir varios milenios contigo. Podría…
Pero ella le había hecho callar, colocando un dedo sobre sus labios.
—No, Jonathan —dijo—. No sabes lo que dices. Aunque tenga aspecto humano, no soy como tú. Debes volver con los tuyos y…
—Nunca conoceré a nadie como tú —cortó Jonathan, adivinando lo que iba a decir.
—No —sonrió Emma—, pero sí amarás a alguien como tú. Jonathan la miró, sorprendido.
—¿Lo sabes? Quiero decir… ¿puedes ver lo que va a pasar?
—No, no soy una adivina, como la Echadora de Cartas. Pero sé que conocerás a alguien y tendrás hijos…
—¿Por qué sabes eso?
—Porque te lo estoy pidiendo, Jonathan. Tendrás hijos, y a lo largo de los años y o protegeré a tus hijos, y a los hijos de tus hijos, y a los hijos de los hijos de tus hijos… y así sabré que no has muerto, que no has desaparecido del mundo mientras yo sigo viva, por toda la eternidad.
Algo en sus palabras sobrecogió profundamente a Jonathan. Intuyó en ellas un sentimiento tan intenso, tan profundo y tan puro que supo que ni aun haciendo un pacto con el Diablo podría llegar a corresponderla de la misma forma, por muchos milenios que pasasen. Tragando saliva, dijo:
—Tendré hijos. Y plantaré un árbol, y escribiré un libro. Muchos árboles y muchos libros —añadió—. Dicen que esta es la única manera de alcanzar la inmortalidad, a través de tus obras.
Emma sonrió.
Entonces se acercó a él y le besó, y Jonathan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies y que él se precipitaba por un torbellino que lo lanzaba directamente al mismo corazón del cosmos, pero no tuvo miedo, porque había algo en aquel lugar que le resultaba poderosamente familiar; todas las estrellas giraban a su alrededor (y eran más de las 87.432.004.556.342 que había contabilizado el Contador de Estrellas) y los más hermosos prodigios de todas las galaxias se mostraban ante sus ojos. Entonces descubrió que el espacio no era frío y oscuro, como creía, sino que se trataba de un crisol multicolor donde tomaban cuerpo las más extraordinarias maravillas y los más atrevidos sueños.
Y comprendió que estaba contemplando el nacimiento del universo a través de la memoria de Emma, y también supo dónde había visto antes algo parecido.
El Vórtice.
Cuando se separó de Emma y volvió a la realidad, ella tuvo que sostenerlo, pues se sentía completamente mareado. Aun así, se las arregló para sonreír.
Y después, los inmortales se habían marchado. De alguna manera, que Jonathan no fue capaz de comprender, desaparecieron entre la bruma matinal, uno tras otro, como si no fuese necesario para ellos poseer un reloj-puerta para cruzar los límites invisibles de la Ciudad Oculta.
Emma lo había mirado, por última vez, antes de desaparecer ella también.
Jonathan sintió de pronto que le faltaba el aire. Quiso correr tras ella, pero el Contador de Estrellas lo detuvo.
—Sabes que no —dijo solamente.

 

a) Comprensión lectora
1) Resume el contenido del fragmento, señala su tema y establece los apartados temáticos o secciones de contenido.
2) Explica las características físicas y psicológicas de los personajes que intervienen.
3) ¿Qué tipo de relación se da entre Jonathan y Emma? ¿Cómo acaba?
4) Explica qué es el vórtice y su importancia en el argumento.
5) Localiza y explica recursos estilísticos que aportan expresividad y belleza.
6) Aporta un ejemplo de descripción, otro de narración y otro de diálogo y explica cómo se han construido verbalmente.
7) Indica el lugar y el tiempo en que ocurre la acción.
8) Analiza la figura del narrador tal y como aparece en este fragmento.
b) Interpretación
1) ¿Por qué Jonathan no se quiere separar de Emma?
2) ¿Qué importancia tiene el Contador de Estrellas en este relato?
3) ¿Qué elementos expresan el deseo de inmortalidad entre los humanos? ¿Te parecen lógicos?
4) ¿Cuál es la causa de la frustración de Jonathan Hadley?
2.4. Fomento de la creatividad
1) Describe una ciudad con cierta detalle, real o imaginaria (edificios, habitantes…).
2) Relata un encuentro imaginario con Jonathan al principio (o al final) del libro. Expresa lo que más te ha impresionado del libro y cómo hubieras actuado tú.
3) Dibuja o pinta la Ciudad Antigua y la Ciudad Oculta.
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B. Pérez Galdós: “Doña Perfecta”; análisis y propuesta didáctica

 

  1. ANÁLISIS     
Doña Perfecta (1876) es una densa y hermosa novela de Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920), eximio escritor del realismo español. Galdós es un escritor muy comprometido con la literatura, con el destino de su país y con la mejora de una sociedad –la española de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX—con bastantes defectos. Él pensaba que una actitud de apertura mental e ideológica, favorecedora del progreso social y económica era la mejor receta para avanzar hacia una nación más próspera y feliz. Esto explica que fuera elegido como diputado a cortes en partidos de ideología liberal-progresista. También criticó ásperamente la enorme influencia de la Iglesia, inmovilista y retrógrada en sus posiciones sociales. La concordia social y nacional habría de venir por una educación tolerante, atención económica a los pobres y una huida de los fanatismos de cualquier tipo; es decir, una posición liberal.
Estas ideas las desarrolló ampliamente en los textos de su primera etapa como escritor (1870-1878), en la que escribió varias “novelas de tesis”. Además de la lógica ambición literaria, Galdós –joven novelista de 33 años– defiende una ideología progresista y liberal, abierta a las nuevas ideas y al avance de las ciencias y la técnica para lograr una democratización del bienestar y una modernización efectiva de la sociedad española. Al mismo tiempo, censura acerbamente las posiciones ultraconservadoras, inmovilistas y bastante fanatizadas en usos y costumbres sociales, religiosos y políticos. Doña Perfecta pasa por ser, con razón, la mejor novela de este período por su calidad narrativa y su perfección formal.
En un marco urbano ruralizado, bajo el nombre de Orbajosa, nos presenta una ciudad de interior, amodorrada, pobreta y tremendamente inmovilista. Pepe Rey llega en tren a la ciudad para conocer y luego casarse con su prima Rosario, pues la madre de ella, viuda, doña Perfecta, y el padre de él, Juan, eran hermanos, y así lo habían convenido por el bien de todos. Don Inocencio, clérigo y consejero espiritual de doña Perfecta pronto percibe los aires liberales de José Rey; artero como es, lo provoca en conversaciones para que desvele su pensamiento avanzado y cientifista, lo que escandaliza a su tía y futura suegra y a todos los timoratos de Orbajosa.
Sin embargo, los dos primos se enamoran de veras y están dispuestos a casarse cuanto antes para acabar con las tensiones crecientes en el ámbito familiar, pues doña Perfecta cree y sigue los consejos del clérigo Inocencio, que de inocente tiene poco; la ironía de su nombre es evidente, casi hasta la irritación. Remedios, sobrina del cura, tiene un hijo, Jacinto, recién licenciado en derecho, que desea casar son Rosario, para lo que maniobra y convence a su tío que obstaculice el matrimonio de Pepe y su prima.
Caballuco representa a la facción conservadora y levantisca, que se rebela por las armas contra el gobierno constitucional “de Madrid”; viene a ser el tonto útil, con algo de soldado fanfarrón, de los conservadores. Defiende posiciones ideológicas y religiosas, claro está, pero también económicas, pues busca su lucro so color de los ideales tradicionalistas –para lo que no duda en traicionar al gobernador de la provincia, a quien había prometido lealtad a cambio de un cargo–. El narrador recoge titulares de los periódicos de Madrid sobre el levantamiento en Orbajosa y los contrasta con su recepción escéptica entre los habitantes de la ciudad. En el casino Pepe también se ve sometido a la presión de los conservadores. Sólo encuentra apoyo en don Cayetano, un bibliófilo e historiador local que, en cierto modo, le sirve de confidente. Visita la catedral y lo critican por apreciarla sólo por su arte, no por su contenido religioso; visita a las tres hermanas de Troya, pobres, pero joviales y también le parece mal a doña Perfecta, pues además les había dejado unas monedas por caridad.
El ejército llega a Orbajosa para reprimir las revueltas conservadoras. Por casualidad, el coronel Pinzón, amigo antiguo de Pepe Rey, se aloja en casa de doña Perfecta. Inmediatamente le brinda protección física a su amigo, por lo que los enemigos han de reprimir su envalentonamiento bravucón. Sin embargo, a Pepe le comunican que ha perdido su trabajo en Madrid; no tarda en enterarse que han sido sus enemigos de Orbajosa los que han movido sus hilos. Pepe abandona la casa de su tía y se va a un hostal de la ciudad.
En este estado de cosas, entre fuertes tensiones internas de orden emocional y existencial, Pepe y Rosario se declaran su amor y deciden huir de noche de Orbajosa para casarse inmediatamente. Remedios se entera del plan y convence a Caballuco, armado con trabuco, de seguir a Pepe. Este accede al huerto de la casa de doña Perfecta, donde había quedado con Rosario. Pero los otros lo siguen arteramente. Remedios avisa a doña Perfecta, quien acaba de escuchar de boca de su hija que ama a Pepe y su determinación de casarse con él. Doña Perfecta le ordena a Caballuco que dispare a la sombra furtiva de Pepe, que muere.
El desenlace lo cuenta don Cayetano Polentinos en cinco cartas que de abril a diciembre envía a un su amigo editor y librero, para quien prepara su Linajes de Orbajosa: primero se dijo que Pepe se había suicidado, pero luego se extendió la creencia que había sido asesinado por Caballuco. La joven Rosario cayó en la locura y acabó ingresada en un lejano manicomio cercano a Barcelona; doña Perfecta sigue y se entregó a la religión y obras pías; don Inocencio fue víctima de una depresión aguda de la que no pudo recuperarse y optó por irse a Roma; Caballuco se impuso al ejército constitucional y ostenta el poder en Orbajosa; Jacinto planea casarse con doña Perfecta aunque le lleve veinte años de diferencia, pero en los preparativos de la matanza, el chico resbala y muere atravesado por un cuchillo que su madre tenía en la mano.
La venganza del destino es cruel y todo termina de la peor manera posible. Vencen los inmovilistas, pero el precio es muy alto: frustración, dolor y amargura para el resto de sus días. La muerte física de Pepe Rey y la psicológica de Rosario muestra que la autenticidad, la visión aperturista hacia la vida y el futuro tiene pocas posibilidades de crecer en esa sociedad de Orbajosa, atada a un pasado paralizante. En conjunto, la novela es una reflexión pesimista y un tanto amarga sobre el panorama social español del último cuarto del siglo XIX.
Los personajes están trazados con un acierto y verosimilitud notables. Acaso resulten un poco esquemáticos, sobre todo los que encarnan un modo de vida (Pepe y doña Perfecta, junto con su cohorte formada por don Inocencio, Caballuco y Remedios), pero Rosario y Cayetano son tipos muy bien trazados, y ajenos a un esquematismo ideológico. Que los personajes que encarnan una ideología o un modo de vivir sean algo planos no les resta profundidad ni afecta a la tensión narrativa porque la intriga novelesca, por un lado, y la incertidumbre de si podrán mantener su modo de vivir y pensar en sus circunstancias aportan la suspensión suficiente. Por otro lado, hay que tener en cuenta que estos personajes más estereotipados están vivamente dibujados, son verosímiles y creíbles para el lector. Poseen una encarnadura propia que los aleja del estereotipo. Por ejemplo, Pepe Rey es el joven ilustrado y progresista, pero en la novela es un individuo con sustancia propia que nos lo hace cercano y consistente. Y lo mismo podríamos decir de los demás.
La significatividad de los topónimos y antropónimos de los personajes y lugares de las novelas de Galdós se ha señalado muchas veces, y es del todo cierto. Galdós reserva para los personajes más íntegros y de ideología progresista nombres de connotaciones positivas; Pepe Rey es el caso más llamativo. Los inmovilistas tienen nombres que, por vía irónica y sarcástica, revelan sus defectos morales: doña Perfecta, don Inocencio, Remedios, Licurgo, etc.). Otras veces, parece que los animaliza, para resaltar su brutalidad estupidizada: Caballuco Centauro, Vejarruco, etc.
El narrador, como muchas veces repetirá Galdós, interviene en primera persona del plural, nombrando en esos casos su “historia”, es decir, la propia novela. En estas ocasiones, la influencia cervantina es bien visible. El narrador adopta un foco variable y un distanciamiento cambiante: a veces objetiva más y adopta una posición omnisciente más distante. Otras, se acerca, selecciona la materia narrativa ante los ojos del lector y presenta con humor, con ironía, con respeto, etc. la materia narrativa. Se diría que, a medida que avanzan los capítulos, el narrador se introduce más y más en la historia, posicionándose a favor de Pepe Rey y Rosario y criticando la brutalidad e inmovilismo de doña Perfecta y sus secuaces.
La invención de Orbajosa no es un hallazgo menor en la novela. Galdós recrea la vida de la ciudad provinciana con mucho acierto y verosimilitud: calles, plazas y edificios se “ven” en la lectura. Buen conocedor de la geografía española, no tiene dificultades para crear una toponimia irónica, muchas veces risible, pero bien reconocible por el lector. El casino, la catedral, las casas solariegas con huerto, los barrios apartados más humildes, las alquerías de los alrededores… Todo resulta familiar para el lector, de ayer y de hoy. La novela se desarrolla en un tiempo muy comprimido: sólo son unas semanas, desde la llegada de Pepe Rey a casa de su tía hasta su muerte violenta. Lo que ocurre después, hasta finales de ese año, lo relata Cayetano en varias cartas finales. Muchas cosas ocurridas antes nos las cuenta el narrador en analepsis no demasiado largas y al principio de la novela.
El tiempo de la escritura y de la acción narrada coinciden: estamos hacia 1875, es decir, el inicio del último cuarto del siglo XIX. La agitación social y política era muy grande (recordemos la revolución de 1868). Precisamente en 1875 comienza el reinado de Alfonso XII y los gobiernos de Cánovas del Castillo. Galdós nos deja un hermoso testimonio artístico de las agitaciones socio-políticas vistas desde una perspectiva literaria.
El estilo de Galdós es muy expresivo y vivo: describe con detalle y minuciosidad, narra con ligereza y utiliza los diálogos para que los personajes se expresen con largueza y nos dejen un retrato de su interior (este es un gran acierto artístico de Galdós). La variedad de registros, desde el coloquial hasta el culto del historiador local, pasando por el periodístico, el epistolar, etc. es otra nota distintiva. En general, en los diálogos Galdós reproduce el nivel coloquial de la lengua, lleno de frases hechas, locuciones de sabor popular, etc. Un ejemplo de todo lo dicho lo encontramos en el capítulo XI:
-¡Válgame Dios!, si me lo llega a decir a mí, hay un escándalo en el Casino -exclamó el recaudador de contribuciones-. ¿Por qué no le dijeron la cantidad de arrobas de aceite que produjo Orbajosa el año pasado? ¿No sabe ese estúpido que en años buenos Orbajosa da pan para toda España y aun para toda Europa? Verdad es que ya llevamos no sé cuántos años de mala cosecha; pero eso no es ley. ¿Pues y la cosecha del ajo? ¿A que no sabe ese señor que los ajos de Orbajosa dejaron bizcos a los señores del jurado en la exposición de Londres?
Estos y otros diálogos se oían en las salas del Casino por aquellos días. A pesar de estas hablillas tan comunes en los pueblos pequeños, que por lo mismo que son enanos suelen ser soberbios, Rey no dejó de encontrar amigos sinceros en la docta corporación, pues ni todos eran maldicientes ni faltaban allí personas de buen sentido. Pero tenía nuestro joven la desgracia, si desgracia puede llamarse, de manifestar sus impresiones con inusitada franqueza, y esto le atrajo algunas antipatías.
 2. PROPUESTA DIDÁCTICA 
2.1. Comprensión lectora
1) ¿Cómo llega Pepe Rey a Orbajosa? ¿Cómo son los paisajes que observa?
2) Explica cómo es Caballuco y los sentimientos que Licurgo manifiesta por él.
3) ¿A quién se refiere la siguiente descripción del capítulo III? Explica cómo la veremos en práctica en los acontecimientos de la novela:
Frisaba la edad de este excelente joven en los treinta y cuatro años. Era de complexión fuerte y un tanto hercúlea, con rara perfección formado, y tan arrogante, que si llevara uniforme militar ofrecería el más guerrero aspecto y talle que puede imaginarse. Rubios el cabello y la barba, no tenía en su rostro la flemática imperturbabilidad de los sajones, sino por el contrario, una viveza tal que sus ojos parecían negros sin serlo. Su persona bien podía pasar por un hermoso y acabado símbolo, y si fuera estatua, el escultor habría grabado en el pedestal estas palabras: inteligencia, fuerza. Si no en caracteres visibles, llevábalas él expresadas vagamente en la luz de su mirar, en el poderoso atractivo que era don propio de su persona, y en las simpatías a que su trato cariñosamente convidaba.
4) ¿Por qué la visita a la catedral es motivo de fricción entre Pepe y su tía y el clérigo penitenciario don Inocencio?
5) ¿Qué piensan de Pepe en el casino? ¿Por qué?
6) ¿Qué notificación recibe Pepe Rey del ministerio? ¿Cómo afecta a su estancia en Orbajosa?
7) ¿Por qué el ejército ha de acudir a Orbajosa?
8) ¿A quién socorre con una limosna Pepe Rey? ¿Por qué?
9) ¿De quién se enamora hondamente Pepe Ray? ¿Es correspondido? ¿Tendrá consecuencias en el argumento?
10) ¿Cómo acaba la pareja enamorada? ¿Quién lo cuenta?
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) Explica los motivos iniciales y los finales de la visita de Pepe Rey a Orbajosa.
2) ¿Podemos deducir la ideología política de Galdós en esta novela? ¿Cómo? Precisa sus rasgos.
3) Un personaje afirma que doña Perfecta es la única persona sin mote o apodo en Orbajosa, ¿qué significa eso respecto de la gente del pueblo y de la mujer viuda?
4) Analiza el papel de Rosario en la novela. Determina su final respecto de la educación que recibió.
5) Explica las características materiales e ideológicas de la vida en Orbajosa para la mayoría de sus habitantes.
6) El final de la novela, ¿nos permiten deducir que Galdós tenía una visión optimista o pesimista respecto del futuro de España?
7) Explica la figura del narrador en esta novela. Determina si representa al novelista, Galdós, en todo momento.
2.3. Comentario de texto específico 
Capítulo XXII. Misterio
Después de lo que hemos referido, duró mucho la conferencia; pero omitimos lo restante por no ser indispensable para la buena inteligencia de esta relación. Retiráronse al fin, quedando para lo último, como de costumbre, el Sr. D. Inocencio. No habían tenido tiempo aún la señora y el canónigo de cambiar dos palabras, cuando entró en el comedor una criada de edad y mucha confianza que era el brazo derecho de doña Perfecta, y como esta la viera inquieta y turbada, llenóse también de turbación, sospechando que algo malo en la casa ocurría.
-No encuentro a la señorita por ninguna parte -dijo la criada respondiendo a las preguntas de la señora.
-¡Jesús!… ¡Rosario!… ¿dónde está mi hija?
-¡Válgame la Virgen del Socorro! -gritó el Penitenciario, tomando el sombrero y disponiéndose a correr tras la señora.
-Buscadla bien… Librada… Librada… Pero ¿no estaba contigo en su cuarto?
-Sí, señora -repuso temblando la criada vieja-, pero el demonio me tentó y me quedé dormida.
-Maldito sea tu sueño… Jesús mío… ¿qué es esto? Rosario, Rosario… Librada.
Subieron, bajaron, tornaron a bajar y a subir, llevando luz y registrando todas las piezas. Por último, oyóse la voz del Penitenciario en la escalera:
-Aquí está, aquí está -decía con júbilo-. Ya pareció.
Un instante después la madre y la hija
-¿Qué es esto? ¿Dónde estabas? -preguntó con terrible enojo la dama.
-Pues señora… bajé a buscar la ropa que está en el cuarto de la calle… y me quedé dormida.
-Todas duermen aquí esta noche. Me parece que alguno no dormirá en mi casa mañana. Rosario, puedes retirarte.
Comprendiendo que era indispensable proceder con prontitud y energía, la señora y el canónigo emprendieron sin tardanza sus investigaciones. Preguntas, amenazas, ruegos, promesas fueron empleadas con habilidad suma para inquirir la verdad de lo acontecido. No resultó ni sombra de culpabilidad en la criada anciana; pero Librada confesó de plano entre lloros y suspiros todas sus bellaquerías que sintetizamos del modo siguiente: Poco después de alojarse en la casa, el Sr. Pinzón empezó a hacer cocos a la señorita Rosario. Dio dinero a Librada, según ésta dice, para tenerla por mensajera de recados y amorosas esquelas.
La señorita no se mostró enojada sino antes bien gozosa, y pasaron algunos días de esta manera. Por último, la sirvienta declara que aquella noche Rosario y el Sr. Pinzón habían concertado verse y hablarse en la ventana de la habitación de este último, que da a la huerta. Confiaron su pensamiento a la Librada, quien ofreció protegerlo mediante una cantidad que se le entregara en el acto. Según lo convenido, el Pinzón debía salir de la casa a la hora de costumbre y volver ocultamente a las nueve, y entrar en su cuarto, del cual y de la casa saldría también clandestinamente más tarde, para volver sin tapujos a la hora avanzada de costumbre. De este modo no podría sospecharse de él.
La Librada aguardó al Pinzón, el cual entró muy envuelto en su capote sin hablar palabra. Metióse en su cuarto a punto que la señorita bajaba a la huerta. La Librada, mientras duró la entrevista, que no presenció, estuvo apostada en la galería, para avisar a Pinzón cualquier peligro que ocurriese; y al cabo de una hora salió como antes, muy bien cubierto con su capote y sin hablar una palabra.
a) Comprensión lectora
1) Resume el contenido del texto, señala su tema y los apartados temáticos –o secciones de contenido– que se pueden observar.
2) Analiza los personajes que intervienen.
3) ¿En qué lugar ocurren los hechos narrados? ¿En qué momento del día?
4) Localiza un ejemplo de descripción, otro de narración y otro de diálogo.
5) Localiza y explica el uso de recursos estilísticos en este fragmento.
6) Analiza la figura del narrador tal y como se manifiesta en este fragmento.
b) Interpretación
1) Analiza la figura del narrador en este fragmento. Razona si narra con ironía y burla o con distancia objetiva.
2) ¿Cómo apreciamos las clases sociales y su vida en este texto?
3) Rosario, ¿es un personaje determinante en el fragmento y la novela? Aporta razones.
4) Explica la principal preocupación de doña Perfecta respecto de su hija a la luz de este fragmento.
2.4. Fomento de la creatividad
1) Realiza una exposición, creando un cartel o una presentación con medios TIC, sobre la vida y la obra de Pérez Galdós.
2) Compara Orbajosa con tu localidad. Indica semejanzas y diferencias y valora dónde es la vida más agradable.
3) Pasa a un soporte plástico –dibujo, pintura, viñeta, etc.– la ciudad y los personajes principales de esta obra.
4) ¿Qué harías tú en la posición de Pepe Rey, o de Rosario? Escribe un relato según tus propios criterios.
5) Realiza un trabajo de investigación histórica sobre la vida en España en la década de 1870, momento en el que se desarrolla Doña Perfecta
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B. Pérez Galdós: “Misericordia”; análisis y propuesta didáctica

PÉREZ GALDÓSMISERICORDIA
  1. ANÁLISIS
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) es uno de los grandes escritores realistas de la literatura española de la segunda mitad del siglo XIX. Junto con Clarín, llevó la literatura española a altas cotas de calidad y perfección. Aquí vamos a analizar Misericordia (1897) una de sus novelas del período espiritual, dentro de las “novelas españolas contemporáneas”; esta etapa creativa, de madurez y elevadas miras, se puede enmarcar más o menos en la última década del siglo XIX y las dos primeras del siglo XX.
La novela gira en torno a una ciudad, Madrid, y a un personaje, Benigna, Benina o la Nina. Doña Paca, viuda de vida acomodada, ha caído en una lacerante pobreza por ser manirrota y casquivana. Su criada o sirvienta, Benigna, hace equilibrios para dar de comer a su señora vanidosa y sus dos hijos, Obdulia y Antoñito.  El paso de los días muestra la cruda realidad: Benigna mendiga (en dura pugna con otros pedigüeños profesionales) en la puerta de la iglesia de San Sebastián, en la plaza del Ángel, en la capital de España; allí recoge algunas monedas, con las que compra alimentos para doña Francisca. A esta le cuenta la historia de un sacerdote, don Romualdo, para quien trabaja, y la gratifica generosamente. Benigna conoce a un mendicante singular, el ciego Almudena, de origen africano, acaso judío, o musulmán, o sefardí; la cuestión queda borrosa. El ciego dejó su país persiguiendo el sueño de una mujer perfecta que le había revelado un dios de las profundidades; vive de la mendicidad y lleva una vida muy miserable; se enamora perdidamente de Benigna, de modo que siente celos y hasta llega a golpear a la buena sirvienta con su bastón para recriminarle su mala conducta. Don Paco, un señorito andaluz sumido en la pobreza también es alimentado por doña Benigna, que a duras penas puede alimentar a tantas bocas. Don Carlos, burgués propietario de casas, escatima la ayuda a doña Francisca y se contenta con recomendarle mejor administración, para lo que le regala una libreta de apuntes.
Benigna comprueba la maldad humana cuando compartía una comida campestre con Almudena; otros harapientos violentos los apedrean y les roban sus escasos víveres. La policía municipal los detiene y los deposita en el asilo de la beneficiencia. A todo esto, aparece un cura, llamado don Romualdo, portador de una gran noticia: trae una herencia de Andalucía para doña Francisca, su familia y Paquito Ponte. La situación cambia para bien y para todos, menos para Benigna y el ciego Almudena. Juliana, la mujer de Antonio, el hijo de doña Francisca, toma las riendas de la nueva casa, tras mudarse, y prescinde de Benigna.
Doña Paca, incapaz de reaccionar, deja hacer y no opone resistencia a la expulsión por Juliana de la vieja sirvienta. Ha de ser Frasquito Ponte quien rescate a Benigna del asilo, junto con el ciego Almudena. El viejo señorito, con el juicio algo trastocado, afea a su prima su comportamiento mezquino e injusto. Poco después muere por la caída de un caballo. Algún tiempo después, Juliana, con mala conciencia y bastantes remordimientos, se obsesiona con que sus hijos morirán por una terrible enfermedad, lo que le obliga a visitar a Benigna para buscar consuelo. La vieja sirvienta, tratada como una santa, que ahora vive con Almudena, la consuela, la perdona y le asegura que sus hijos tendrán buena salud. De este modo se cierra la novela: la bondad vence al egoísmo, con un nuevo acto de grandeza espiritual basado en la generosidad y el perdón.
Esta novela ofrece un recorrido por los bajos fondos del Madrid más miserable y sórdido. El mismo Galdós dejó constancia de su documentación exhaustiva sobre estos lugares, personajes y modos de vida sumidos en la pobreza extrema y la ignorancia más supina.
La portada reza así: “Misericordia por B. Pérez Galdós. Con un prefacio del Autor escrito especialmente para esta edición. Thomas Nelson and Sons Editores. 189, rue Saint-Jacques, París y en Edimburgo, Londres, Mánchester, Leeds, Dublínn Melbourne, Nueva-York , [1913]”.
El prefacio de Galdós, para esa edición parisina (pp. 5-9) es muy sustancioso, por lo que lo transcribimos entero:
PREFACIO DEL AUTOR escrito especialmente para esta edición.
ESCRIBÍ Misericordia en la primavera de 1897, cuando terminó el litigio arbitral en que los Tribunales me reconocieron la propiedad integra de todas mis obras. Anteriores á Misericordia son mis Novelas Contemporáneas, desde Doña Perfecta hasta Nazarín, y las dos primeras series de Episodios Nacionales; posteriores, las novelas El Abuelo, Casandra y El Caballero Encantado, más la tercera, cuarta y quinta serie de Episodios, ésta no terminada todavía. En Misericordia me propuse descender á las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca ó criminal y merecedora de corrección. Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera ó maleante que se alberga en los populosos barrios del Sur de Madrid.
Acompañado de policías escudriñé las Casas de dormir de las calles de Mediodía Grande y del Bastero, y para penetrar en las repugnantes viviendas donde celebran sus ritos nauseabundos los más rebajados prosélitos de Baco y Venus, tuve que disfrazarme de médico de la Higiene Municipal. No me bastaba esto para observar los espectáculos más tristes de la degradación humana, y solicitando la amistad de algunos administradores de las casas que aquí llamarnos de corredor, donde hacinadas viven las familias del proletariado ínfimo, pude ver de cerca la pobreza honrada y los más desolados episodios del dolor y la abnegación en las capitales populosas. Años antes de este estudio había yo visitado en Londres los barrios de WhitechapelMinories, y otros del remoto Este, próximos al Támesis. Entre aquella miseria y la del bajo Madrid, no sé cuál me parece peor. La de aquí es indudablemente más alegre por el espléndido sol que la ilumina.
El moro Almudena, Mordejai, que parte tan principal tiene en la acción de Misericordia, fué arrancado del natural por una feliz coincidencia. Un amigo, que como yo acostumbraba á flanear de calle en calle observando escenas y tipos, díjome que en el Oratorio del Caballero de Gracia pedía limosna un ciego andrajoso, que por su facha y lenguaje parecía de estirpe agarena. Acudí á verle y quedé maravillado de la salvaje rudeza de aquel infeliz, que en español aljamiado interrumpido á cada instante por juramentos terroríficos, me prometió contarme su romántica historia á cambio de un modesto socorro. Le llevé conmigo por las calles céntricas de Madrid, con escala en varias tabernas donde le invité á confortar su desmayado cuerpo con libaciones contrarias á las leyes de su raza. De este modo adquirí ese tipo interesantísimo, que los lectores de Misericordia han encontrado tan real. Toda la verdad del pintoresco Mordejai es obra de él mismo, pues poca parte tuve yo en la descripción de esta figura. El afán de estudiarla intensamente me llevó al barrio de las Injurias, polvoriento y desolado. En sus miserables casuchas, cercanas á la Fábrica del Gas, se alberga la pobretería más lastimosa. Desde allí, me lancé á las Cambroneras, lugar de relativa amenidad á orillas del río Manzanares, donde tiene su asiento la población gitanesca, compuesta de personas y borricos en divertida sociedad, no exenta de peligros para el visitante. Las Cambroneras, la Estación de las Pulgas, la Puente segoviana, la opuesta orilla del Manzanares hasta la casa llamada de Goya, donde el famoso pintor tuvo su taller, completaron mi estudio del bajo Madrid, inmenso filón de elementos pintorescos y de riqueza de lenguaje.
El tipo de señá Benina, la criada filantrópica, del más puro carácter evangélico, procede de la documentación laboriosa que reuní para componer los cuatro tomos de Fortunata y Jacinta. De la misma procedencia son Doña Paca y su hija, tipos de la burguesía tronada, y el elegante menesteroso Frasquito Ponte, que acaba sus días comiendo una triste ración de caracoles en el figón de Boto — calle del Ave María. — Diferentes figuras vinieron á este tomo de los anteriores, El amigo Manso, Miau, los Torquemadas, etc., y del mismo modo, del contingente de Misericordia pasaron otras á los tomos que escribí después: es el sistema que he seguido siempre de formar un mundo complejo, heterogéneo y variadísimo, para dar idea de la muchedumbre social en un período determinado de la Historia.
Algo debo decir de la traducción francesa de Misericordia. Un caballero parisién de alta posición en los negocios y en la banca, Maurice Vixio, Consejero del Comité central de los Ferrocarriles del Norte de España, que había residido en Madrid años anteriores y conocía muy bien nuestro idioma, me hizo el honor de verter al francés las páginas de esta obra. Afligido de una irreparable desgracia de familia, Vixio abandonó los negocios, trasladándose á una casa de campo que poseía en Versalles, y en aquella soledad apacible, sin otra sociedad que la de Ernesto Renán, que en una casita próxima moraba, entretenía sus ocios leyendo libros españoles. Entre ellos cayó en sus manos la novela Misericordia; la leyó, fué muy de su agrado, y no halló mejor esparcimiento para su soledad que traducirla. Por cierto que en el curso de su trabajo, muy á menudo me escribía consultándome las dificultades del léxico que á cada paso encontraba, porque en esta obra, como verá el que leyere, prodigo sin tasa el lenguaje popular salpicado de idiotismos, elipsis y solecismos, tan donosos como pintorescos. Contestábale yo satisfaciendo sus dudas en lo posible, no en todos los casos, pues yo mismo ignoro el sentir de algunos decires que de continuo inventan y ponen en circulación las bocas madrileñas.
La traducción de Misericordia fué acogida por el gran periódico parisién Le Temps, que la publicó en su folletín, dándole la difusión propia de un periódico de circulación mundial. De Le Temps pasó Misericordia á la casa Hachette, que la editó con un prólogo de Morel Fatio, el más famoso y grande de los hispanófilos de Francia. Con esto termino el historial de la novela que hoy incluye la Casa Nelson en su colección de obras españolas.
Madrid, febrero 1913
De este sustancioso texto podemos concluir varios asuntos de interés para la comprensión de la novela. El primero es la atención a las clases bajas, los grupos sociales más pobres y desfavorecidos de la sociedad española de su tiempo. Galdós desea poner el foco en los ambientes más sórdidos y canallescos del Madrid de 1900. Y no lo hace con intenciones espurias, sino para mostrarnos que también ahí existen personas nobles, íntegras, fuertes y firmes. Que a pesar de las desgracias materiales, mantienen un ideal de vida digno y ético; esto se puede afirmar de Benigna, pero también de Mordejai y otros pobres de puerta de iglesia. En contraste, los miembros de la pequeña burguesía venida a menos, aparecen como flojos, holgazanes, frívolos y bastante reprobables.
El relato de Galdós suena a verdad, y ello por una razón muy sencilla: él lo observó y lo transcribió con fidelidad artística a su novela. Aparte de la ambientación veraz de toda la novela, comenzando por la iglesia de San Sebastián y terminando por El Abroñigal, en la capital de España. Es un texto verdadero por su contextualización y porque los personajes son “tipos” (como diría Galdós) que responden a la vida. Asimismo, la minuciosidad de las descripciones (de paisajes, urbanos o semiurbanos, de edificios, de personajes, etc.) contribuyen poderosamente a la verosimilitud del relato.
Se cita como tópico la documentación del escritor realista para elaborar su novela. He aquí un ejemplo diáfano en Misericordia. Las pesquisas de Galdós en las “casas de dormir” y “de corredor”, disfrazado de sanitario, nos da una idea de la seriedad y profundidad del compromiso de nuestro novelista con su novela. Las alusiones a los excesos repugnantes de todo tipo, pero también a las familias que dignamente sobrevivían en un cuartucho de mala muerte nos dejan entrever un inframundo terrible donde no todos eran bestias desalmadas.
El narrador se expresa en primera y segunda persona del plural (“Habréis notado en ambos rostros…”, afirma en el primer párrafo de la novela; ahí mismo, algo más adelante: “Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar…”). Es un modo de hacernos cómplices de su relato y de una percepción compasiva y cervantina de una realidad sórdida. También, cómo no, sirve para que el narrador adquiera relevancia narrativa, para bien y para mal: vemos por sus ojos, nos incita a valorar según su tabla de medir, etc.
Los personajes son típicamente galdosianos: para comprenderlos bien, no vale la clasificación de “redondos” o “planos”; son las dos cosas a la vez. Por ejemplo, Benigna es todo bondad y compasión y no cambia sustancialmente en su comportamiento. Doña Paca es frívola y algo estúpida y se mantiene fiel a su línea. Y no pierden verosimilitud porque están dotados de vida real y autenticidad artística: en la calle son así; se pueden encontrar a patadas en cualquier lado de Madrid o de otra ciudad. La intriga se crea cuando, casi desde los primeros capítulos, el lector se plantea: ¿serán capaces estos personajes, algo extravagantes y al límite de sus posibilidades, de seguir así hasta el final? Se crea una paradoja muy interesante sobre estos personajes: cambian sutilmente, pero para no modificar su conducta. He aquí el meollo de por qué las novelas de Galdós nos siguen cautivando un siglo después de haber sido escritas.
Muchas veces se ha insistido en el valor simbólico de los nombres de personas –antropónimos– en las novelas de Galdós. Este caso no es distinto: Benigna recoge toda la actitud ante la vida, bondadosa y desprendida, de esta admirable mujer que se guía por principios más evangélicos que de ética común y ramplona. El ciego Almudena, con su exotismo, nos remite al Madrid más castizo y doliente. Juliana, en el extremo opuesto, parece que en la dureza fónica del nombre ya nos prepara para recibir su comportamiento duro y egoísta, etc.
La imitación del lenguaje real, de la calle, propio de los estratos humildes e incultos, también es otro rasgo compositivo de la narrativa realista. Como el propio Galdós lo aclara en su prólogo, no hay por qué insistir más. Dotado de fino oído y armado con su libreta, nuestro novelista utiliza palabras y expresiones del hampa y de personajes suburbiales con gran propiedad; él mismo confiesa que a veces ignora lo que significan. El lenguaje popular en su nivel coloquial y, a veces, vulgar, ocupa una parte importante de los diálogos porque la novela se ocupa de esos ambientes y esos personajes. En consecuencia, todo resulta natural y coherente. En esta misma línea, el uso de ese bello recurso que es el estilo indirecto libre, adquiere una enorme maestría en Galdós. Aporta matización, riqueza, complicidad personaje-narrador-lector, etc. Un ejemplo lo aclara muy bien (párrafo inicial del capítulo IV):
¡María Santísima, San José bendito, qué comentarios, qué febril curiosidad, qué ansia de investigar y sorprender los propósitos del buen D. Carlos! En los primeros momentos, la misma intensidad de la sorpresa privó a todos de la palabra. Por los rincones del cerebro de cada cual andaba la procesión… dudas, temores, envidia, curiosidad ardiente. La señá Benina, queriendo sin duda librarse de un fastidioso hurgoneo, se despidió afectuosamente, como siempre lo hacía, y se fue. Siguióla, con minutos de diferencia, el ciego Almudena. Entre los restantes empezaron a saltar, como chispas, las frasecillas primeras de su sorpresa y confusión: «Ya lo sabremos mañana… Será por desempeñarla… Tiene más de cuarenta papeletas.
Esta novela posee una carga reflexiva muy importante. Galdós, cada vez más cervantino, nos proporciona un elemento estético –la novela— que nos induce, entre la melancolía y una benevolente mirada, a recapacitar en qué mundo vivimos, qué sociedad estamos creando, cómo nos tratamos los unos a los otros. Ética y estética se alían en un entramado artístico bellamente construido e inteligentemente desplegado con un uso maestro del lenguaje y de las herramientas narrativas. No nos extraña porque procede de la pluma de Pérez Galdós, un extraordinario y genial narrador, auténtico regalo para las letras españolas.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
2.1. Comprensión lectora
1) ¿Dónde, cuándo y por qué mendiga la señora Benigna?
2) Los hijos de doña Francisca, ¿han llevado una vida ejemplar? Aporta ejemplos que lo demuestren.
3) ¿Quién es el don Romualdo que se ha inventado Benigna? ¿Tendrá consecuencias reales?
4) ¿Dónde vive el ciego Almudena? Explica de dónde procede y qué persigue en la vida.
5) ¿Quién es el único personaje “burgués” de la novela? ¿Cómo actúa respecto de su familiar doña Francisca?
6) ¿Es cierto que don Francisco Ponte pasa hambre? ¿Por qué?
7) ¿Qué ocurre en El Abroñigal?
8) Los pobres, ¿desean ser recogidos en el asilo de la beneficencia? ¿Por qué? ¿Quiénes acaban ahí?
9) Francisco Ponte tiene un final trágico y a la vez hermoso: explica por qué.
10) En las escenas finales, ¿qué le pide Juliana a Benigna? ¿Por qué? ¿Qué demuestra este pasaje, al fin?
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Cómo apreciamos en la novela el choque entre la bondad y el egoísmo?
2) ¿Qué papel juega el azar, o la suerte en la novela? Piénsese en la figura de don Romualdo para contestar correctamente.
3) Galdós, ¿quiere sólo denunciar el estado calamitoso de las clases humildes de la sociedad? ¿Por qué?
4) ¿Qué papel juega en la novela los burgueses? ¿Por qué?
5) ¿Es correcto afirmar que Galdós se inventó lugares, personajes y situaciones para crear la novela? ¿Por qué?
2.3. Comentario de texto específico
«Una mañana [Juliana] salió precipitadamente, con mantón y pañuelo a la cabeza, y se fue a los barrios del Sur buscando a Benina, con quien tenía que hablar. Y por Dios que no gastó pocas horas en encontrarla, porque ya no vivía en Santa Casilda, sino en los quintos infiernos, o sea en la carretera de Toledo, a mano izquierda del Puente. Allí la encontró después de enfadosas pesquisas, dando vueltas y rodeos por aquellos extraviados caseríos. Vivía la anciana con el moro en una casita, que más bien parecía choza, situada en los terrenos que dominan la carretera por el Sur.
Almudena iba mejorando de la asquerosa enfermedad de la piel; pero aún se veía su rostro enmascarado de costras repugnantes: no salía de casa, y la anciana iba todas las mañanitas a ganarse la vida pidiendo en San Andrés. No sorprendió poco a Juliana el verla en buenas apariencias de salud, y además alegre, sereno el espíritu, y bien asentado en el cimiento de la conformidad con su suerte.
«Vengo a reñir con usted, señá Benina -le dijo sentándose en una piedra, frente a la casucha, junto a la artesa en que la pobre mujer lavaba, a respetable distancia del ciego, echadito a la sombra-. Sí, señora, porque usted quedó en ir a recoger la comida sobrante en nuestra casa, y no ha parecido por allí, ni hemos vuelto a verle el pelo.
-Pues le diré, señora Juliana -replicó Nina-. Puede creerme que no ha sido desprecio; no señora, no ha sido desprecio. Es que no lo he necesitado. Tengo la comida de otra casa, con lo cual y lo que saco nos basta; y así, bien puede usted dárselo a otro pobre, y para su conciencia es lo mismo… ¿Qué quiere usted saber? ¿Que quién me da la comida? Veo que le pica la curiosidad. Pues debo esa bendita limosna a D. Romualdo Cedrón… le he conocido en San Andrés, donde dice la Misa… Sí, señora: D. Romualdo, que es un santo, para que lo sepa… Y ya estoy segura, después de mucho cavilar, que no es el D. Romualdo que yo inventé, sino otro que se parece a él como se parecen dos gotas de agua. Inventa unas cosas que luego salen verdad, o las verdades, antes de ser verdades, un suponer, han sido mentiras muy gordas… Con que ya lo sabe».
Declaró la ribeteadora que se alegraba mucho de lo que oía referir; y que puesto que Don Romualdo la favorecía, Doña Paca y ella darían sus sobrantes de comida a otros menesterosos. Pero algo más tenía que decirle: «Yo estoy en deuda con usted, Benina, pues dispuse que mi madre política, a quien gobierno con una hebra de seda, le señalaría a usted dos reales diarios… Como no nos hemos visto por ninguna parte, no he podido cumplir con usted; pero me pesan, me pesan en la conciencia los dos reales diarios, y aquí se los traigo en quince pesetas, que hacen el mes completo, señá Benina.
-Pues lo tomo, sí señora -dijo Nina gozosa-; que esto no es de despreciar… Vienen a mí estas pesetillas como caídas del cielo, porque tengo una deuda con la Pitusa, calle de Mediodía Grande, y lo arreglamos dándole yo lo que fuera reuniendo, y peseta por duro de rédito. Con esto llego a la mitad y un poquito más. Pedradas de estas me vengan todos los días, señora Juliana. Sabe que se le agradece, y quiera Dios dárselo en salud para sí, y para su marido y los nenes».
Con palabra nerviosa, afluente y un tanto hiperbólica, aseguró la chulita que no tenía salud; que padecía de unos males extraños, incomprensibles. Pero los llevaba con paciencia, sin cuidarse para nada de su propia persona. Lo que la inquietaba, lo que hacía de su existencia un atroz suplicio, era la idea de que enfermaran sus niños. No era idea, no era temor: era seguridad de que Paquito y Antoñito caían malos… se morían sin remedio.
Trató Benina de quitarle de la cabeza tales ideas; pero la otra no se dio a partido, y despidiéndose presurosa, tomó la vuelta de Madrid. Grande fue la sorpresa de la anciana y del moro al verla aparecer a la mañana siguiente muy temprano, agitada, trémula, echando lumbre por los ojos. El diálogo fue breve, y de mucha substancia o miga psicológica.
«¿Qué te pasa, Juliana?» -le preguntó Nina tuteándola por primera vez.
-¿Qué me ha de pasar? ¡Que los niños se me mueren!
-¡Ay, Dios mío, qué pena! ¿Están malitos?
-Sí… digo, no: están buenos. Pero a mí me atormenta la idea de que se mueren… ¡Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de mí! No hago más que llorar y llorar… Ya lo ve usted…
-Ya lo veo, sí. Pero si es una idea, haz por quitártela de la cabeza, mujer.
-A eso vengo, señá Benina, porque desde anoche se me ha metido en la cabeza otra idea: que usted, usted sola, me puede curar.
-¿Cómo?
-Diciéndome que no debo creer que se mueren los niños… mandándome que no lo crea.
-¿Yo?…
-Si usted me lo afirma, lo creeré, y me curaré de esta maldita idea… Porque… lo digo claro: yo he pecado, yo soy mala…
-Pues, hija, bien fácil es curarte. Yo te digo que tus niños no se mueren, que tus hijos están sanos y robustos.
-¿Ve usted?… La alegría que me da es señal de que usted sabe lo que dice… Nina, Nina, es usted una santa.
-Yo no soy santa. Pero tus niños están buenos y no padecen ningún mal… No llores… y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar».
a) Comprensión lectora
1) Resume el texto (100 palabras)
2) Analiza los personajes que intervienen en el fragmento.
3) ¿Cómo se gana la comida Benigna con Almudena?
4) Juliana aparenta visitarla por una razón, pero luego es otra, ¿cuál?
5) ¿Qué enfermedad ha padecido el ciego Almudena? ¿Cuál es su estado?
6) ¿Qué personajes están felices y cuáles parecen desgraciados en este texto?
7) Localiza y explica los recursos estilísticos que aparecen en el texto.
b) Interpretación
1) ¿Dónde y cómo apreciamos la bondad y religiosidad de Benigna?
2) ¿Se puede afirmar que la fe aparece en este fragmento? Ejemplifica.
3) ¿Por qué se puede hablar de victoria moral de Benigna sobre el egoísmo en este fragmento?
4) Explica la situación financiera de Benigna y su reacción al dinero ofrecido por Juliana.
2.4. Fomento de la creatividad
 
1) Imagínate que vives en una situación económica y material como Benigna. ¿Cómo afrontarías tu vida?
2) Escribe un ensayo o texto argumentativo proponiendo medidas para acabar con la pobreza extrema en tu entorno o país.
3) Realiza una presentación en cartel o por medios informáticos sobre la vida y la obra de Pérez Galdós.
4) Escribe un texto literario inspirándote en el de Galdós, adaptado a tu realidad concreta, sobre personajes que vivan en extrema necesidad.
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