Historia de la Literatura Española Realista (teoría y práctica)

  1. LA LITERATURA REALISTA ESPAÑOLA
4.1. Introducción socio-cultural a la época realista
La vida socio-política en España en la segunda mitad del siglo XIX está dominada por “La Gloriosa”, la revolución progresista de 1868 que introdujo los más avanzados valores de justicia social y democrática en un ambiente de libertad. El liberalismo progresista burgués y las organizaciones obreras, ambos amordazados y reprimidos durante el reinado de Isabel 11 (1843—1868), eran el apoyo más firme de la revolución. El 3 de enero de 1874 el general Pavía disuelve las Cortes y se pone fin al experimento republicano y revolucionario. Un año después, el rey Alfonso XII regresa a España y comienza la “Restauración”, que se extiende hasta la muerte de la reina regente María Cristina de Habsburgo (1885—1902). En tanto que conservadores y liberales se alternan en el poder pacíficamente, las asociaciones extremistas (carlistas, socialistas y anarquistas) son proscritas o, en el mejor de los casos, toleradas pero estrechamente controladas.
Durante este período España pasa de ser un país preindustrial a otro semi-industrializado (con el consiguiente desarrollo de la industria pesada, los transportes, medios de comunicación, etc.). La pérdida en 1898 de las últimas colonias —Cuba, Puerto Rico y las Filipinas— supuso un tremendo choque emocional para los españoles, pues hubo de asimilar su progresiva pérdida de valor específico en el concierto de las naciones de su entorno. El aumento de la población es importante: se pasa de 15 millones a mitad de siglo, a 19 millones a finales del mismo. Los ideales de la revolución del 68 de educación generalizada fueron abandonados muy pronto, por lo que la debilidad cultural de la población hispánica apenas se palió (en 1877 había un 72% de analfabetos; en 1940, un 33.7%).
4.2. Referencias culturales
4.2.1. Ciencia y filosofía en relación con la literatura
A principios del siglo XIX el idealismo se impuso como corriente filosófica más prestigiosa. Como reacción ante éste, surgen, a mediados de siglo, nuevos modos de pensamiento (positivismo, socialismo, empirismo, etc.) que ponen el acento en la experiencia concreta, sensible y mensurable como la única realidad digna de tener en cuenta.
La ciencia recibe un fuerte impulso a lo largo del siglo XIX. La experimentación y la observación precisa se imponen como métodos de trabajo que conducen al hallazgo de la verdad. Este cientifismo influye poderosamente en la literatura en cuanto a temas y procedimientos. Por primera vez, se escribe sobre personajes marginados en ambientes sórdidos y miserables. Junto con los personajes burgueses, otros más inquietantes (subproletariado, locos, mendigos, etc.) se erigen en protagonistas de la literatura realista, narrando sus miserias cotidianas para sobrevivir en una sociedad hostil.
Nuevos procedimientos artísticos se imponen como modo de creación. La observación detallada de la realidad por parte del autor desemboca en un relato objetivo, totalizador y minucioso. A través de los personajes se muestra (o, a veces, se demuestra) cómo influye el medio social y la herencia congénita en el destino de los individuos -ello por influencia de las teorías evolucionistas de Charles Darwin y su Origen de las especies-o
4.2.2. La literatura de la sociedad burguesa
El burgués es el principal lector de la literatura realista. Posee la ilustración, el tiempo y los medios económicos necesarios para apreciar el arte y entregarse a su fruición, aunque junto a él también comienza a formar parte de los lectores un porcentaje creciente del proletariado. Pensando en este público lector y sus preferencias es como componen sus obras los artistas del período. Por eso en pintura se impone el naturalismo con sus temas campesinos y obreros. En literatura, por su parte, el reflejo de la realidad es un rasgo compositivo que nadie pone en duda.
El lector burgués, harto de los excesos retóricos grandilocuentes y atrabiliarios de los posrománticos, prefiere un arte realista, aparentemente objetivador, y que re- fleje sus preocupaciones (económicas y sentimentales, principalmente). Este lector desea que los libros le hablen de sus anhelos y miedos, que estén protagonizados por personajes como él y que le cuenten historias como las que le acontecen a él, sin necesidad de finales forzados o extravagantes. Las clases humildes leían novelas por entregas -de argumento disparatado- publicadas en la prensa periódica (no tenían suficientes recursos para comprar libros), en general de ínfima calidad.
Corolario de lo dicho es que la novela se erige como el género literario preferido por los burgueses. El burgués gusta de leer a solas en la comodidad de su casa historias verosímiles, por eso rehúye el teatro (con todo lo que conlleva de acto social cada representación) y no se interesa por la subjetividad poética de individuos que muchas veces critican el orden social con el que él se siente plenamente satisfecho.
4.3. Teoría literaria
4.3.1. Realismo y naturalismo en la literatura
4.3.1.1. Características del realismo literario
El Realismo es una tendencia artística europea que se enmarca, aproximadamente, en la segunda mitad del siglo XIX y que, a través de la literatura y otras artes, aspira a reflejar la realidad de modo objetivo. El realismo como corriente literaria (y pictórica) surge inicialmente en Francia, donde floreció una novela realista de enorme mérito; después se extendió a otros países del entorno occidental. Las pautas estilísticas más llamativas son:
— Reproducción exacta y completa de la realidad social. Todos los temas pueden —y deben— ser objeto de atención del escritor, desde los más heroicos hasta los más humildes, para lo que el autor se documenta minuciosamente sobre el asunto que desea tratar.
— Las obras reparten su atención por igual entre los personajes y los ambientes sociales (preferentemente urbanos). Los protagonistas son individuos analizados psicológicamente hasta la exhaustividad, de modo que el lector conoce los más íntimos recovecos de su alma.
— Las técnicas literarias preferidas son las de un narrador omnisciente que, a modo de cronista, relata distanciadamente (y a veces con displicencia) lo que ocurre a sus personajes en un estilo sencillo, pero elaborado y verista; por eso los autores hacen que sus personajes imiten el habla de la realidad.
— Las acciones de las novelas responden a hechos verosímiles y coetáneos localizados en lugares concretos y reales bien conocidos (recuérdese el Madrid de Galdós) o con nombre imaginario de trasfondo real (así Vetusta y Oviedo en La Regenta, de Clarín).
— Los novelistas realistas suelen profesar una ideología progresista y, a veces, la dejan translucir en sus novelas (aunque los grandes autores no se pronuncian y dejan que el autor extraiga sus conclusiones). Toman partido ante la realidad, por eso denuncian las injusticias flagrantes y reclaman una mayor atención para los desposeídos.
4.3.1.2. Características del naturalismo literario
El Naturalismo surgió en Francia como producto radicalizado de la evolución del Realismo. Su máximo representante, el novelista Émile Zola expuso las ideas naturalistas: el escritor naturalista aspiraba a realizar un acto científico con la escritura de una novela, pues ésta equivalía al estudio del hombre en unas determinadas circunstancias hereditarias y socio-económicas.
Fundamentado en las teorías positivistas, deterministas y socialistas, el Naturalismo denuncia las injusticias sociales y trata de demostrar el ineluctable poder de la herencia y el medio sobre el individuo. No es de extrañar que en las novelas naturalistas predominen los ambientes más sórdidos y tenebrosos poblados de los personajes más siniestros. Sin embargo, la calidad de las novelas naturalistas distan mucho de las realistas.
La literatura realista y naturalista floreció, al mismo tiempo que en España, en Francia (con autores de la talla de Stendhal, Balzac, Flaubert), Inglaterra (representada por Ch. Dickens), Rusia (que dio geniales novelistas como Fiódor M. Dostoievski y Liev N. Tolstoi), Italia y Portugal.
4.3.2. La novela realista española
La narrativa realista en España ofrece tres parcelas cronológicas bien diferenciadas:
a) Novela pre-realista: se ocupa de temas castizos o populares desde un ángulo amable narrados con detalle. Dos autores representan esta tendencia: Femán Caballero y P. A. de Alarcón.
b) Novela realista: ofrece una visión crítica de la vida de la burguesía en sus más variados aspectos con técnicas realistas. Los tres autores más significados son B. Pérez Galdós, Clarín y E. Pardo Bazán.
c) Novela del realismo tradicionalista: practica una defensa de los valores conservadores y tradicionales en novelas de técnica entre realista y costumbrista. Tres autores la representan: J. M. Pereda, J. Valera y A. Palacio Valdés.
4.3.2.1. La novela pre-realista
A mediados de siglo en España predomina un posromanticismo desvaído que-explotaba la vena histórica tanto en novela como en poesía narrativa y drama. Al tiempo, se produjo una reacción desde círculos tradicionalistas que atacaron duramente al romanticismo, acusándolo de falso o de subversivo, acabando de perder el poco prestigio que le quedaba.
El realismo no triunfa hasta la revolución de “La Gloriosa” (1868). Antes se detecta un pre-realismo -de tono costumbrista y pintoresco, y de ideología conservadora- representado por novelistas como Fernán Caballero y Pedro Antonio de Alarcón.
Entre la primera novela de Galdós (La fontana de oro, 1870) y su última gran novela (El abuelo, 1897) alcanza el realismo su cenit. Ello no quiere decir que los autores pre-realistas carezcan de importancia. Realizaron un gran esfuerzo por alejarse de los argumentos históricos o costumbristas y adoptar un estilo contenido, sobrio, sencillo y a tono con la materia descrita.
La evolución natural del costumbrismo romántico está representado por el pre-realismo. Las novelas pre-realistas tienen un aire costumbrista y verista, incidiendo en lo pintoresco y folclórico. Los personajes conservan un poso romántico y sentimentalista que los desrealizan. El estilo camina hacia la sencillez y claridad expresivas.
Fernán Caballero -su nombre auténtico era Cecilia Bohl de Faber- (Morges, Suiza, 1796 — Sevilla, 1879) escribió novelas melodramáticas en ambientes pintorescos con un tono poético de naturalidad y verdad (dos de sus méritos) pero guiada de un afán didáctico -de tendencia conservadora, católica y monárquica- y patriotero que alejan a sus obras del auténtico realismo. Los personajes funcionan como símbolos (tipos que encarnan la categoría social, política o moral que desea la novelista). Las descripciones son certeras y felices, los diálogos resultan naturales, sueltos y espontáneos, y la narración vivaz y dotada de intriga.
En La Gaviota (1849) novela la vida de Marisalada, “la Gaviota”, casada con un médico alemán, Stein, a quien traiciona al enredarse con el torero Pepe Vera. El marido se va a Cuba y muere; el torero muere de una cornada y la Gaviota vuelve a su pueblo, Villamar, donde se casa con un antiguo pretendiente desdeñado, el hijo del barbero. La familia de Alvareda (1849) es un drama rural entrelazado de amores apasionados y acciones guerreras ubicado en Dos Hermanas (Sevilla). Está contada con precisión y naturalidad. Otras novelas son Lágrimas y Clemencia. Fue una excelente epistológrafa, y hoy sus cartas se leen con gusto. Presentamos un breve texto de La Gaviota (cap. XXVI):
El mundo es un compuesto de contrastes. No es muy nueva, ni muy original esta observación; pero cada día se nos presentan a la vista la aurora y el ocaso, y cada vez nos sorprenden y admiran, a pesar de su repetición.
Así es que, mientras el pobre pescador ofrecía a sus humildes y piadosos amigos el grande y augusto espectáculo de la santa muerte del cristiano, su hija daba al público de Madrid, frenéticamente entusiasmado, el de una prima donna sin una gota de sangre italiana en las venas, y que eclipsaba ya en el ejercicio de su arte al mismo gran Tenorini. Había lo bastante con esto para restablecer el antiguo y noble orgullo de los tiempos de Carlos IV; para libertamos por siempre jamás amén de la rabia y comezón de imitar, recobrando nuestra inmaculada y pura nacionalidad; en fin, había lo bastante para decir al monumento del Dos de mayo, a la estatua de Felipe IV y a la de Cervantes: “Humillaos, sombras ilustres, que aquí viene quien sobrepuja vuestra grandeza y vuestra gloria”. No faltaron entusiastas que pensasen acudir a la reina, para que se dignase ennoblecer a María, dándole un escudo de armas, cuyo lema, imitando al de los duques de Veragua, en lugar de: A Castilla y a León, nuevo mundo dio Colón, dijese: A alta y baja Andalucía, nueva gloria dio María (…). Otro joven embozado hasta los ojos en su capa, estaba cerca de aquel grupo, y se mantenía inmóvil y callado; pero cuando se trató de las dotes físicas, dio colérico con el pie un golpe en el suelo.
—Apuesto cien guineas, vizconde de Fadiése (fa sostenido) —decía nuestro amigo sir John Bumwood, que, no habiendo obtenido licencia para llevarse el Alcázar, pensaba en renovar la misma demanda con respecto a El Escorial-, apuesto a que esta mujer hará más ruido en Francia que madame Laffarge; en Inglaterra que Tom Pouce, y en Italia que Rossini.
—No lo dudo, sir John —respondió el vizconde.
—¡Qué ojos tan árabes! —añadió el joven don Celestino Armonía. ¡Qué cintura tan esbelta! En cuanto a los pies, no se ven, pero se sospechan; en cuanto al cabello, la Magdalena se lo envidiaría.
Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833 — Madrid, 1891) también redactó novelas y cuentos empeñado en moralizar cristianamente al lector desde postulados del romanticismo tardío. Escribió cuentos deliciosos (entre los que destaca “El clavo”, “El carbonero alcalde”, etc.). Su obra más valiosa es El sombrero de tres picos (1874), donde maneja con habilidad la suspensión y la intriga en una prosa cuidada. Un corregidor trata de seducir a la “señá Frasquita”, esposa del molinero, el tío Lucas, pero cae al agua y lo salva in extremis la molinera. El marido regresa de una salida y, • al observar las ropas del corregidor, trata de deshonrarlo del mismo modo que él imagina que lo deshonró a él. Al fin todo se arregla, pero la corregidora condena a su marido a no saber lo que pasó en su dormitorio. Ofrecemos un texto de esta novela:
Así discurrió el tío Lucas, tal vez sin darse cuenta de ello puntualmente, y, en virtud de semejante discurso, colocó el arma en su sitio, y principió a pasearse con los brazos atrás y la cabeza baja, como buscando su venganza en el suelo, en la tierra, en las ruindades de la vida, en alguna bufonada ignominiosa y ridícula para su mujer Ir’ para el Corregidor, lejos de buscar aquella misma venganza en la justicia, en el desafío, en el perdón, en el cielo… , como hubiera hecho en su lugar cualquier otro hombre de condición menos rebelde que la suya a toda imposición de la naturaleza, de la sociedad o de sus propios sentimientos.
De repente, pararonse sus ojos en la vestimenta del Corregidor… Luego se paró él mismo… Después fue demostrando, poco a poco, en su semblante, una alegría, un gozo, un triunfo indefinibles…; hasta que, por último, se echó a reír de una manera formidable…, esto es, a grandes carcajadas, pero sin hacer ningún ruido (a fin de que no lo oyesen desde arriba), metiéndose los puños por los ijares para no reventar, estremeciéndose todo como un epiléptico, y teniendo que concluir por dejarse caer en una silla hasta que le pasó aquella convulsión de sarcástico regocijo. Era la propia risa de Mefistófeles.
No bien se sosegó, principió a desnudarse con una celeridad febril; colocó todas sus ropas en las mismas sillas que ocupaba la del Corregidor; pusose cuantas prendas pertenecían a éste, desde los zapatos de hebilla hasta el sombrero de tres picos; ciñóse el espadín; embozóse en la capa de grana; cogió el bastón y los guantes; y salió del molino y se encaminó a la ciudad, balanceándose de la propia manera que solía don Eugenio de Zúñiga, y diciéndose, de vez en cuando, esta frase que compendiaba su pensamiento:
—¡También la Corregidora es guapa!
4.3.2.2. La novela realista
Emilia Pardo Bazán (A Coruña, 1851 — Madrid, 1921) introdujo en España la discusión sobre el naturalismo (que ya había prendido en Francia), que rechazaba por pseudocientífico y por su tendencia hacia los temas sórdidos y feos. A cambio, defiende el realismo “a la española”. Así lo practica en su mejor novela, Los pazos de Ulloa (1886). Relata la historia de una nobleza rural gallega embrutecida que comete todo tipo de tropelías sobre víctimas inocentes. He aquí una breve muestra de su arte narrativo (capítulo 22):
—¿Y qué es tirar al vuelo, don Julián? -le preguntaron todos.
Como el capellán se quedase parado al hacérsele tan insidiosa pregunta, ocurrióseles a los cazadores que sería cosa muy divertida darle a Julián una escopeta y un perro y que intentase cazar algo. Quieras no quieras, fue preciso conformarse. Se le destinó el Chonito, perdiguero infalible, recastado, de hocico partido, el más ardiente y seguro de cuantos canes iban allí.
—En cuanto vea que el perro se para —explicábale don Eugenio al novel cazador, que apenas sabía por dónde coger el arma mortífera—, se prepara usted, y le anima pa- ra que entre…, y al salir las perdices, las apunta y hace fuego cuando se tiendan … Si es la cosa más fácil del mundo …
Chonito caminaba con la nariz pegada al suelo; sus ijares se estremecían de impaciencia; de cuando en cuando se volvía para cerciorarse de que le acompañaba el cazador. De pronto tomó el trote hacia un matorral de urces, y, repentinamente, se quedó parado en actitud escultural, tenso e inmóvil, como si lo hubiesen fundido de bronce para colocarlo en un zócalo.
—¡Ahora! —exclamó el de Naya—. ¡Eh, Julián, mándele que entre!…
—Entra, Chonito, entra —murmuró, lánguidamente, el capellán.
El perro, sorprendido por el tono suave de la orden, vaciló; por fin, se lanzó entre los urces, y al punto mismo se oyó un revoloteo, y el bando salió en todas direcciones.
—¡Ahora, condenado, ahora! ¡Ese tiro! —gritó don Eugenio.,
Julián apretó el gatillo… Las aves volaron raudamente y se perdieron de vista en un segundo. Chonito, confuso, miraba al que había disparado, a la escopeta y al suelo; el hidalgo animal parecía preguntar con los ojos dónde se encontraba la perdiz herida, para portarla.
4.3.2.2.1. Cala literaria: Leopoldo Alas, “Clarín”
a) Trayectoria biográfica y producción literaria
Leopoldo Alas, Clarín (Zamora, 1852 — 0viedo, 1901) recibió una educación krausista y realizó estudios de Derecho. Tras diversos destinos, ejerció como catedrático de Derecho en la universidad de Oviedo, donde vivió la mayoría de su vida. Alternaba la crítica literaria (aguda y brillante) con la creación. Murió a la temprana edad de 49 años.
Sus artículos de crítica literaria, en contra del amiguismo de la época, son implacables y duros, a veces irónicos y satíricos, sobre obras pésimas hoy olvidadas. Los publicó en la prensa y luego fueron reunidos en tomos (Solos de Clarín, Palique, etc. son algunos de sus títulos).
Por lo que respecta a la literatura de creación, es autor de novelas cortas y cuentos deliciosos —que compuso entre 1876 y 1899— sobre personajes humildes y modestos, víctimas del mundo. Son especialmente memorables “Pipá”, “Doña Berta” y “Adiós, Cordera”. En 1890 publicó la novela Su único hijo, con fuerte sentido moral y comprensión humanitaria hacia las debilidades. Pero la inmortalidad literaria la alcanzó con la escritura de tal vez la mejor novela del siglo XIX: La Regenta (1884-1885).
b) “La Regenta “, culmen de la novela realista
La Regenta relata pormenorizadamente la vida aburrida de provincias de un abanico de personajes patéticos y mezquinos, entre los que sobresale la protagonista, Ana Ozores, una chica algo pusilánime e indecisa. Ana se encuentra dividida entre el afecto a su marido, el soñador y trasnochado D. Víctor Quintanar, regente de Vetusta (trasunto de la ciudad de Oviedo), la atracción sumisa por su enérgico confesor, Fermín de Pas, y el impulso erótico hacia el don juan local, Álvaro Mesía, que trata de conquistada como un trofeo más a añadir a su colección. Ella es un juguete con en- soñaciones románticas en manos de hombres más fuertes y calculadores que la utilizan para saciar sus ansias de poder en la sociedad local. La arrastrarán hasta la tragedia en la que los débiles sucumben y los demás siguen con sus diversiones y codicias más o menos confesables y en general amorales, índice de su estolidez.
Clarín utiliza magistralmente la técnica realista para mostrarnos críticamente las ilusiones y decepciones de personajes burgueses, nobles o humildes en su afán por escapar de sus congojas cotidianas. Crea personajes dotados de enorme calado (por eso nos parecen coherentes y verosímiles) y penetra en la profundidad psicológica de cada uno de ellos con admirable talento narrativo.’
c) Arquitectura narrativa en “La Regenta”
La novela, muy extensa, pero donde nada sobra, se divide en dos partes, de quince capítulos cada una. La primera abarca tres años; la segunda, tres días. En cada capítulo, de muy variada extensión, se presentan secuencias perfectamente estructuradas, construyendo microcosmo s narrativos coherentes y trabados.
El ritmo narrativo es lento, pausado; el narrador se demora en transmitimos la interioridad más recóndita de los personajes y el ambiente de corrupción moral y provincianismo asfixiante de la ciudad de Vetusta. Dispone cuidadosamente los elementos de la intriga, que dosifica acertadamente y aumentan las interrogantes del lector sobre el desenlace final, incrementando el interés por la lectura.
Clarín utiliza un lenguaje muy elaborado, pero a la vez transparente y significativo. Interesado en la escritura tersa y ágil, evita el alambicamiento melifluo del posromanticismo y la simpleza tradicionalista del costumbrismo. Ello lo logra con un léxico seleccionado por su expresividad y propiedad, una sintaxis muy limada y el adecuado empleo de procedimientos retóricos (principalmente metáforas y comparaciones).
EL ENCUENTRO CON LA LECTURA: La Regenta
Capítulo I
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente que los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los cristales de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre de la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo XVI, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armo- nía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura.
Capítulo VII  
Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión de su sentido moral, le hacían afeminado en el alma, en el sentido de parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores, ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del vicio fácil y corriente.
Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para damas se rige por le- yes de una moral privilegiada, mucho menos severa que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ella, y sin pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como el de los libros y las comedias; ( … ). En un cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito.( … )
Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había dicho una palabra de amor a su amiga Anita, ésta le estimaba mucho; lo poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros; en la casa del marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir de Paquito. ( … ) .
Capítulo XIV
Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al Magistral.
Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que le reprendiese por sus condescendencias con las señoras “protectrices” de la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.
—¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas? Yo no veo bien. De Pas se acercó y leyó.
—¡Chico, apestas! ¿Qué has bebido?
Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.
—¿Que apesto? ¿Por qué?
—A bebida hueles. No sé a qué…, a ron…, qué se yo.
De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.
—A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?
—¿De qué?
—De que comías fuera…
—Pero ¿usted sabe…?
—Ya lo creo, hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora vuelta. Que si le había pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada, que yo debía saber algo…  El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera disimularlos.
—Yo —continuó Fortunato— les dije que no se apurasen, que habrías comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de días…, y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?
—¡No, señor!
—¿Con Páez?
—¡No, señor! ¡Mi madre…, mi madre me trata como a un niño!
—Te quiere tanto la pobrecita…
—Pero esto es demasiado…
—Oye —exclamó el Obispo dejando de leer pruebas—, ¿de modo que aún no has vuelto a casa?
El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:
—Hasta mañana —y había cerrado tras de sí la puerta del gabinete con más fuerza de la necesaria.
—Tiene razón el muchacho —se quedó pensando el Obispo, que trataba al Magistral como un padre débil a un hijo mimado—. Esta Paula nos maneja a todos como muñecos.
Y continuó corrigiendo la Pastoral. 
Capítulo XXIII
Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermín. Fue en el gabinete de doña Petronila. Ella los encontró…; pero sonriéndoles y saludando con la mano le dijo, desde la puerta:
—Nada, nada… Venía por unos papeles… Ya volveré…
Ana iba a llamarla: “no había secretos, ¿por qué se retiraba aquella señora? …”. Esto quería decirle, pero un gesto del Magistral la contuvo.
—Déjela usted —dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta siempre le sonaba bien. Eso quería ella, que el Magistral mandase, dispusiera de ella y de sus actos.
Ana se volvió hacia De Pas, que estaba cerca del balcón, y le sonrió como poco antes en la catedral. Aquella sonrisa pedía perdón y bendecía.
Don Fermín estaba pálido, le temblaba la voz. Estaba más delgado que por el verano. En esto pensaba Anita.
—¡Estoy tan cansado! —dijo él, y suspiró con mucha tristeza.
Anita se sentó a su lado, al verle dejarse caer en una butaca.
—¡Estoy tan solo!
—¿Cómo solo?… No entiendo.
—Mi madre me adora, ya lo sé, pero no es como yo; ella procura mi bien por un
camino… que yo no quiero seguir ya. Usted sabe todo esto, Ana.
—Pero… ¿por qué está usted solo? Y… ¿los demás?
—Los demás… no son mi madre. No son nada mío. ¿Qué tiene usted, Ana? ¿Se
pone usted mala? ¿Qué es esto? Llamaré…
—No, no, de ningún modo… Un escalofrío…, un temblor… Ya pasó… Esto no es nada.
—¿Tendrá usted un ataque?
—No…, el ataque se presenta con otros síntomas … Deje usted…, deje usted. Esto
es frío…, humedad…, nada…’
Callaron.
De Pas vio que Ana contenía el llanto que quería saltar a la cara.
—¿Qué sucede aquí? Yo necesito saberlo todo, tengo derecho…, creo que tengo
derecho…
Ana cayó de rodillas a los pies de su hermano mayor, y sollozando pudo decir:
—Sí, todo lo sabrá usted…, pero aquí no, en la iglesia… Mañana…, temprano…
—¡No, no, esta tarde!
El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos y llevó los puños crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete. Volvió a paso largo al lado de la Regenta, que seguía de rodillas, sollozando y ahogando el llanto para que no sonase.
—Ahora, Ana, ahora es mejor… Aquí…, aún hay tiempo…
—Aquí no, no… Ya es hora…, va usted a llegar tarde…
—Pero ¿qué es esto?, ¿qué pasa? Por caridad…, señora…, por compasión, Ana… no
ve usted que tiemblo como una vara verde… Yo no soy un juguete… ¿Qué pasa? ¿Qué debo temer?… Ayer ese hombre estaba borracho… Él y otros pasaron delante de mi casa… a las tres de la madrugada… Orgaz le llamaba a gritos: “¡Álvaro! ¡Álvaro!, aquí vive… tu rival.” Eso decía, tu rival ¡La calumnia ha llegado hasta ahí!…
Ana miró espantada al Provisor. Parecía que no comprendía sus palabras…
—Sí, señora, les pesa nuestra amistad, y quieren separamos, y así podrán conseguirlo…, echar lodo en medio…, y se acabó…
Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se había acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; él pensaba en ella, pero no con- venía a sus planes decir a la Regenta: yo soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con malicia… Pero ahora, sin poder contenerse, había dicho: tu rival, con fuerza…, aunque aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta.
Capítulo XXX
El confesionario crujía de cuando en cuando, como si le rechinaran los huesos.
El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata… La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato, y al fin quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el provisor dentro del confesonario.
Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche.
Ana esperaba sin aliento, resuelta a acudir, la seña que la llamase a la celosía.
Pero el confesionario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la madera.
Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de cristal fija, parecía; dominado por el espanto, como si esperase una escena trágica inminente.
Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño…
Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba.
La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso que en las grandes crisis le acudía… y se atrevió a dar un paso hacia el confesionario.
Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos, como los del Jesús del altar…
El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el terror le decía que iba a asesinarla.
El Magistral se detuvo. Cruzó los brazos sobre el vientre. No podía hablar, ni que- ría. Temblábale todo el cuerpo; volvió a extender los brazos hacia Ana… , dio otro paso adelante… , y después, clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque ciego, procuró no tropezar con los pilares y llegó a la sacristía, sin caer ni vacilar siquiera.
Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido.
La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.
Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando.
Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.
Después de cerrar tuvo la aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en la oscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras veces… y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, como un suspiro.
Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.
Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia; y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
Pautas para el comentario
  1. Resume los textos de La Regenta aquí leídos.
  2. Caracteriza -física y psíquicamente- los personajes que intervienen, sobre todo al Magistral, a don Álvaro Mesía y a Ana Ozores, la Regenta.
  3. Indica el espacio donde se desarrolla la acción. ¿Cómo la percibe el narrador, con agrado y afecto o de otro modo? ¿En qué persona y tiempo está narrada la acción? ¿Por quién?
  4. El autor se vale de ciertas imágenes para potenciar el texto: localízalas y explica su significado.
  5. Aplica las características de la técnica literaria realista al texto y muestra con ejemplos cómo las utiliza el autor.
4.3.2.2. Cala literaria Benito Pérez Galdós
a) Biografía y producción literaria de Pérez Galdós
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) es un eximio representante de la novela realista española. Finalizó estudios de derecho en la universidad de Madrid (1869), completados con otros artísticos y literarios por su cuenta. Ejerció de periodista desde 1865 en diversos periódicos de la capital. Realizó algunos viajes al extranjero, lo que le permitió conocer otras literaturas europeas de primera mano. Es importante, por ejemplo, el que cursó a Francia en 1867, momento en que descubrió a Balzac, quien ejerció una honda influencia sobre su obra, junto con Dickens y Cervantes. Él mismo era editor de sus libros, y fue de los primeros escritores que logró vivir de la venta de sus obras. En 1897 ingresó en la Real Academia Española, organismo que le negó su apoyo por dos veces (1905 y 1912) como candidato al Nobel.
De ideología progresista, fue congresista republicano en dos ocasiones (1906 y 1910), pero pronto se desengañó de la política, aunque sus ideas socialistas de inspiración humanitaria siguieron invariables. Acabó sus días penosamente en medio de estrecheces económicas, una amenazante ceguera y el fracaso como autor dramático, junto con la incomprensión de los escritores más jóvenes de la Generación del 98. Galdós es uno de los escritores más prolíficos de la literatura española. Durante cerca de medio siglo publicó novelas y estrenó dramas sin interrupción (su primera novela salió a la luz en 1870 y cerró los Episodios Nacionales en 1913). En conjunto, escribió setenta y ocho novelas y veintidós obras teatrales. Su narrativa se agrupa en los siguientes ciclos:
a) De 1868 a 1875: es el período de aprendizaje y de los primeros tanteos. Recibe influencias de las novelas sociales (o de folletín), publicadas por entregas, de la narrativa costumbrista posromántica (Fernán Caballero) y de la novela histórica a lo Walter Scott. Su estilo aún está en formación. De esta época sobresale su primera novela, La fontana de oro (1868).
b) El “período abstracto” abarca de 1876 a 1878. A propósito del debate de la’ cuestión religiosa, Galdós escribe cuatro novelas fuertemente críticas e ideologizadas contra la práctica de un cristianismo asfixiante y ritual. Se trata de Doña Perfecta (1876), Gloria (1876-1877), La familia de León Roch (1878) y Marianela (1878). Son novelas situadas en lugares imaginarios dotadas de un fuerte conflicto dramático donde la intriga decae en favor de la exposición del asunto religioso desde posiciones liberales.
c) Desde 1881 hasta 1890 Galdós escribió veintiuna “novelas españolas contemporáneas”. En plena madurez artística, buen conocedor de los recursos de la-novela realista, estas obras constituyen un gran cuadro del Madrid de la revolución del 68 y de la Restauración. Galdós, con un sabio manejo de la intriga, profundiza en la psicología y conflictos de sus personajes (muchos de ellos burgueses de clase media —sus preferidos—, pero sin faltar de otros estratos) y dibuja hasta el detalle el ambiente urbano con complejas formas narrativas. Sobresalen El amigo Manso (1882), La de Bringas (1884) y, sobre todo, Fortunata y Jacinta (1885-1886).
d) Las novelas espiritualistas las escribió Galdós de 1891 a 1897. Desde una posición religiosa ambigua, bajo el influjo del neocristianismo de la novela rusa (Tolstoi), crea una serie de novelas donde la realidad va mucho más allá de la apariencia. El comportamiento de muchos personajes está determinado por el fenómeno de la creencia cristiana. Las novelas más memorables de esta etapa son Nazarín (1895), Halma (1895) y Misericordia (1897). Estas obras representan la superación del realismo y nos ofrecen al Galdós más comprensivo y preocupado por los problemas humanos.
e) Los Episodios Nacionales constituyen un amplio conjunto de relatos sobre la historia contemporánea de España que Galdós noveló en distintos momentos de su vida.
Con la composición de los Episodios, Galdós perseguía una intencionalidad didáctica, apoyándose en presupuestos liberales y progresistas: pretendía aleccionar a sus conciudadanos sobre la necesidad de la tolerancia, la responsabilidad y el honor en la convivencia cívica. Se inspiró en Balzac, a quien admiraba, como modelo (La Comedia humana) para su realización. En el conjunto de los episodios, mezcla ciertos elementos ficticios (la acción individual de personajes inventados) con otros colectivos (o históricos, que había tomado de los libros de historia reciente y de testimonios vivos). La historia es la urdimbre sobre la que se teje la acción novelesca; de este modo, personajes reales e imaginarios se entreveran a lo largo de la obra.
Galdós también escribió teatro, pero con un éxito discreto. Ya a finales de siglo había compuesto lo que él denominaba “novelas dialogadas” (obras donde sólo existen diálogos enmarcados por ciertas acotaciones). Algunas de sus obras, como Electra (1901) obtuvieron la aprobación del público, pero la mayoría fracasó por la alta carga de ideas y simbolismo de su teatro, en abierta oposición al del triunfante y vacuo Echegaray.
b) Ideología y literatura en Galdós
Galdós fue uno de los pocos escritores realistas afectos al liberalismo progresista, influido por el krausismo (con su defensa de la educación como motor de cambio) y las teorías evolucionistas. Preocupado por el destino de España, consideraba su actividad literaria como un acto de patriotismo en defensa del progreso y avance de la nación en prosperidad y libertad.
Retrató a la clase media (que él consideraba como la verdadera impulsora del país) con simpatía y esperanzado en sus resultados, a tono con el regeneracionismo. Más adelante, decepcionado por el curso del país tras la Restauración, denunció la abulia y la espantosa mediocridad de esa misma burguesía. Desde entonces confiará más en los individuos (con impulsos idealistas), sin reparar en su origen social, que en la colectividad.
Su actitud crítica ante la realidad histórica española (en contraposición con la benevolente de Pereda, Palacio Valdés, etc.) le lleva a presentar en sus novelas situaciones conflictivas. Precisamente por eso, a veces selecciona a personajes pobres y muestra, sin melodramas, pero con rigor patético, su dramática existencia. A través de ellas denuncia la intolerancia y el egoísmo de muchos sectores de la población, pero con un rayo de esperanza sobre la solución a los múltiples problemas de la vida española en el siglo XIX.
c) Presentación de una novela espiritualista: “Misericordia”
La novela fue escrita e impresa en 1897. Su éxito lo avalan las numerosas ediciones (pasan de 20), y las traducciones (al alemán, checo, francés, inglés e italiano).
Superada la fase puramente realista, Galdós se propone ofrecemos una visión más compleja y profunda de la sociedad española contemporánea. Ahora observa atentamente los ideales de los personajes, sus esperanzas, creencias y miedos; los analiza pormenorizadamente y en el discurso de la novela se aprecia cómo el componente espiritual de los personajes es tan importante como los condicionantes materiales. En este contexto, los sueños son una parte importante de la realidad: los personajes manifiestan a menudo su convicción -compartida con el narrador- de que la vida es algo más que un conjunto de circunstancias materiales. En concreto, las creencias religiosas se revelan como verdadero motor de la acción porque condicionan el modo de actuar de los individuos.
Misericordia trata del poder de la caridad como remedio para superar las calamidades materiales. La novela nos muestra, al margen de ideologías y de clases sociales, la bondad verificada en altruismo que nace de una profunda fe religiosa y un sentido práctico de la vida, encarnado en el personaje de Benigna.
Simultáneamente, la obra es una visión profunda de la intrahistoria de la sociedad española decimonónica, con todas sus esperanzas y miserias. Aunque existe un personaje principal, Benigna, de extracción humilde, por la novela aparecen otros muchos, de clase media y baja, presentados en su lucha cotidiana por sobrevivir.
La estructura de la novela no es compleja -dado que el argumento es lineal-, aunque sí elaborada (abundancia del flash back, acción concentrada en pocos días, focalización alterna entre los distintos personajes, etc.). Se pueden discernir los siguientes apartados:
a) Capítulos I-III: Como en un encuadre, nos presentan, de modo realista y objetivizado, el mundo de la mendicidad madrileña a la puerta de la iglesia de San Sebastián.
b) Capítulos IV-XX: El autor enfoca al conjunto de los personajes (de clase media ahora) más importantes de la novela y nos ofrece su presente con “excursus” retrospectivos sobre su pasado. Doña Francisca Juárez y sus hijos (Antonio y Obdulia) y Frasquito Ponte son los más importantes.
c) Capítulos XXI-XXXI: El narrador nos ofrece un detallado cuadro de las miserias cotidianas de estos personajes, faltos de medios para sobrevivir, por lo que Benigna debe recurrir a su ingenio para dar de comer a todos ellos a base de préstamos de dudoso reembolso, práctica de la mendicidad, etc.
d) Capítulos XXXII-“Final”: Se acaban las tribulaciones materiales (doña Francisca y Frasquito han recibido una herencia) pero comienzan las espirituales tras expulsar a Nina de casa. Sólo Frasquito Ponte sabe ser agradecido, aunque su prematura muerte lo frustra. Pero al fin se impone el triunfo espiritual de Nina reconocido incluso por sus contradictores.
El relato gira en torno a las actividades del personaje principal, Benigna (también llamada la Nina y Benina), criada de doña Francisca. Nacida en Guadalajara, ha vivido en Madrid sirviendo a doña Paca desde muchacha. Es un personaje dotado de una fortaleza física y espiritual excepcional. Sus creencias cristianas y su sentido práctico de la vida le permiten ejercer la misericordia hasta límites increíbles: mantiene a su señora y a su hija, pero además cuida del ciego Almudena y reparte pan o prepara un puchero entre los pobres de solemnidad. El ciego Almudena (o Mordejai) es un personaje complejo y problemático. De origen marroquí, de religión judía, ejerce la mendicidad a la puerta de la iglesia de San Sebastián. Profundamente religioso, desprendido, idealista y sentimental (se enamora perdidamente de Benigna), sólo aprecia la nobleza del alma, al tiempo que desprecia a los interesados.
Sobre las técnicas compositivas, Galdós sigue las pautas del realismo y practica sus procedimientos narrativos: narrador omnisciente que escribe en tercera persona y en pasado, y que conoce hasta los más mínimos detalles de la vida de sus personajes; se distancia de los acontecimientos y personajes; la descripción de los ambientes urbanos madrileños (humildes y elevados) y la narración de acontecimientos es detallada, verídica y exhaustiva; los diálogos (salpicados de lenguaje popular) están manejados con destreza.
EL ENCUENTRO CON LA LECTURA: Misericordia
Capítulo 1
Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián, mejor sería decir iglesia… dos caras que seguramente son más graciosas que bonitas: la una mira a los barrios bajos, enfilándolos por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana, la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone en jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquí advertiréis el encanto, la simpatía, el ángel, dicho sea en anda- luz, que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio bifronte, con su torre barbiana, el cupulín de la capilla de la Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, majo, por decirlo de una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente, como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también es un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiempos viejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindo mamarracho.
Capítulo VI
—¿Querrá Dios traemos mañana un buen día? -dijo con honda tristeza la señora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa prontitud, reunía astillas y carbones.
—¡Ay! sí, señora: téngalo por cierto.
—¿Por qué me lo aseguras, Nina?
—Porque lo sé. Me lo dice el corazón. Mañana tendremos un buen día, estoy por decir que un gran día.
—Cuando lo veamos te diré si aciertas… No me fío de tus corazonadas. Siempre estás con que mañana, que mañana…
—Dios es bueno.
—Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes: me apalea, no me deja respirar. Tras un día malo, viene otro peor. Pasan años aguardando el remedio, y no hay ilusión que no se me convierta en desengaño. Me canso de sufrir, me canso también de esperar. Mi esperanza es traidora, y como me engaña siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y las espero malas para que vengan… siquiera regulares.
—Pues yo que la señora —dijo Benina dándole al fuelle—, tendría confianza en Dios, y estaría contenta… Ya ve que yo lo estoy… ¿no me ve? Yo siempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte, y estaremos tan ricamente, acordándonos de estos días de apuro, y desquitándonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar.
—Yo no aspiro a la buena vida, Nina —declaró casi llorando la señora—: sólo aspiro al descanso.
—¿Quién piensa en la muerte? Eso no: yo me encuentro muy a gusto en este mundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso. Morirse no.
Capítulo XXII
—D. Frasquito, por la Virgen, mire que vamos a creer que está ido… ¡Gastar la pe- seta en un retrato!..
No se dio por convencido el caballero pobre, y guardando cuidadosamente la cartulina, se abrochó su gabán y trató de ponerse en pie; operación complicadísima que no pudo realizar, por la extraordinaria flojedad de sus piernas, no más gruesas que palillos de tambor. Con la prontitud que usar solía en casos como aquel, Benina salió a tomar un coche, para la cual antes tenía que evacuar otra diligencia de suma importancia. Mas como era tan ejecutiva, pronto despachó: con sus diez duros en el bolsillo, volvió a Mediodía Grande en coche simón tomado por horas, y en la puerta de la casa se tropezó con Petra la borracha y su compañera Cuarto e kilo, que de la taberna vociferando salían.
—Ya, ya sabemos que se le lleva consigo… —dijéronle con retintín— Así se portan las mujeres de rumbo, que estiman a un hombre… Vaya, vaya, que eso es correrse… Bien se ve que se puede.
—¡A ver! Pero como a ustedes no les importa, yo digo… ¿Y qué?
—Pues ná. En fin, aliviarse.
—¡Contento que tiene usted al ciego Almudena!
—¿Qué le pasa?
—Que ha esperado a la señora toda la tarde… ¡Cómo había de ir, si andaba buscando al caballero canijo! …
—Un recadito nos dio para usted por si la veíamos.
—¿Qué dice?
—A ver si me acuerdo… ¡Ah!, sí: que no compre la olla…
—La olla de los siete bujeros… que él tiene una que trajo de su tierra.
-¿Y qué? ¿Van a poner fábrica de coladores? Si no, ¿para qué son tantos ujeros?
—Cállense las muy boconas. Ea, con Dios.
—Y estamos de coche. ¡Vaya un lujo! ¡Cómo se conoce que corre la guita!
—Que os calléis… Más valdría que me ayudarais a bajarle y meterle en el coche.
—Vaya que sí, con alma y vida.
Final
—Pues lo tomo, sí señora —dijo Nina gozosa—; que esto no es de despreciar. Vienen a mí estas pesetillas como caídas del cielo, porque tengo una deuda con la Pitusa, calle de Mediodía Grande, y lo arreglamos dándole yo lo que fuera reuniendo, y peseta por duro de rédito. Con esto llego a la mitad y un poquito más. Pedradas de éstas me vengan todos los días, señora Juliana. Sabe que se le agradece, y quisiera dárselo en salud para sí, y para su marido y los nenes.
Con palabra nerviosa, afluente y un tanto hiperbólica, aseguró la chulita que no tenía salud; que padecía de unos males extraños, incomprensibles. Pero los llevaba con paciencia, sin cuidarse para nada de su propia persona. Lo que la inquietaba, lo que hacía de su existencia un atroz suplicio, era la idea de que enfermaran los niños. No era idea, no era temor: era seguridad de que Paquito y Antoñito caían malos… se morían sin remedio.
Trató Benina de quitarle de la cabeza tales ideas; pero la otra no se dio a partido, y despidiéndose presurosa, tomó la vuelta de Madrid. Grande fue la sorpresa de la anciana y del moro al verla aparecer a la mañana siguiente muy temprano, agitada, trémula, echando lumbre por los ojos. El diálogo fue breve, y de mucha substancia o miga psicológica.
—¿Qué te pasa, Juliana? —le preguntó Nina tuteándola por primera vez.
—¿Qué me ha de pasar? ¡Que los niños se me mueren!
—¡Ay, Dios mío, qué pena! ¿Están malitos?
—Sí… digo, no: están buenos. Pero a mí me atormenta la idea de que se mueren… ¡Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de mí! No hago más que llorar y llorar… Ya lo ve usted…
—Ya lo veo, sí. Pero si es una idea, haz por quitártela de la cabeza, mujer.
—A eso vengo, señá Benina, porque desde anoche se me ha metido en la cabeza
otra idea: que usted, usted sola, me puede curar.
—¿Cómo?
—Diciéndome que no debo creer que se mueren los niños … mandándome que no lo crea.
—¿Yo?…
—Si usted me lo afirma, lo creeré, y me curaré de esta maldita idea… Porque … lo digo claro: yo he pecado, yo soy mala …
—Pues, hija, bien fácil es curarte. Yo te digo que tus niños no se mueren, que tus hijos están sanos y robustos.
—¿Ve uste? La alegría que me da es señal de que usted sabe lo que dice… Nina, Nina, es usted una santa.
—Yo no soy una santa. Pero tus niños están buenos y no padecen ningún mal… No llores… y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar.
Pautas para el comentario
  1. Resume los textos.
  2. Caracteriza -física y psíquicamente- los personajes que intervienen, sobre todo a
  3. Benigna, doña Francisca y Juliana.
  4. Indica el espacio donde se desarrolla la acción. ¿Cómo la percibe el narrador, con agrado y afecto o de otro modo?
  5. ¿En qué persona y tiempo está narrada la acción? ¿Por quién?
  6. El autor se vale de ciertas imágenes para potenciar el texto: localízalas y explica su significado.
  7. ¿Qué finalidad posee el uso del lenguaje vulgar?
  8. Aplica las características de la técnica literaria realista al texto y muestra con ejemplos cómo las utiliza el autor.
4.3.3. Novelistas del realismo tradicionalista
Bajo el título de realismo tradicionalista englobamos a otro grupo de novelistas de desigual valía que no se ajustan, deliberadamente, a los cánones del realismo. Utilizan las técnicas de la narrativa realista, pero sin intención de ofrecer una visión crítica o profunda de la sociedad burguesa, sino más bien la de defender sus ideas político-religiosas (conservadoras y católicas a ultranza).
José María de Pereda (Polanco, Santander, 1833 — 1906) escribió muchas obras en defensa de la sociedad y valores tradicionales que veía peligrar a causa de la revolución. Destaca, entre otras, Sotileza (1884), que es una pintura nostálgica de la vida y costumbres de los marineros y pescadores de Santander en la segunda mitad del XIX
 En Peñas arriba (1895) practica una defensa de lo rural tradicional y conservador frente a los aires modernos y de cambio de la ciudad. Pereda narra subjetivamente y en clave tradicionalista desde su posición de clase media rural que ve amenazada su existencia por los aires revolucionarios de 1868. Veamos un ejemplo del coraje de la joven protagonista de Sotileza (capítulo XXI):
Sotileza dio entonces un salto hacia atrás, porque sintió las manazas de Muergo alrededor del talle.
—¡Eso no! —le gritó al mismo tiempo.
—¡Eso sí, puño! —bramó el monstruo— ¿Pos qué te pensabas? Y avanzó hacia ella, trémulo y erizado, indómito, espantoso.
En el rincón de la salita había una vara con que tía Sidora había sacudido la lana de su colchón unos días antes. Sotileza se abalanzó a ella; y antes que Muergo llegara a tocarle en el pelo de la ropa, ya tenía encima de su alma dos varazos que le arrancaron sendas blasfemias. Muergo se detuvo allí, pero rugiendo y anheloso. Sotileza le sacudió otro par de vardascazos.
—¡Atrás… !, ¡más atrás…! —le gritó al mismo tiempo, fiera y resuelta.
Muergo retrocedió tres pasos.
—¡Más atrás! —insistió Sotileza esgrimiendo la vara— ¡Allí…, contra la paré…! Y sólo cuando Muergo arrimó a ella las espaldas, dejó Sotileza su actitud amenazante. Muergo jadeaba, y Sotileza poco menos. Esta le habló entonces así, como si quisiera clavarle al muro con sus palabras:
—Ese es tu lugar, y éste el mío. ¿Lo entiendes bien? Pues el día en que vuelvas a equivocarte, será la última vez que te mire a la cara. ¿Te conformas?
—¡Sí, puño! —respondió el otro, como bramaría una fiera acurrucada en el rincón de la jaula.
—Toma ahora la gorra —dijo entonces Sotileza con gran serenidad, después de haberla alzado del suelo.
Juan Valera (Cabra, Córdoba, 1824 — Madrid, 1905), hombre docto y excelente crítico literario, redacta novelas que ni son realistas ni idealistas. Para el autor, la literatura debe sólo deleitar, por lo que descarta lo feo o lo inquietante, y por supuesto, todo tipo de tesis ideológicas. Lo que es desagradable, el autor lo debe embellecer para complacer amablemente al lector. Bajo estos postulados escribió muchas novelas. Entre ellas destaca Pepita Jiménez: (1874); utilizando el género epistolar, narra los amores, felizmente rematados, de un enérgico seminarista con una bella mujer prometida del padre viudo de él. En Juanita la larga (1895) presenta el conflicto existencial de la protagonista en la elección entre el amor humano y el divino.
Armando Palacio Valdés (Entralgo, Asturias, 1853 — Madrid, 1938) siguió los postulados de Valera: no tocar asuntos tristes o escabrosos y pretender sólo entretener por encima de otras consideraciones. Para ello dota de un tono optimista y amablemente sentimental al argumento de sus obras, entre las que destaca La hermana San Sulpicio (1889).
4.3.4. La poesía en la segunda mitad del siglo XIX
La poesía no alcanza el brillante cultivo de la novela, pero una serie de poetas se esforzaron por abrir camino desde el post romanticismo a una poesía más actual y fresca que prefiguraba el modernismo. Veamos los autores más señalados.
Gaspar Núñez de Arce (Valladolid, 1832 — Madrid, 1903) fue conocido como “el cantor de la duda”, pues era el tema predilecto en muchos poemas de sus Gritos de combate (1875). Prefería los asuntos contemporáneos de vertiente filosófica (ideas con su reflexión moral) y los expresaba en un tono declamatorio, enfático y grandilocuente. He aquí un ejemplo:
Cuando el ánimo ciego y decaído
la luz persigue y la esperanza en va no;
cuando abate su vuelo soberano
como el cóndor en el espacio herido;
cuando busca refugio en el olvido,
que le rechaza con helada mano;
cuando en el pobre corazón humano
el tedio labra su infecundo nido;
cuando el dolor, robándonos la calma,
brinda tan sólo a nuestras ansias fieras
horas desesperadas y sombrías,
¡Ay, inmortalidad, sueño del alma
que aspira a lo infinito!, si existieras
¡qué martirio tan bárbaro serías!
Manuel Reina (Puente Genil, Córdoba, 1856 — 1905) es uno de los precursores del modernismo. En sus poemas -de vaga inspiración becqueriana- predominan las sensaciones sobre las emociones expresadas por el color, la plasticidad, el sonido. Los temas predominantes son los paganos, exóticos, sensuales, etc., propios del Modernismo. Su poemario más importante es La vida inquieta (1894). Presentamos uno de sus poemas más conocidos, “La fiesta del Corpus”:
La mañana risueña y perfumada
prodiga sus deleites y esplendores.
De verde juncia y pétalos de flores
la bulliciosa calle está alfombrada.
Color y vida, jóvenes hermosas,
júbilo y paz, ingenuos madrigales,
fajas de seda, pintorescos chales,
bucles omados de fragantes rosas.
Fulgura el sol en las tostadas frentes;
en las rejas, que brillan como plata,
abre el clavel sus hojas de escarlata
junto a los frescos labios sonrientes.
Llena de sencillez y poesía,
entre las vagas nubes del incienso,
para la procesión. Un grito inmenso
resuena de entusiasmo y de alegría.
Bajo el palo de grana resplandece
el sagrado viril, símbolo santo.
Laten los corazones; dulce llanto
las serenas pupilas humedece.
Mientras en el azul se alza y blanquea,
con sus nidos de alegres golondrinas
y sus vibrantes notas argentinas,
el pobre campanario de la aldea.
Salvador Rueda (Málaga, 1857 — 1933) es un poeta que también prefigura el modernismo. En su poesía abundan las imágenes coloristas expresadas en metros poco comunes de la poesía española. Su obra central se titula En tropel. Cantos españoles (1893). He aquí un extracto de su poema “El cisne”, animal tan simbólico de la poesía modernista:
Visión impecable de nácar riente,
ara de alabastro y hostiario viviente,
cisne, frágil arco de la idealidad;
alma que desfila bajo tu cuello
digna es del gran triunfo de gozar lo bello
y del sol que alumbra la inmortalidad.
Sagrario que viertes pulcritud divina,
filtro idealizado de luz cristalina,
de las fuentes triste clarificador;
tu lección de blanco, viste de pureza,
viste de armonía, viste de belleza,
y abre castas risas de bondad y amor […].
Gracia de los cielos en tus plumas llueve,
en tus plumas hechas de oración y nieve,
que a la boca invitan cual para rezar;
hecho tu plumaje de altos resplandores,
no está profanado ni por los colores
y su luz ni el iris se atreve a tocar.
Erígete en ara y extiende tu manto
a la luz eterna, copón sacrosanto, mientras de rodillas pongo el corazón;
y pues que a Dios mismo tu gracia refleja,
eleva en tus alas y en mis labios deja
la luna de trigo de la comunión.
4.3.5. El teatro desde el romanticismo hasta final de siglo
Recordemos que el teatro era un género muy popular porque constituía la única diversión de la mayoría de la población. En este período se constata la pervivencia de la comedia moratiniana (trama muy cuidada y asunto contemporáneo, con lección moral cívica para los espectadores) a través de dramaturgos como Bretón de los Herreros (1796 — 1873).
Ventura de la Vega (1807 — 1965) siguió las pautas moratinianas pero introduciendo más realismo y menos convencionalidad. Su obra más célebre se titula El hombre de mundo (1845), en la que sigue las reglas clásicas y trata el ya manido asunto del matrimonio de interés sacrificando el amor entre personajes de clase media.
Manuel Tamayo y Baus (Madrid, 1829 — 1898) es representante de la “alta comedia”. Escribió piezas memorables como Locura de amor (1855) -trata la historia de Juana la Loca- y, sobre todo, Un drama nuevo (1867) bajo la óptica del realismo y el moralismo. En esta última pieza presenta una historia de amor, de celos y de envidia profesional entre un grupo de actores en el Londres isabelino (con Shakespeare como actor). Lo positivo es el título de una de sus “altas comedias”, no tan valiosas como las anteriores.
Abelardo López de Ayala (Guadalcanal, Sevilla, 1828 — 1879) cultivó el drama histórico (Un hombre de estado (1851) y la alta comedia (El tanto por ciento (1861). Esta última obra es la más conocida; está bien escrita y la trama se dispone muy atinadamente. Trata de un engaño urdido por un grupo de individuos (falsos amigos, criados, pretendientes de la dama) contra una pareja modélica. Tras pasar por momentos delicados, los héroes logran salvar su riqueza y su honor.
José de Echegaray (Madrid, 1832 — 1916) es el primer Premio Nobel de las letras españolas. Es autor de melodramas trepidantes y efectistas que hoy nos resultan inverosímiles y disparatados. Tuvieron mucha fama, entre más de sesenta piezas que compuso, O locura o santidad (1877) y El gran galeoto (1881).
Actividades globales
1) Resume esquemáticamente los contenidos de esta sección.
2) Contesta si es verdadero o falso, o completa cuando sea necesario, cada uno de los siguientes enunciados:
– El Realismo nace en Francia en la segunda mitad del XIX.
– Se denomina “La Gloriosa” a la revolución progresista española de 1868.
– “Restauración” es el título de una célebre novela de Pardo Bazán.
– El principal lector en la época realista es la mujer, con tiempo y afición a la lectura.
– El género más cultivado del realismo es: …
– Unas de las técnicas realistas es describir líricamente paisajes bellos e inexistentes.
3) El Naturalismo se define como: …
4) Los grandes novelistas realistas españoles son Galdós, Palacio Valdés y Fernán Caballero.
5) Las tres fases del realismo español son: …
6) Sobre Clarín destacaríamos dos datos: realista tradicional y escribió La Re- genta.
7) P. A. de Alarcón y Pardo Bazán escribieron, respectivamente, El sombrero de tres picos y Los pazos de UIloa.
8) El título de una novela de Pereda:… , y de Varela:…
9) Sobre la ideología de Galdós conviene recordar que fue tan conservador como el conjunto de los escritores, de su época.
10) Dos poetas de la segunda mitad del XIX son: …
11) El dramaturgo español finisecular que recibió el Nobel es: …, y el título de una de sus piezas es: …
12) Indica (V/F) si las siguientes características corresponden a la técnica de la novela realista:
– Narrador omnisciente que conoce a fondo sus personajes.
– Descripción lírica de la naturaleza.
– Personajes siempre y sólo pobres, humildes y extravagantes.
– Afán testimonial en la captación de la realidad.
– Relato de hechos verosímiles y coetáneos al momento de la escritura.
– Sencillez y pobreza estilística.
– No hay distanciamiento entre el narrador y la narración.
– Descripciones exhaustivas del medio en que actúan los personajes.
– Entre los mejores novelistas, cierto mensaje de denuncia desde posiciones progresistas.
– Intriga muy poco potenciada en favor de la reflexión moralista.
– Infiltración de ideas religiosas en el relato, que suelen reflejar el sentir del
autor.
13) Crea un relato breve bajo los postulados artísticos realistas.
14) Completa el siguiente esquema:
                                                               Autores                  Técnicas narrativas            Idelogía
Prerrealismo:
Realismo:
Realismo tradicionalista:
15) (Ampliación) Realiza, con ayuda de bibliografía complementaria, un trabajo monográfico sobre un autor o una novela o un aspecto del realismo que te hayan atraído especialmente.
16) Debate oral (individual o por grupos): ¿Debe la novela comprometerse con una ideología, o debe ser independiente?
17) (Refuerzo) Resume con tus propias palabras los contenidos de esta sección.
TEST DE AUTOEVALUACIÓN
Contesta si es verdadero o falso:
La novela realista se ocupa de todo tipo de personajes en todo tipo de situaciones.
La Regenta es la mejor novela de Pérez Galdós.
El realismo tradicionalista lo representan Pardo Bazán, Alarcón y Fernán Caballero.
En Misericordia Galdós nos presenta un Madrid empobrecido pero con ojos humanitarios y cierto optimismo espiritualista.
En las novelas realistas se trata de presentar una acción verosímil y coetánea al acto de escritura.
José Echegaray recibió el Nobel por su producción dramática.
(Respuestas:; 1.v; 2.F; 3.F; 4.v; 5.v; 6.v)

Acerca de Simón Valcárcel Martínez

Catedrático de enseñanza secundaria de Lengua Castellana y Literatura en Castilla y León. Doctor en Filología Española por la Universidad de Salamanca. Autor de novelas, cuentos y obras teatrales del ámbito infantil-juvenil. En la actualidad, es asesor de formación en el CFIE de León y profesor asociado en la Universidad de León, área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Dpto. de Filología Hispánica y Clásica. En este blog se puede encontrar: - Filología: artículos y monografías sobre temas y autores de la literatura española. - Didáctica de la Lengua y la Literatura: reflexiones, pautas y sugerencias para mejorar la enseñanza de la lengua y la literatura, dirigidas a maestros y profesores de la materia. - Creación literaria: novelas y cuentos originales del autor, dirigidos especialmente a niños y jóvenes, pero también a adultos. - Actividades de aprendizaje de lengua y literatura: análisis textuales realizados acompañados de propuestas didácticas para mejorar y perfeccionar la competencia comunicativa.
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